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DE OCA A OCA, Y PIENSO LO QUE ME TOCA

>> domingo, 31 de julio de 2011

En Madrid hace calor, mucho calor. El clima de Madrid gusta de jugar con la psicología de quienes lo sufren. Del invierno al verano hay un gran salto, y es la primavera, esa gran deseada, la que nos pone celosos a todos. Un día, aparece y deja unas pequeñas gotas de lluvia. Otro, hace que resurjan las hojas en los árboles para que dejemos de ver perfectamente lo que sucede en la calle desde nuestros balcones. Pero, sin avisar, de un día para otro, nuestras cómodas mudan de ropa y desparece la manga larga. Hay veces que el tiempo se arrepiente y todo lo que se había subido al altillo se ha de volver a bajar. La cómoda nos había dado un susto. Pero, una vez que llega el calor, no hay quien lo detenga. Por suerte, no nos ha sucedido como en Chicago, lugar que debe empezar a parecerse a una gran parrilla de San Lorenzo con sus cincuenta graditos. Siempre le viene a uno a la memoria cinematográfica el gran Leone, con sus momentos de grandes planos interminables sobre tipos sudorosos a los cuales rondan moscas cojoneras. Hace tres años, por estas mismas fechas, casi me desmayo deshidratado en casa, viendo una tarde “Un tranvía llamado deseo”. La camiseta interior con lamparones de Marlon Brando no tenía nada que envidiar a mi camiseta veraniega. Recuerdo que, vencido por la siesta y el calor, caí dormido, y al desperar casi no podía respirar, me faltaba el aire. ¡De cabeza a la ducha! Ahora, paseando cerca de la Plaza de Oriente, observo las terrazas de los cafés, con sus sombrillas climatizadas con chorritos de agua que caen sobre los clientes, para que no se pudran. Una buena piscina sobre la que se levantara una gran terraza sería lo ideal. Las sillas y la mesas flotarían haciendo contrapeso para que los señores y señoras no se cayesen. Los pies mojados, esos í, ajustando la temperatura corporal a la del cloro. Una piscina vecinal solo resultaría factible en una urbanización en las afueras de la capital. Pienso en los pobres desgraciados que se gastan una fortuna para no renunciar a su casa en el centro de Madrid con piscina y pienso, para mis adentros: “¡Angelitos!” En casa, el aire acondicionado está prohibido. No comprendo cómo puede afectar tanto a determinadas saludes el aire acondicionado. ¿Es que no es posible un punto intermedio? La voz se reseca, comienza a dolerle a uno la garganta y ya está todo perdido. Es mejor, claro que sí, el abanico o el ventilador, ese gran impotente. ¡Nunca llegarás a ser un aire acondicionado, asúmelo! Ahora, pienso en esas grandes urbanizaciones que son las ciudades del siglo XXI. ¿Por qué el ser humano se esfuerza en ser cada vez más antinatural? Antes, estaban las civilizaciones: empezaban siendo una o dos casas, luego llegaban las aldeas, después las ciudades… Ahora, nada de eso: antes de que llegue el hombre a habitar, ya está construida la ciudad. Es terriblemente frío todo esto. Este frío no me vale. El calor humano está bien en invierno ¿verdad? Aquellos que viven encerrados en su chalet, que salen solo para abastecerse de víveres… No sé si envidiarles. Yo no podría ser como ellos. A mi me gusta salir a la calle, a la villa, encontrarme con mi vecino o huir de él, tomarme un chato en una terraza… En fin. Ahora, los barrios los construyen sin lugar para la convivencia. ¿Dónde están las tiendas de abajo? ¿Dónde las plazas, los bares, las bibliotecas? Ciudades de pisos. Y, para colmo, las casas son idénticas unas a otras. Todas de ladrillo prefabricado, sin cornisas para protegerse del calor o de la lluvia. Planas, rectas, estilizadas hacia el infinito. Terribles. Ciudades para vivir dentro de nuestras casas. Para no salir fuera. El gran complejo de Le Corbusier, donde ni era necesario salir de casa para comprar, pues dentro del edificio había ya comercios. Increíble.

