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UN VIAJE RIZOMÁTICO POR MI INCONSCIENTE

>> lunes, 6 de junio de 2011

A lo largo de un día, son muchas las cosas que acuden a uno. Le sacuden, le zarandean, hacen que por un tiempo olvide el lugar donde se encuentra, que deje de escuchar, de hablar, de mirar… Son pequeños tesoros que amenazan con desvanecerse si no se pone remedio para ello. Son como esas canciones que decía inventar Paul Valéry, esas piezas que se perdían irremediablemente al no poder registrarlas en una partitura.
El pensamiento no entiende de orden: en un momento nace, se bifurca, recorre mil callejuelas y, finalmente desemboca cansado en su propio final. Dicho trayecto carece de sentido, existe porque es impulsado por un motor eléctrico que va estableciendo relaciones aparentemente imposibles de emparejar. Por fin, se construye una especie de casa edificada con mil materiales, que amenaza con venirse abajo en el momento menos esperado. Todas estas ideas, al no poder amalgamarlas en un discurso coherente, van quedando huérfanas y mueren en la más absoluta indigencia. Su padre, el escritor, el creador, las ha abandonado a su pesar por no saber muy bien qué hacer con ellas. Cada una de estas es tan individual que nace y muere en ella misma. Por ello, he decidido dedicar un escrito a uno de estos días, mostrar su nacimiento, su evolución y desenlace. Merece la pena:

