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LA MAGIA DEL ACORDEÓN

>> lunes, 20 de junio de 2011

Las puertas del vagón se abrieron y entraron dos músicos. Estaban dispuestos a tocar cada uno su canción. El acordeón sonó en una punta y la guitarra en la otra. Los dos instrumentos sonaron a la vez de forma estridente, saboteándose el uno al otro. Eran enemigos íntimos. Ambos buscaban ser premiados, pero no aceptaban dos sombreros para recoger la recompensa. Uno pensaba “a este soplagaitas le hundo yo su numerito ¡la gente se sabe de memoria “La comparsita! Yo represento la novedad, la obra inédita que, seguro, ansían escuchar” Otro pensaba: “La gente me quiere a mí porque yo represento la buena cara, el gesto amable… Este, sin embargo, lleva la avaricia y la insociabilidad grabada en su rostro” El concierto acabó con la paciencia del público. Este, tan solo quería llegar lo antes posible al lugar de destino y, a ser posible, no “sufrir” en el viaje. El ruido era tan ensordecedor que había quien se levantaba aunque solo fuera para mostrar su disgusto. Cuando aquella marabunta de notas cesó, sucedió aquello con lo que los trotamúsicos no contaban (y debían de haberlo hecho): nadie estuvo dispuesto a pagar por algo de lo que, no solo no se habían enterado, sino que les había resultado un suplicio. Allí no sonó “La Cumparsita” ni “Sobre las olas”. Aquello parecía haberlo compuesto Schoenberg en una noche de borrachera, para que nos entendamos. Cuando el tren salió del túnel y llegó al andén, uno de los viajeros salió para avisar a un policía amenazando con denunciar a uno de los músicos. Gunter, que era el del acordeón, recordó entonces un episodio que había acontecido en su casa en Nochebuena. Un vecino llamó a su puerta. Su mujer, Greta, abrió la puerta. Era Ignacio, el vecino de enfrente. Traía zambombas y un puñado de flautas dulce. Traía, tras de sí, a su familia. “¡Es Nochebuena y aquí no se oye nada! ¿Qué estáis celebrando, un funeral? ¡Vamos hombre, tocad algo! De lo contrario, pensaré que me estáis ocultando algo… Vosotros, los músicos, que os pasáis 364 días del año dando la tabarra con el instrumento y, hoy, precisamente hoy, estáis callados como personas asociales…” La mujer de Ignacio, Francisca, les dio a cada uno una flauta y una zambomba: “¡Queremos oíros cantar un villancico!” Tanto Gustav como Greta eran judíos y no tenían la obligación de celebrar nada. “¿Con que no, eh? ¡Abuelo, cántales a estos buenos señores un par de estrofas de “Los Campanilleros”, para que se lo aprendan!” Un señor de bigote torcido y teñido del color del vino, comenzó a entonar, con acento andaluz: “En los campos de mi Andalucía los campanilleros en la madrugáaaaa, me despiertan con sus campanillas y con sus guitarras me hacen lloraaaar…” Gunter, sintiéndose acorralado, comenzó a imitar la voz del abuelo: “En los campous de mi Andalusía los campanillerous en la madruga…” Greta era coaccionada, mientras tanto, para frotar la zambomba, aprendiendo en un cursillo rápido dado por Francisco la manera de hacer sonar aquel instrumento del diablo. Al suceder el espectáculo en el rellano, algunos vecinos escucharon todo aquel guirigay y bajaron para unirse al festín. Aquellos humildes alemanes nunca pudieron olvidar ya esta nochebuena. No comprendía Gunter por qué era perseguido tanto si tocaba el acordeón como si no lo hacía. De hecho, estaba convencido de que había subido antes al vagón y que, por tanto, se había ganado tocar ahí. Licas, el griego de la guitarra, sabía que Gunter efectivamente había llegado antes pero, por otra parte, no estaba dispuesto a estar esperando un nuevo tren en el andén y, en cuanto vio una puerta abierta, entró. La policía podría aparecer en cualquier momento. En cierto modo, envidiaba a Gunter por tocar el acordeón. Él siempre quiso aprenderlo, pero en la familia era tradición la guitarra (y, además, pesaba menos). Todos sus instrumentos preferidos eran poco prácticos: El piano, el timbal, el arpa, el contrabajo…
Gunter comenzó, aprovechando los pensamientos de Licas, a tocar una canción de Edih Piaff (pero sin Edith Piaff, claro). El acordeón era más parisino que la guitarra, por lo que Licas imaginó que Gunter lo hacía a mala intención, para evitar hacer piña con él. “El Concierto de Aranjuez” comenzó a sonar en la guitarra de Licas. “Si le tiro la guitarra también salgo perdiendo, pues puedo arriesgarme a que él arroje sobre mi cabeza el acordeón…”
Los vecinos de Gunter se encontraban casualmente allí sentados. Al reconocerle, comenzaron a cantar “Los Campanilleros” y, entonces, llegó al policía.

20 – 6 - 11

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