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UNA NOCHE CON TOSCA

>> viernes, 29 de julio de 2011




El miércoles 27 de junio, a las 20:00 horas, tenía una coartada para el crimen: Estaba en el teatro Real, viendo “Tosca” con dos amigos. La función duró hasta las 23:00 horas, y me entraron ganas de gritar en los aplausos finales: “¡Otra, otra!” Los prismáticos chocaban contra mi pecho al golpear las palmas de mis manos frenéticamente. Ya, desde el final del acto número uno prometía. Hacía mucho que no veía tanta espectacularidad en escena. Aunque me considero fácilmente impresionable, parece ser que este momento antes de caer el telón por vez primera sobrecoge a cualquiera. Todo habría sido perfecto de no ser por las figuras protagonistas de Tosca y Mario. Podría decirse que quienes los encarnaban habían pasado ya el verano de la vida y se encontraban entraditos ya en el otoño. Además, se ve que habían sabido aprovecharla de la forma más opípara posible. El vestuario, también es verdad, no acompañaba mucho a la hora de enmendar la situación. Enmendaba, más bien, la plana, dejando al descubierto el error. Aquello, más que una solución, parecía la regañina de un maestro. A la pobre mujer, la habían vestido con unas prendas que recordaban a las empleadas para una mesa camilla. Sigo sin entender por qué no hemos aprendido desde la primera representación de “La Traviata”. La protagonista pesaba tanto que, en lugar de ser llevada por el actor que hacía de amante, tuvo que ser ella quien lo llevara él porque este no podía soportarla. Momento patético: tuberculosis y exceso de peso. ¿Cómo podía ver en esa Tosca los rasgos de belleza, juventud, virginidad, inocencia, con que definía al personaje Sardou? Cuando dijeron por el megáfono que la pobre mujer había cogido la gripe pero que, aún así, saldría a cantar por respeto al público, me eché las manos a la cabeza: “Es la mejor forma de decirnos que va salir enfadada”. La observaba con los prismáticos y no daba crédito. Creo que me compensaba más ponerlos al revés y verlo todo en miniatura. Este dispositivo para la visión es siempre artificioso: observar a través de él hace que las cosas aparezcan recortadas con una tridimensionalidad irreal, como por planos bidimensionales. Además, quien sigue la acción por este medio rápidamente se cree un francotirador, un Voyeur, un realizador cinematográfico que elige una visión subjetiva de un todo imposible de abarcar en su totalidad. Lo que vemos, más que cristales, parecen pantallas sobre las que se proyecta. Parece que no estamos viviendo eso realmente, como si no terminásemos de asumir que nuestro ojo no puede llegar a esa cercanía sin la necesidad de este tipo de “muletas”. Además, mirar por los prismáticos a la escena y leer los subtítulos a la vez es una tortura. Mejor venir de casa con la lección aprendida, con el libreto aprendido hasta en su última coma, para no entretenerse con estas cosas.
Scarpia, de nombre cuya violencia italiana solo supera Rapagneta (con perdón de D´Annunzio) era el que mejor “clavó” su personaje. Su físico le acompañaba. ¿Cuánto de dramaturgia tiene un cantante? ¿Se podría valorar la dramatización? En Tosca hay Historia, pasión, política y religión. Recuerdo que, cuando vi “Werther”, acabé poniéndome de rodillas, abandonando la silla en el teatro. La cosa no fue por fervor (auque pareciese estar en un reclinatorio) sino por mejora de la visibilidad, pues el palco que nos tocó no podía estar mas alto (un poco más y nos salimos del teatro para llegar a las nubes, haciendo honor al nombre de “paraíso”). Tosca es una gran católica. Tosca es celosa. Tosca traiciona a su Mario confesando lo que él no quería contar. Tosca se suicida. Tosca, por tanto, en esta época, no está tan bien vista. Antes, prototipo de mujer. Ahora… no lo sé. El suicidio es una buena excusa para el drama teatral. La muerte de los enamorados a la vez, como “Romeo y Julieta”, “Los Amantes de Teruel”, los gitanos de “El gato Montés”, los protagonistas de “Cumbres borrascosas”… Finales necrófilos para dar y tomar aprovechados por la escena y el celuloide en muchos casos. Puccini no podía estar más contento con esta obra. Sobrecogido por la interpretación que de la obra teatral hizo la Bernhardt, luchó por conseguir los derechos de la obra y hacerla partitura. Como a Ravel, cuando quiso conseguir también los derechos de “Iberia” de Albéniz para orquestarla, tuvo la mala suerte de que alguien se había ya adelantado. El italiano tuvo finalmente suerte, y quien la había adquirido la rechazó. Entonces, le