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Ante la armadura. Por una educación en lo sensible

>> jueves, 2 de junio de 2011

Entiendo que alguien que aspira a mantenerse cautamente apartado de la zona de lo sentimental es un mártir profano por dos sencillas razones: la primera, por negarse a que sus facultades queden obnubiladas y esto le impida razonar. La segunda, porque al negarse el derecho a "ser impresionado" está cercenando una parte indispensable de nuestra identidad. La mirada objetiva se logra observando, no vendiéndose nunca al primer encanto, a la primera seducción vana de cualquier pirotécnico. Los fuegos de artificio a menudo no son más que eso: luces maravillosas que después dejan una estela de humo. No obstante, la sensibilidad, que es muy heterogénea, se manifiesta de diferente modo en cada persona. Hay quien la sepulta porque la considera símbolo de debilidad. Hay quien ha sido educado en la no sensibilidad. Esto se encuentra mucho en la actualidad. La ausencia de una transmisión familiar en lo sensible, se une a otra transmisión más bien escasa: la de la cultura. Podemos decir, por tanto, que incluso el observador cauto se encuentra fuera del prototipo de persona que podemos encontrar hoy. Ni siquiera podemos hablar de ella para justificar lo que puede estar sucediendo en estos momentos dentro de nuestra actualidad.
Seguramente hay quien no se encuentre de acuerdo en este primer punto que aquí he definido. Más, creo que hay un segundo que clama al cielo: sociólogos como Bauman han hablado de él, del momento líquido que nos ha tocado vivir. Hay algo que nos impide, cada vez más, detenernos para reflexionar sobre las pequeñas cosas. Es el fenómeno de la inmediatez, el conocer con prontitud. El quererlo todo aquí y ahora. Borramos, pues, años de historia en los que los hallazgos se producían con la espera del agricultor que observa cómo sus "frutos" germinan (o no) en un tiempo natural de acuerdo con las estaciones del año. Nosotros, nos encontramos empeñados en borrar la pesadez de la espera, esto es, transgredir la propia naturaleza. Queremos incluso conocernos a nosotros mismos por el exterior. Reconocemos por las apariencias y olvidamos aquello que no se manifiesta a través de la armadura. Preferimos tener un encuentro sexual (esto es, físico) de una noche que admirar a la persona amada por lo que pueda transmitirnos fuera de cualquier placer corporal. Esta especie de rivalidad, de lucha por el poder a la que nos obliga a enfrentarnos una sociedad cada vez más carnívora, está devastando aquello que nos hacía más racionales que animales. La armadura que ya he citado anteriormente va devorando a la carne que protege. hay veces que los árboles no dejan ver el bosque y se pesca a contracorriente. No somos capaces de valorar el contenido porque nos quedamos en la superficie, que no es otra que una definición de Wikipedia. Allí acudimos, allí nos informamos. Conocemos (con mucha suerte) el nombre de una eminencia cultural, pero no comprendemos qué le llevó a dejar su legado a la humanidad. Es como conocer a u arquitecto pero no haber vivido nunca en una de las casa que construyó.
Todos estos asuntos llevan trastornándome largo tiempo. Me encuentro en una época que parece no corresponder con lo que he aprendido, con aquello que me han transmitido: todo ello si no ha desaparecido, se encuentra escondido. Su búsqueda es fascinante, pero a veces creo que solo yo puedo entusiasmarme para encontrarla.
Cito aquí unas palabras del polémico libro de Houellebecq "las partículas elementales":

"El conocimiento sí... Queda un deseo de conocimiento. El deseo de conocimiento es curioso... Muy poca gente lo siente ¿sabe?, incluso entre los investigadores; la mayoría se conforman con hacer carrera, se desvían rápidamente hacia la administración; sin embargo, en la historia de la humanidad tiene una tremenda importancia. Podríamos imaginar una fábula en la que un pequeño grupo de hombres (como máximo unos centenares de personas en todo el planeta) trabaja encarnizadamente en algo muy difícil, muy abstracto, absolutamente incomprensible para los no iniciados. Estos hombres siempre serán unos desconocidos para el resto de la población; no tienen poder, fortuna u honores; ni siquiera hay alguien que entienda el placer que les procura su pequeña actividad. Sin embargo son la potencia más importante del mundo, y lo son por un motivo muy simple, un motivo muy pequeño: detentan las claves de la certeza racional. Todo lo que declaran verdadero, el resto de la población lo reconoce tarde o temprano como tal. Ningún poder económico, político, social o religioso es capaz de enfrentarse a la evidencia de la certeza racional. Podemos decir que Occidente se ha interesado más allá de toda medida por la filosofía y la política, que ha luchado del modo más irracional por asuntos filosóficos o políticos; también podemos decir que Occidente ha amado apasionadamente la literatura y las artes; pero en realidad nada va a pesar tanto en su historia como la necesidad de certeza racional. A fin de cuentas, Occidente ha terminado sacrificándolo todo (su religión, su felicidad, sus esperanzas y, en definitiva, su vida) a esa necesidad de certeza racional. Es algo que habrá que recordar a la hora de juzgar al conjunto de la civilización occidental."

2 - 6 - 11

3 comentarios:

Mónica 6 de junio de 2011, 14:16  

Profundo y marcante. Siempre hay tiempo para recomenzar, para volver a asombrarse con las pequeñas cosas, para dejarse sorprender ... para reinventar,porque al decir de Cecilia Meirelles, poeta brasileña, la vida sólo es posible reinventada.

nosoydali 8 de junio de 2011, 13:49  

Desde luego, Mónica. ¡Qué sabias palabras! ¡Muchas gracia spor compartir tus sensaciones aquí, en este blog!

nosoydali 8 de junio de 2011, 13:49  

Cuando comencé en el blog tú eras uno de los tres seguidores... ¡Y ahora somos 33! ¡Bonita y simbólica cifra! Gracias por haber sido siempre fiel al blog!

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