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UNA AGRADABLE PESADILLA

>> jueves, 9 de junio de 2011

Me habían encomendado vigilar la paz de aquel pueblo. Nunca había visto tantas iglesias en un espacio tan pequeño. Si, por decir un número, había cincuenta edificios en total, veinte eran iglesias. El mérito de mi trabajo residía en que nunca podía descansar. Aquel pueblo nunca había visto la luz del sol y era en la noche cuando los crímenes sucedían. Las veinte fachadas góticas se encontraban decoradas por esculturas que parecían protegerlas. Todas ellas parecían haber sido esculpidas por la misma mano hábil. Todas ellas atemorizaban a los habitantes del lugar. Detenidas en el tiempo, congeladas en cada uno de los cincelazos con los que el maestro escultor las había concebido, aquellas figuras hablaban del pecado, eran un homenaje pleno a la oscuridad. En su diabólica perfección, a veces uno se detenía y dudaba acerca de la autoría de las mismas. ¿Verdaderamente las habría engendrado alguien humano? Cuenta la leyenda que tiempo atrás todo el pueblo se puso de acuerdo y deseó al unísono que aquellas criaturas demoníacas desaparecieran de aquellas construcciones dedicadas a Dios. El deseo se hizo carne y aquellos monstruos de las tinieblas tomaron vida y se desencajaron de las construcciones a las que habían permanecido ateridas. Las iglesias se presentaban desnudas de todo ornamento y no parecían nada. No eran nada sin ellas. Las estatuas, por no se qué sortilegio o maleficio, decidieron repetir cada día esta acción de tomar vida y, además, decidieron perseguir a los habitantes del pueblo. Fue entonces cuando se creó la guardia nocturna. Allí estaba yo. Yo fui elegido por unanimidad para reestablecer el orden cada “día-noche” en el pueblo. Siempre era noche y siempre trabajaba. Tenían en mi poder esa varita mágica que lograba convencer a lo sobrenatural, atemorizarlo, hacerlo desistir de sus diabólicos planes.
Cuando comenzó el sueño, todo esto ya lo sabía. Estaba ya mentalizado. Aquella noche (la noche en la que se desarrollaba el sueño que tuve) tenía miedo. Sabía que en las anteriores noches (aquellas que se suponía que ya había vivido) me había sabido defender perfectamente. Pero ahora me sentía indefenso ante aquello contra lo que tenía que combatir. Sonaron las campanas y las esculturas comenzaron a revivir. Yo, entonces, salí corriendo. Sabía que no podía huir, pues allá hacia donde me dirigía (escogiera el camino que escogiera) me encontraba con nuevas iglesias. Llegó un momento en el que, cansado, detuve mis piernas. No sabía cómo salir de aquel pueblo. Entonces las figuras comenzaron a surgir con sus sombras gigantescas. Todos los espectros se concentraron en uno solo: Era ella. ¿Qué hacía ella allí? La noche desapareció y surgió el día. Su belleza pareció derrotar a aquellas figuras amenazantes. Reconocí que ella me había quitado el puesto, que ella sería mi sucesora como guardián de la noche. Sentí una verdadera excitación dentro de mí. Ya no había ni siquiera pueblo. Ella lo abarcaba todo, hasta el espacio. Fue ese momento el que mi conciencia eligió para regresar y desperté. Era de noche y estaba en la cama. Estaba desnudo y me encontraba por encima de las sábanas. Ella estaba junto a mí. No tardé en comprenderlo todo. Ella había comenzado a juguetear conmigo mientras estaba dormido. Aprovechando mi inconsciencia, se había puesto sobre mí y había comenzado a estimular mis necesidades sexuales. No sabía si agradecerle el que hubiese cambiado el rumbo de mi sueño con aquel método tan violento. Hubo algo que me hizo temblar cuando lo pensé más fríamente. Algo referido a mi subconsciente: ¿Por qué ella había acabado con aquellas bestias adoptando sus formas, convirtiéndose mismamente en la apariencia de la pesadilla?

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