entraron aires de grandeza y dijo que no quería ser el segundo plato de nadie. Y a punto estuvo, por segunda vez, de quedarse sin ella. Por suerte, Verdi le convenció para que renegara de su actitud. El autor de “Aída” la había rechazado también al no gustarle su final. Era como decirle: “no seas tonto y acepta esta gran obra que también yo he rechazado”. En realidad, Puccini era el tercer plato. Lo correcto sería decir: “Todos nos alegramos de que fuera él quien acabara convirtiéndola en ópera”, pero ¿Y quien dice que, de haberla hecho Verdi, tampoco la hubiéramos en los altares? Los tres momentos en los que los tres protagonistas (incluyendo al “malo”, cuya actitud ahora resulta más común en los mortales de lo que parece) cantan por separado sus respectivos números pueden considerarse los mejores de la obra. Luego están, por supuesto, los momentos más dramáticos, en el segundo acto. Aquí, la ópera cobra una fuerza tal que consigue que el público crea es la parte más breve de todas (cuando, a decir verdad, las tres partes duran casi lo mismo).
Tosca, finalmente, tras ser violentada, pierde la dulzura, la ingenuidad, y, para más inri, la fe. Bueno, la fe en cierto sentido, pues cuando uno se enfada es normal que se desmotive por todo (el mundo le ha fallado, ha perdido los terrenos seguros sobre los que afianzaba su vida). Apaga los cirios y vuelca un vaso de agua sobre un crucifico. Jesucristo, tallado en madera, ha sido testigo presencial de la tortura a Mario, los intentos de Scarpia por poseer a Tosca y el asesinato de este en manos de ella. El escenario religioso oprime todavía más la forma de percibir la trama.
Finalmente, el telón cae con la desesperanza, con un pequeño Apocalipsis vivido en un escenario. No se ha hecho justicia. Esta es la realidad de la vida, aunque eso sí, una realidad también muy forzada. Bastante “tosca” (perdonen el chiste). A la gente de vida sencilla, que no busca problemas, que no quiere devanarse los sesos con situaciones trascendentales, todo esto les supera. Siguen sin comprender las obras que dejan un final terrible, o pero, abierto. El final del Hollywood dorado cada vez existe menos. La situación histórica actual en la que vivimos es claustrofóbica. Fuera del teatro están las revoluciones, las crisis financieras, las acciones terroristas. El futuro difuso. En Madrid, acaban de volver a pasar los indignados, y El Paseo del Prado se encuentra atestado de tiendas de campaña. Los edificios más emblemáticos (y mas significativos políticamente hablando) como el de banco de España, o los de la Gran Vía donde se encuentran sedes como las de Telefónica o Prisa, han sido brutalmente atacados con pintadas (y, muchas de ellas, por cierto, sin mucho sentido, realizadas con más rabia o morbo por saltarse lo prohibido que otra cosa). Grafías agresivas… Ahora, se han convocado elecciones ante la inutilidad de un gobierno. La fecha: 20-N (imagino que, elegida simbólicamente por lo mucho que fue capaz de agonizar un gobierno). Fuera, en Noruega, acaba de suceder una matanza. Y, por qué no, están esas otras cosas como la crisis del amor en las parejas, el esperar un trabajo con el que vivir que nunca llega, el cambio total que está sufriendo la cultura (costumbres, ideologías, creencias…). En fin, todo una bomba de relojería. Y además, Tosca, para arreglar el día. Lo cierto es que, después de ver un dramón como este, uno parece sentir, contraponiéndolo a la realidad: “Pues las cosas no están tan mal como parecen…” Todavía con la tragedia en la cabeza, cualquier cosa que se ponga a su lado no es para tanto. Lo que en tres horas se ha visto encerrado, parapetado contra la realidad, supera al pesimismo más exacerbado. Pero no nos engañemos: esto es, en realidad, un tranquilizante caducado del que se toma solo la mitad de su píldora (aumentando todavía más el poco efecto que pueda hacer) y, cuando pasan los efectos, salimos del teatro. Si alguna vez pensamos que el mundo funciona mejor que la ópera más tremendista, despertaremos a continuación y diremos “¡qué bonito sueño he tenido!”. La realidad supera a la Tosca. D´Annunzio escribe dramas pasionales para que lo lean sus mujeres, sus admiradoras, y luego se va a la guerra y secunda a Mussolini. Pero Mussolini le abandona para dejar de ser aristócrata y convertirse en futurista. D´Annunzio quiere ser futurista pero la verdad es que nunca dejará de escribir historietas burguesas, nunca se irá con los aeroplanos. Italia entera se estremece y deja a los futuristas para conformarse, tras la guerra, con Tosca. Wonderful!

