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UN PASEO POR EL URBANISMO MADRILEÑO

>> sábado, 18 de junio de 2011

El jueves fui con mi amigo Jorge al Manzanares. Estaba empeñando en conocerlo a fondo. Es cierto (al menos en mi caso) eso que dicen de que los que vivimos en Madrid no lo conocemos. Su extensión es tan vasta que las pretensiones de uno acaban constituyendo una pizarra de habitación de niño donde apenas cabe un listado de calles, monumentos y parques y jardines. Quería contemplar, de primera mano, cómo había quedado la magna obra del gran Albertósis I (como lo denomina una persona allegada). “Madrid Río” era, más que una promesa, una profecía: “Madrid tendrá su playa”. Ya que esto no deja de ser una expectativa para los crédulos que todavía creen en unicornios, al menos cabe dentro de la sesera de uno un futuro más humilde: Devolver un cierto esplendor a este río tan vilipendiado por aquellas voces que, no sin razón, lo denominan con humor “aquella pequeña cosita contaminada”. Volviendo a los unicornios, me gustaría conjurar a Ana María Matute en un intento por hablar de las cosas sin miras políticas. Creo que, en estos tiempos que corren, prefiero decir como ella que he perdido la fe en esta materia, que solo creo en el Rey Arturo y en los Vikingos. Cabe soñar, procrear para un mundo mejor, onírico. Por ello, me reconcilio con los que todavía anhelan los unicornios.



Tomás Zumalacárregui(1788-1835)



Yo quería ver el Manzanares. Jorge, que a punto estuvo de dejarse un bigote-patilla como el del carlista Zumalacárregui, osó decirme: “Esto que me pides es surrealista. No había visto a nadie tan obsesionado con el Manzanares”. Tenía razón. Si, en cierto modo soy un obseso. Cosa que se me pone delante, cosa con la que me obceco.
Él vive enfrente de San Antonio de la Florida. No estuvo de más, pues, la visita que hicimos a los frescos de Goya. Parece mentira que la gente acuda al Prado -apoquinando la cantidad estipulada en la entrada- para ver “La familia de Carlos IV” y se olvide de pasar por aquí. Hay que reconocer que la ermita se encuentra en un lugar poco transitado por los turistas, pero ¡qué le vamos a hacer si en esa época pensaban poco en tener contentos a “guiris” como nosotros! “Ante los frescos de Goya se puede estar cinco minutos o cinco horas” dice Jorge, y no le falta razón. Resulta más natural que a Goya se le hayan dedicado más biopics que a Velázquez, el cual tiene en su haber cero películas sobre su vida. Aparte de que al sevillano le tocó una etapa histórica más aburrida, hay que reconocer que su biografía es mucho menos intensa. Por otra parte, si queremos extraer conclusiones cinematográficas del genio de Fuendetodos, más vale recurrir a Saura o a Larraz antes que a Milos Forman.



