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EL PIANISTA FALSIFICADO

>> viernes, 10 de junio de 2011

Ramón González Torres era un tipo difícil por impaciente. La gente que le rodeaba no terminaba de entender muchos de sus comentarios. Un día, por ejemplo, soltaba de su boca lo siguiente: “Yo preferiría ser abuelo antes que padre si pudiera elegir… Siempre quise serlo, pero había que pasar primero por el hijo antes que por el nieto… ¡y así nos va!” En otra ocasión, opinó esto: “¿Comprar una estatua y esperar cien años para valorarla en una antigüedad? ¡No hombre no, esos son muchos años! Mejor comprar una que tenga ya su centenar de añitos cumplidos y ya está… Para algo están los anticuarios ¿no?”
Sucedió que un día le pusieron delante de las narices un piano mágico. Él, que siempre había querido ser un reputado pianista pero nunca quería haberse matado a estudiar para llegar a ello, podía llegar a serlo gracias a las cualidades sobrenaturales que el instrumento musical poseía. Advertía el cartel que la agencia no se responsabilizaba de los efectos secundarios. ¿Estaba dispuesto Ramón a correr ese riesgo? ¡Pues claro que sí! El objeto fue adquirido por la cantidad correspondiente (ya saben, lo que puede costar algo que promete un misterio insondable).
La mujer de Ramón no daba crédito a la compra de su marido. “¿Y dónde vamos a meter este cacharro? ¡Ramón, por Dios, si tú tienes el oído en la suela del zapato!” Ramón templó gaitas de forma admirable: “¿No querías una excusa para mandar al cuerno la cómoda de mi madre? Pues ya la tienes… Ahora, el espacio que deje será ocupado por este prodigioso piano.” Nada más que decir.
Tardó Ramón un tiempo en atreverse a tomar asiento ante el instrumento. El reto era mayúsculo. Además, tenía que encontrar una partitura con la que debutar a título de Horrowitz por lo menos. Por fin encontró el concierto de Rachmaninov que tanto deseaba tocar, aquel que estaba basado en un tema de Paganini.
Era una tarde de junio. El ventilador se encontraba puesto. Serían las cinco, pues apenas había ruido de vecinos. Era el momento exacto para despertar a todo bicho viviente de la siesta y demostrarle que tenía un vecino maravilloso. Así pues, posó sus manos sobre las teclas de marfil. Al principio no sintió nada, pero ya se sabe, hasta las mejores medicinas necesitan de un tiempo para surtir efecto. Pronto, los dedos comenzaron a tomar decisiones propias y, en unos instantes, Ramón quedó esclavo de sus brazos que se movían independientemente. La ejecución era impecable y amenazaba con ganar en velocidad. Cuando la mujer salió del dormitorio con la redecilla puesta en el pelo y el camisón cayendo en forma de campana, la transformación estaba alcanzando su segunda fase. Su marido había comenzado a metamorfosearse también físicamente. Sus sesenta años retrocedieron como veinte y su pelo se ensortijó. El físico era más típico de la Estepa que de Madrid y, sinceramente, había ganado en atractivo. Cuando la obra llegó a su último pentagrama, Ramón se llamaba Grigory Albinsky, tenía cincuenta y un años y no entendía ni papa de español. La justicia había tomado sus propias decisiones y ahora quien aparentaba ser un pianista lo era de verdad. La mujer de Ramón no dijo nada. Tenía curiosidad por saber cómo era su nuevo marido. La cosa salió bien: Ramon-Grigory no tardó en alcanzar la fama en los círculos selectos, y pronto, con el dinero de los conciertos, pudo pagarse la deuda del piso de la calle Andrés Mellado. ¡Todo había salido a pedir de boca! Ella estaba encantado con él: no era grosero, tenía detalles maravillosos con ella, le presentó a personas muy interesantes…
Un día, el piano se rompió. ¿Adivinan qué pasó? Efectivamente: Grigory desapareció. Pero, lo más curioso de todo es que Ramón no volvió. Ahora, aquel ser había metamorfoseado en una niña rubita de ojos azules, también encantadora. La mujer de Ramón-Grigory la adoptó y, desde entonces, no volvió a conocer a ningún otro hombre.

10 – 6 – 11

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