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Reinhardt y Grappelli. "J´attendrai"

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CORTÁZAR Y LOS RAYAJEADORES

>> lunes, 25 de julio de 2011

La Fundación Juan March tiene en su haber la biblioteca que fue de Cortázar. La viuda del escritor fue quien cedió estos casi cuatro mil ejemplares. “Por sus libros le conoceréis”. El autor de “Rayuela” no solo los atesoraba sino que los cargaba de personalidad. Cada uno de los ejemplares habían pasado la experiencia de ser tatuados por el pensamiento cortazariano. La piel de papel ahora podría presumir de tener vida propia. Dos libros salidos de la misma editorial, con el mismo título en su portada, se diferenciaban en que uno de ellos había sido comprado por Cortázar y, este, le había dado el rango que merecía (junto al resto de compatriotas que reposaban en las estanterías de la casa). Bautizado como cortazariano, olvidó su reciente pasado aséptico, homogéneo. Más allá de la tinta impresa estaba el lápiz rubricador del maestro, que utilizaba para establecer una conexión íntima. Cortázar conversaba con sus libros, les planteaba dudas, solucionaba otras, abría nuevos caminos. Dibujaba. ¡Tanta mala fama han tenido los rayajeadores desde los primeros años de escuela! Los hermanos pequeños heredaban los libros de texto de sus hermanos mayores. Así, podían encontrarse con disquisiciones realizadas a pie de página, en los márgenes, e incluso invadiendo, avasallando a las propias lecciones. Podría decirse que solo algunos de estos jóvenes se convertirían después en personas dignas a tener en cuenta, consiguiendo que incluso los escritores de aquellos libros de física, geografía e incluso dibujo (valga la paradoja) tuvieran que inclinarse ante ellos- o, al menos, no enfadarse por su actitud anárquica. Y para los que nunca se vieron en la necesidad de cuidar sus propios libros para después darlos en herencia ¿qué más daban sus rayajos? Cortázar no rayajeaba sino “rayueleaba”. No creo que pidieran equiparase sus comentarios extraoficiales a los que aquí he puesto de ejemplo. Cierto que Cortázar siempre fue un chaval un tanto tempestuoso (lo que viene a ser para los franceses un “enfant terrible”, vamos), por lo que algo puede haber de todo esto. ¿Qué un comentario se hace con más madurez, con más sentido de orden, con mayor limpieza que otro de infancia, cuando no había un sentido de lo “correcto”? ¿Y qué más da? También están los que abominan infligir castigo alguno a sus queridos libros. Lo cierto es que aquí hay dos bandos (siempre hay dos bandos, caray). En el otro lado, en el cortazariano, están los que conciben a los libros como meros transmisores de información, los que consumen la energía de todo lo que pasa por sus manos, como vampiros de a pie. Luego, esta forma de actuar, pasa a fetichizarse y sale en las noticias: “Los libros de Cortázar”. Se llevan a fundaciones que los guardan, que permiten de su estudio (doble estudio para quien pide prestado en la March el Ulises escrito por Joyce y comentado por Cortázar, como “El Príncipe” de Maquiavelo y Napoleón), que los consideran obras doblemente personalizadas… Así, luego, un libro pasa de valer diez euros a doscientos en las páginas de subastas: “Contiene autógrafo del propio autor en el interior”. Estas páginas de subastas son las que también logran que un ejemplar, sin necesidad de estar rubricado, se convierta en una rara avis por lo difícil que es de encontrar (a pesar de que, cosa extraña, se publicaran bastantes en la época como ese. ¿Se los comerán?). Comprendo la sensibilidad de los respetuosos, pero creo que lo fatídico sería rayajear los auténticos ejemplares únicos: El Beato de Liébana o el Códice Calixtino. Gracias a Gutenberg heos ido perdiendo lo artesanal. Todos queríamos leer y nos fastidiaba ir con un papel hasta tal Monasterio para que nos abrieran su biblioteca y nos dejaran leer algunos de sus pozos de cultura.
Finalmente, confesaré: Yo era de los cortazarianos en un primer momento. Cuando era más joven, me empeñaba en personalizar mis libros, en querer que hablaran ellos por mi: “Se nota que lo leyó de pe a pa y lo estudió concienzudamente”. Después, años después los volví a coger y comprendí que aquello que había dejado como constancia no eran más que estupideces. Por ello, reprimí mi instinto narcisista, ese “yo también quiero hablar aquí y quiero que se me escuche o lea” pensando lo siguiente: Si se me ha de culpar por algo, prefiero que sea por mis crímenes no presentes sino pasados, de los cuales quedo eximido. ¿Cualquier tiempo pasado fue mejor? No, ni mucho menos. Antes fue tal época, ahora es esta. Es diferente, no mejor ni peor. Sé que hay quien no pueda decir lo mismo, alguien a quien se le hayan torcido demasiado las cosas… Pero, en mi caso, no puedo decir que lo que deseara hace diez años fuera lo que deseo hoy. Ni siquiera puedo justificar por qué deseaba eso que ahora no me interesa en absoluto. Hay ahí una evolución, claro. El reincidente se ha vuelto manso. El criminal se asesina a sí mismo, borrando todo rastro de pasado en sus libros. Las opiniones de entonces no eran ni mucho menos las de ahora. Mis gustos han cambiado, etcétera. Aún así, sigo leyendo sin necesitar gafas. De esto es de lo único de lo que me puedo jactar.

25 – 7 – 11

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Nuestro querido Choco

>> domingo, 24 de julio de 2011

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UNOS CUANTOS INGREDIENTES POEMÁTICOS