“El otro día, por la noche, bajé a la calle para comprobar una cosa. Una manzana más allá de mi casa, se levanta el cadáver vivo de una casa. Diríamos que es lo contrario a un fantasma, pues todo lo espiritual se fue y ahora solo queda el esqueleto, todavía puesto en pie. Es el Número 43 de la calle Diego de León, en Madrid. Allí, en lo que fue antes un solar, Benito Perojo había construido un estudio donde comenzar a rodar sus películas. Lo acababa de leer en el libro “Benito Perojo. Pionerismo y supervivencia” de Román Gubern. Había sido justamente en ese lugar. Lo emocionante había sido ir leyendo y, poco a poco, ser conscientes de que a no muy lejos del lugar donde me encontraba había tenido lugar aquella historia. “Entre las calles de General Pardiñas y Príncipe de Vergara”. ¡Pues claro, aquí mismo! Vivo en el Número 106 de la primera. Perojo, que por entonces se encontraba preparando su saga de Peladilla. Este era el nombre de su personaje, que no era otra cosa que una imitación de Charlot. Peladilla acudía con su amiga Clarita a todo tipo de lugares. Una vez fueron a los toros, a la plaza que antes había donde ahora se levanta El Corte Inglés, en Felipe II. En otra ocasión, acudieron al football, al campo que había antiguamente en Conde de Peñalver, donde se encontraba mi colegio.
Charlot vestía parodiando la elegancia. Su traje ceñido, casi pequeño, le hacía resultar cómico. A esto, se le añadían sus gestos, sus andares. Una vestimenta de época ridiculizada. ¿Una crítica a la burguesía? No lo tengo del todo claro. Siempre he admirado más a Harold Lloyd, pues representaba un tipo de personaje más corriente, menos grotesco. Su indumentaria resultaba más familiar. Era como el vecino de la casa de enfrente. Su mano podía ser lo único artificial. Al haber perdido una serie de dedos de la mano en un accidente, empleó un guante que simulaba la mano entera para poder continuar trabajando ante la pantalla. Así, parecía no haber ocurrido nada. Era el mismo de siempre. Cuando lo descubrí, no podía dar crédito. Me lo había tragado.
Siempre me han gustado los fracs. Los había visto en las películas clásicas, en las fotografías familiares de mis abuelos y bisabuelos… Eran algo natural. La elegancia hecha indumentaria. Ni siquiera los pingüinos de Mary Poppins podían hacerme ver en ello algo cómico, anacrónico, representativo del clásico tipo estirado, de viñeta cómica de alta sociedad. ¿Por qué están tan mal vistos los trajes elegantes? Ahora la gente de alto copete, parece ser, resulta ridícula. Su vida, reducida a círculos concretos que luchan por mantenerse en el tiempo, les condena de por sí al anacronismo contemporáneo. Ahora, ver a alguien vestido con chistera resultaría divertido. Yo nunca podría ponerme chistera, a no ser que quisiera recibir el apelativo de “freak” o algo peor. Y, sin embargo, añoro los chalecos, las cadenas de reloj (en el bolsillo, no tiene por qué haber un reloj, solo la cadena por fuera), los lazos al estilo de Julio Caro Baroja… Todo es nostalgia.
Puedo comprender esa cierta crítica hacia la homogeneidad del vestir, que iba más allá y llegaba a la raya en los peinados, el bigote al estilo Errol Flynn… Existe una antigua fotografía de la Academia de Bellas Artes de San Fernando donde puede verse una clase de dibujo al natural: en ella, los alumnos, todos cortados por el mismo rasero en cuanto a caracterización, parecen haber perdido toda juventud. De hecho, visto desde ahora, parecen más bien ser los padres que están esperando para recoger a sus hijos de la facultad. No obstante, ahora que ya nos hemos librado de ese “vestir todos por el mismo patrón”, existe otro mal que puja por ocupar dicho puesto: lo políticamente correcto. ¡Ay de quien diga algo que se salga un poquito de lo que todos debemos decir y pensar por ese “bien común social”!
Madrid, posguerra. José Luis Garci. Hay algo de atractivo en los fantasmas del pasado. Ahí está él rememorando su infancia, como un Proust ibérico y sentimental, tratando de encontrar en ello un momento feliz de la vida. Dos personas que se reencuentran y rememoran el pasado, cuando se enamoraron el uno del otro. Todas estas cosas que juegan con la emoción solo podían acabar propiciando que el director acabase realizando películas históricas, de tiempos idóneos para la literatura. Un recuerdo que se graba en la memoria, en “Las verdes praderas”: En un porche, un hombre fumando un cigarro y leyendo el ABC. El protagonista del filme lo recuerda de cuando su infancia. Para aquel tipo, encenderse un cigarro y leer un periódico debía resultar lo más natural. Sin embargo, para José Rebolledo era algo más: los símbolos con los que poder identificar un momento de su infancia, a la que recurre para pensar en otros tiempos mejores. Ahora, trabaja en “Seguros”. Los anuncios de la compañía prometen a sus clientes la felicidad de poder disfrutar de una vida mejor. Sin embargo, él y sus compañeros de trabajo viven una vida patética, y esto hace pensar. ¿Podemos fiarnos de quienes hacen los anuncios y nos engatusan?
Tiempos pasados… Todavía, cuando cruzo el Paseo del Prado, trato de imaginarme aquel lugar tiempo atrás: en él, hay carruajes conducidos por tipos que van a pasar allí el fin de semana. Quiero olvidar los grabados, las estampas que reflejan aquel momento, pues prefiero recrearlo yo, por mi cuenta. Tiene gracia que ahora asociemos el “Paseo del Prado” al Museo del Prado. Lo correcto sería asociar el Museo del Prado al Paseo del Prado, pues allí había un “Prado”. ¿Cómo sería la “laguna” donde ahora se encuentra la parada de metro que lleva su mismo nombre?
En la época del Imperio romano, un padre regaña a su hijo por haber suspendido un examen de Historia: “¡Solo entra de materia los griegos y aún así sacas un cuatro!” La cultura, en aquella época, era mucho más reducida, más fácil de abarcar. Con leer la Odisea bastaba. ¿Bastaba? Recuerdo cuando me dio por cogerla. ¡Cada hoja tenía más pies de página que texto! Al tratar de comprender el texto descifrando los apuntes históricos aclaratorios, uno se volvía loco. Y lo peor de todo era el sentimiento de ignorancia que a uno le inundaba… Recuerdo que por entonces iba con mi padre a La Casa del Libro (antigua Espasa Calpe, en La Gran Vía) y me pasaba las mañanas leyendo mientras él consultaba libros jurídicos aburridísimos. Traté de leerme La Odisea y, hablando del Rey de Roma, el Ulises de Joyce. No pude con ninguno de los dos. Y, sin embargo, Homero describía la historia del enamorado de Penélope con una métrica maravillosa. Imagino que haciendo que las cosas rimaran, los versos se aprenderían de mejor manera por parte de aquellos que los transmitían de manera oral. En nuestro caso, bien valdría el ejemplo de la vida y “milagros” de El Cid Campeador.
Gonzalo, compañero de teatro, fue quien contó el chiste de romanos durante uno de los descansos en los ensayos. Teatro-memoria-recitación, son términos que alguna vez fueron de la mano”.

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