Los frescos de Goya en San Antonio de la Florida



Desde allí, cogimos el río hacia arriba. Jorge me explicó (de nuevo a las andadas con la política) que su abuelo le contaba la historia de España llevándole a verlo. Le decía “los vencedores” y le mostraba la parte remodelada por Franco con su estilo Herreriano, tan austero, tan místico (El Escorial). Luego, le enseñaba la parte de “los vencidos”, es decir, la época de Tierno Galván y su río de pedruscos. Si les soy sincero, prefiero a los vencidos con sus piedras de río como decoración que a esos vencedores de cemento a las orillas del río. A mí se me ocurrió entonces decir: “¡Quiero ver el puente de Perrault, ese de tirabuzones! ¡Lo he visto por el periódico!” Jorge, que solo se conocía aquella parte del río, me concedió- haciendo el papel de padre ante su hijo caprichoso- la petición, y comenzamos a caminar. Ante nosotros, en el horizonte, no se veía ningún puente moderno. Nunca se aprendía el nombre, constantemente repetía “El puente de Ferrol” malentendiendo la pronunciación francesa que me esmeraba por perfeccionar a cada momento. La huella de Albertósis I era perfectamente reconocible en el uso del granito para dar sentido a la arquitectura del paseo. El paisaje natural conseguía insuflar calor en el caminante. La vegetación era seca y se encontraba perfectamente ordenada, dando poco lugar al libre albedrío de la naturaleza. Aquello parecía un coro de caza para bizcos. Ningún lugar donde esconderse, en caso de ser perseguido. Las plazas de la capital que han sido actualmente remodeladas recuerdan este mismo gusto estético hacia lo urbano. Podíamos fácilmente evocar el Panóptico de Foucault (no sería nada difícil). La Puerta del Sol, la Plaza de Ópera son lo más parecido a un patio de cárcel. Repito: “Ningún lugar donde esconderse”. Un espacio libre de barullo, despejado. Las farolas, alumbrando en el lugar indicado, los bancos situados de modo que no coincida nunca uno enfrente de otro (y, si es posible, donde solo quepa un individuo en cada uno). Hay que reconocer que quedan cosas “bonitas”, el resultado es irreprochable. Lo práctico, aunque no lo parezca, funciona (para el gobernante, no para el ciudadano).
Volviendo a Sol: La estatua de Carlos III ¿la tiene usted en su mente? No recuerdo un monumento más extraño. Tuve que echar mano de la Wikipedia (un elemento de consulta, por otra parte, poco fiable) para confirmar mis sospechas. De hecho, ya titulé en otra ocasión el hecho de la siguiente manera: Wikipedia presenta: Historia absurda para una estatua. La cosa comienza así:

“Carlos III de España es conocido tradicionalmente como «el mejor alcalde de Madrid», aunque nunca ocupó este puesto. Por tal motivo, a principios de los años 90, se decidió erigir un monumento en su honor. Zancada y Rodríguez, tomaron como modelo la pequeña escultura de 140 por 160 centímetros realizada en madera y yeso por el escultor Juan Pascual de Mena que se conserva en la Real Academia de San Fernando. Se da la circunstancia de que esta escultura fue hecha por el artista como respuesta a un concurso convocado por Carlos III para realizar un monumento a su padre Felipe V, que finalmente ganaría Manuel Francisco Álvarez de la Peña. El monumento finalmente no se realizó y los modelos presentados al concurso quedaron guardados. Posteriormente, Carlos IV, hijo de Carlos III, recuperó el original de Mena para encargar una estatua en homenaje a su padre, sustituyendo por la de éste la cabeza de Felipe V.”

Antes de nada, he de apuntar que Zancada es el apellido de un profesor de escultura de la Facultad de Bellas Artes de la Complutense (lugar donde me encuentro finalizando mi carrera en el que es mi quinto año). En la actualidad todavía da clases en ella y, sí, es un experto en temas ecuestres. Una vez, sin ser yo alumno suyo, me enseñó cómo imitar la percusión de flamenco tocando con un palillo de modelar cogido con los dientes. La cosa continúa:

“Rodríguez y Zancada realizaron una copia de esta figura pero para la cabeza del rey se inspiraron en sendos retratos de Goya y Mengs. El punto de la ciudad en el que erigir el monumento fue decidido mediante un referéndum popular que tuvo lugar en la propia Puerta del Sol durante el mes de diciembre de 1995 y durante el cual la estatua se ubicó provisionalmente en el lugar que más o menos ocupa hoy. En la consulta participaron 126.194 personas; un 42% votó por ubicar la estatua en la Puerta del Sol, un 28,40%, en la Puerta de Alcalá y un 10,41% en la Plaza de la Armería, frente al Palacio Real.

Los trabajos para la instalación del monumento comenzaron el 19 de septiembre de 1994, colocándose el día 14 de diciembre la estatua sobre el pedestal, cuyas inscripciones fueron grabadas in situ. El conjunto fue inaugurado el 16 de diciembre de 1994 por el alcalde José María Álvarez del Manzano.”