>> viernes, 22 de julio de 2011

“P”: Una “I” que aguza el oído.
“T”: Una cruz que ha perdido la cabeza.
Entre la “P” y la “T”, una -P-uer-T-a.
Tras ella, un escritorio.
En él, dos “P” y dos “T”:
-P-a-P-el
-T-in-T-a.
La pregunta es: ¿Cuándo comenzaré a escribir?
¿Cuándo pensar la primera letra? ¿Cuándo deducir la palabra?
¿Cuándo representar el código grafológico?
Me amenazan las dos “N”: -N-u-N-ca.
Cuando estoy con alguien, porque estoy con alguien.
Cuando alguien me deja, porque alguien me deja.
Cuando sonrío al espejo, porque sonrío al espejo.
Cuando el espejo se ríe de mí, porque el espejo se ríe de mí.
Nunca escribiré… o siempre estaré escribiendo.
Mi palabra no vale nada. Yo la inventé para que me mintiera
Inventé el fantasma para que me asustase, me atenazara en la quietud
Era un pacto tramposo… Él se fió de mí, con su sábana espectral
Y yo, entonces, fingiendo ser cobarde, finalmente le derroté.
Él no sabía que yo iba a rebelarme… Solo cumplía con su trabajo de asustador.
…Creo que ya no querrá volver a ser contratado por mí… le debo de dar miedo.
¡Había escrito sobre su tela de muerto viviente solo porque era blanca!
Una vez perdido el miedo a la página en blanco
desaparece el temor hacia quien habita el Castillo de Canterville.

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EL AMIGO ENIGMA

Yo conocí a una persona que comenzó siendo mi amigo y terminó siendo un desconocido. Cuanto más estaba con él, más temor me infundaba. Lo más extraño de todo es que yo quería ser como él, pero a la vez temía llegar a este estrato. Desafiar a todo lo que se moviese sobre la tierra no era fácil, y menos tener las ideas suficientemente claras como para llevarlo a cabo. Él creía en este despojarse de toda vestidura, el evitar cualquier ideología, cualquier pensamiento cálido. Parecía que por él no corría la sangre. Se reía de todo pero no se emocionaba con nada. Tenía sentimientos, eso sí, pero eran tan refinados que, como mucho, quedaban esbozados en una sonrisa. Cuando su cuerpo muriera, moriría él con él. Esto me parecía terrible. No se puede ser tan racional, no se puede estar por encima de todas las cosas. ¿Dónde está la espiritualidad? He aquí al hombre mecánico, a la máquina perfectamente lubricada, con su esperma dispuesto a engendrar frío. Lo malo es que tenía razón, que su lógica era lógica. No podía haberla mejor. Cualquiera se rendía ante sus encantos, y sufría por no poder ser como él. Luego, en casa, alejado de su influencia, esta gente se contentaba sintiendo que todavía atesoraba unos bienes que el otro ya no tenía. Bienes que, para él, ese ser supremo, eran losas, baches para llegar a una libertad sin condiciones. Él era libre, solo se tenía a sí mismo. Él era el fin. Por eso, ya no soy su amigo.

10 – 10 - 11

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Cuatro apuntes (Parque de El Retiro)

>> miércoles, 20 de julio de 2011


Monumento a Benito Pérez Galdós



Estatua de Daniel y el león



Una partida de mus



El duende de la "Casa de Fieras"


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EL TRAZO OCULTO

>> lunes, 11 de julio de 2011




¿Cómo describir el miedo? ¿Hay alguna forma posible? Muchas personas han tratado de concretarlo. El miedo pueden ser muchas cosas: Miedo por la incertidumbre de un futuro, miedo a la soledad y a la obligada autosuficiencia para sobrevivir, miedo a seres fantásticos o simplemente invisibles para el ser humano, miedo a la muerte y al crimen, miedo hacia desconocidos, miedo a las malas jugadas de la mente…
¿Cómo se ha concretado, cómo se le ha puesto cara? Desde la figura originaria del demonio o al temor de un Dios acusador, pasando por el miedo a la brujería (lo desconocido), miedo a los criminales con nombre y apellido (si hubiese sido mujer, no me hubiera gustado vivir en Londres en la época de Jack el destripador), miedo a los criminales sin nombre ni apellidos (aquellos que robaban niños o aquellos otros que utilizaban el sebo de sus víctimas para hacer jabones), miedo a los excesos del poder (véase el “Gran Hermano” de Orwell)… El otro día estuve en la exposición de Leon Golub en el Palacio de Velázquez. Asistí a toda una ceremonia de terror político de lo más explícita. Si bien es cierto que el artista hace uso de figuras simbólicas como el perro y alude incluso a la mitología, sus escenas de torturas por parte de marines norteamericanos se encuentran muy presentes en la actualidad. Si es cierto que desde Guantánamo la cosa está todavía más clara en el imaginario colectivo (desconozco si en el momento de Leon Golub las cosas estaban así, grabadas a fuego en el individuo con la precisión fotográfica que el principio del siglo XXI nos dejó en periódicos, televisión y demás). Lo único que podría poner delante serían los desastres de la guerra de Goya, cosa todavía más atroz que lo que Golub puede presentarnos. Cada cosa en su época, cada forma de relatar para cada tiempo. Luego, la sala de los dictadores. No puedo por menos que pensar en lo fácil que es presentar esta faceta perversa del hombre como lo hace Golub. Todo el mundo reconoce a Hitler como dictador. Sin embargo, al mundo se le escapan los rostros que hicieron posibles la llegada de ese mal a la sociedad, la gente que colaboró a conformar esa idea de nazismo que hoy tenemos y de los cuales ya nadie se acuerda. Incluso ahora, en esta época, tenemos a sujetos que sin la necesidad de ser dictadores están provocando un auténtico caos en el mundo desde sus posiciones de poder. Este pequeño Apocalipsis que ahora vivimos (siempre hubo Apocalipsis de todas las magnitudes habidas y por haber) es causa de una serie de personas que mueven esos hilos sobre los cuales nos mostramos impotentes, incapaces de actuar. Desconocemos, sufrimos incertidumbre. Estamos en manos de personas sin escrúpulos que pueden adoptar todo tipo de rostros, incluso los más benévolos, los políticamente incorrectos. Las guerras las origina el poder, la economía. Los países más democráticos contribuyen a ellas. Si queremos hablar del miedo, apuesto por una fórmula más indirecta visualmente hablando. Pienso en Richter, en sus atlas de imágenes. Aquellos rostros aparentemente pacíficos, inocentes, esconden realidades histórico-sociales nada desdeñables. Podría mencionar a los terroristas del IRA, con todo lo que ello representa. Cómo desapareció el problema de pronto, con la muerte de todos ellos, ahorcados en prisión. El tío de las SS del artista, y toda la reflexión que conlleva este psicoanálisis autobiográfico que se nos muestra en la pintura. Son rostros más difusos. En el caso de Jack