La Puerta del Sol


Verdaderamente, la Puerta del Sol ha sufrido numerosas reformas. Para comenzar, su aspecto actual en cuanto a edificios se debe a dos remodelaciones significativas que tuvieron lugar en el siglo XIX: la desamortización de Mendizábal (la cual acabó con los conventos de San Felipe y Nuestra Señora de las Victorias y cuyos restos aparecieron en las obras del subsuelo que se llevaron a cabo en época contemporánea) y una reestructuración llevada a cabo por Lucio del Valle, Juan Rivera y José Morer. Junto a la arquitectura estándar de las casas, que parecen se juguete, hemos de sumar la aparición de monumentos, entre los que cabe citar los siguientes: Está “La Mariblanca”, escultura que es reproducción de otra antigua que decoraba una antigua fuente sita en la plaza. De dicha estatua se desconocen sus orígenes, tratados de descifrar por mil y un cronistas de la villa (¿a qué mitología alude? ¿Por qué ese nombre?). Luego está “El Oso y el Madroño”, que son la iconografía del escudo madrileño (cuyos orígenes se remontan al Siglo XIII). Esta es obra de Antonio Navarro Santafé, y vio la luz en el años de 1967. Sus cambios de lugar (o viajes) en la Plaza han sido también célebres. ¿Por qué un oso? ¿Por qué un madroño? Ahora, para acceder al subterráneo y llegar al Cercanías, tenemos que pasar por una “boca de metro” cuyo diseño recuerda a una copa medio hundida, un mejillón, o dios sabe qué. Su constitución de vidrio ha servido también de polémica entre los vecinos (y es que los destellos del sol contra los cristales producían una serie de deslumbramientos un tanto desagradables para cualquier vista). Por tanto, quejas no por el poco gusto en su diseño para un conjunto urbano ya de por si heterogéneo, sino por su poca practicidad.
El suelo, por otro lado, realizado con pavimento que recuerda a una época antigua, es también poco práctico y, por qué no, doloroso para las plantas de los pies. El empedrado y su relieve complican cualquier andar civilizado sobre él.
La Plaza Mayor, en otro tiempo recordada por sus múltiples árboles, ahora luce desnuda, y mantiene una estatua (la de Felipe IV) que se ha visto también amenazada por otro capricho de mudanza.



El Puente de Perrault


Dije antes que habíamos comenzado nuestro recorrido partiendo de la zona de San Antonio de la Florida. Las casas que hay al otro lado del río, según Jorge, eran antiguamente de las más pijas (básicamente porque tenían calefacción central en cada una). Ahora, viendo su aspecto, aquello resulta casi una broma. A la nueva visión de la arquitectura (nueva visión traducida por los arquitectos ibéricos, claro) se sumó la economía de medios, esto es, uso de material de menor calidad. Entre Gropius y Le Corbusier, a los habitantes del Siglo XX se nos obligó a vivir, como quien dice, como abejas. La era de las colmenas había llegado. La casa de Jorge tuvo su origen en una promoción de viviendas como casa de militares. Sin ser su abuelo uno de ellos al cual le adjudicaron la suya propia, era de esperar (por lo que antes hablé de él) que tuviera su puesto adjudicado dentro la guerra civil. Jorge conserva un sable con las iniciales de éste (las cuales, casualidad, coinciden con las suyas propias). El abuelo tenía como función, dentro de la campaña bélica, el ver despegar los aviones de tierra. Un oficio bastante digno dentro de los que se vienen a dar en este tipo de situaciones.
El puente de Perrault de marras se hallaba un poco más allá del Estadio Vicente Calderón (el cual, volviendo a la crónica madrileña, tiene los días contados). Hasta allí nos fuimos dando “un paseo”. De todas formas, no teníamos nada mejor que hacer en aquella tarde. Era la hora en la que, en la televisión, retransmitían aquellos “folletines de folleteo” latinoamericanos. Tras cruzarlo, Jorge juró no volver a realizar este camino nunca más. Había acabado "acabado", sin más fuerzas que gastar hasta el día siguiente. Cogimos el metro en Pirámides y listo.

18 – 6 - 11

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