el destripador antes mencionado, guiado un poco por esta búsqueda del miedo, quise representarlo en una obra retratado como dicen que era: inofensivo, vistiendo elegantemente. Nadie podía sospechar que tras esa carcasa se escondía un asesino en serie. ¿Por qué mostrar en su totalidad para buscar esa respuesta visceral, esa conmoción interior? Buscando en la imaginería religiosa, encuentro el “Divino Cautivo” de Mariano Benlliure. Esta talla de Jesucristo se diferencia de otras mucho más patéticas, precisamente por esa ausencia de dolor en la figura del retratado. No hay sangre, no hay clavos, no hay agonía. El cuerpo se muestra incluso relajado, con cierta sensualidad. El gesto, calmado. Ello no quiere decir que simbolice lo que simboliza. Me alejo del barroco y aplaudo la contención, el mostrar parcialmente. Parece incluso que esa corona de espinas en forma de tres aspas por detrás de la cabeza nos quiere hablar del aura dorada sagrada. Resulta mucho más efectiva, a mi juicio. Se ha dejado de subestimar ya al creyente que necesita toda la parafernalia para creer con más fuerza. Para mí, el terreno religioso, espiritual, ha tenido más de simbólico, incluso de poético, que de otra cosa. La forma de narrar, de transmitir, toma siempre forma de parábola, de fábula magnífica. La creencia siempre ha necesitado, en manos de sus administradores, de dosis de temor. La inquisición inspiró incluso a Poe en su maravilloso cuento de “El Pozo y el péndulo”. Las galerías sangrientas han estado siempre en la literatura gótica hasta llegar a los barracones de feria. De los empalados a Drácula en un pis-pás. ¿Y por qué no la ciencia también, si la ponemos en manos de Shelley para su Frankenstein. También podríamos mencionar el Doctor Jeckyll y Mister Hyde de Stevenson. Aquí, por qué no, la figura del otro yo, el desdoblamiento de la personalidad. El Dorian Gray de Wilde. En el caso de la brujería, en cómo el dominio de las fuerzas oscuras puede escapársele a uno de las manos, tenemos un caso que puede incluso resultar infantil: “El aprendiz de brujo” en “Fantasía”, el filme de Disney. Más allá del pánico de las escobas con capacidad de regeneración o los fantasmas de “Una noche en el monte pelado”, los momentos que más inquietud me provocaban de la película de niño, eran los de la silueta de Stokowski dirigiendo la orquesta o la música de Stravisnky en “La Consagración de la Primavera” Extraños mecanismos de la mente de un infante ¿no creen? Y es que, la silueta, la sombra de un cuerpo, resulta una forma muy interesante de insinuar. Y la música ha sido la evocación por excelencia.
Como arma efectiva, por encima de las imágenes, está la lectura. Con ella, uno se siente obligado a recrear su propio universo terrorífico. Después, a la hora de dormir, reaparecen todos los fantasmas que hubiésemos creído ya olvidados tras dejar el libro en la mesilla de noche. Bécquer y el romanticismo, que roza lo poético y lo truculento. Los cuentos que los padres narraban a sus hijos para obligarles a quedarse dormidos. Hasta por una buena causa, como la de los Reyes Magos, los niños deben apurar su tiempo de consciencia para no quedarse sin regalos. Una vez el niño duerma, ellos llegarán para compensarles por su buena actitud durante todo un año. Hasta el Ratoncito Pérez puede asustar. A nadie le hace gracia que alguien ajeno a la realidad diaria se llegue hasta la cama de uno para dejarle regalos, o entre a la casa por chimenea o ventana. Siempre recalo en la misma pregunta: Más allá de lo bueno y de lo malo, ¿El hombre puede vivir sin fantasía?

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HUOZHE (VIVIR) ZHANG YIMOU. 1994

>> domingo, 10 de julio de 2011



Tal vez la vida no sea más que un cuento de la lechera al que pretendemos dar un final feliz. Siempre pensando que de un cántaro roto puede hacerse un tangram distinto, un recipiente diferente para la misma función práctica. En la destrucción está la renovación. Olvidar quemando. El mensaje de la vida pese a todo, de la necesidad de seguir matando el tiempo mientras el tiempo no pueda matarnos a nosotros. Construir destruyendo, renaciendo siempre. Yimou nos habla de este mensaje claro del ser humano en su fuerza de voluntad, de una capacidad de superación que no conoce límites. Por supuesto, el papel de la mujer vuelve a mostrarse como la que soporta con estoicidad, como la que lleva incluso el peso de ese hombre que aprende de ella a vivir. Esta película (sexta en la filmografía del director) resultó ser la más contemporánea con respecto a las anteriores. Se le reprochaba a este director una recreación de otras épocas en su discurso. La contrarréplica: un film crítico con la etapa Mao. En ella, se observa la persecución de todo individuo sospechoso de no colaborar con esta búsqueda del bien general llamado comunismo. Una “imposición” de felicidad pública en toda regla. De ahí que la teoría pueda parecer irreprochable, pero su puesta en práctica concreta en este caso, nefasta. La desconfianza de un régimen que es capaz de procesar incluso a los que lo apoyan, en un celo enfermizo por salvaguardar el buen funcionamiento de una política. Una búsqueda del bien para el pueblo acabando con el pueblo mismo. La individualidad cercenada en favor de una comunidad. Se entiende que estas personas acaban sufriendo una especie de síndrome de Estocolmo ante un pasado que va desapareciendo de ellos y ante un futuro que se manifieste perpetuo. Hay detalles como el del papel oficial que el protagonista enmarca en su casa para demostrar su "legalidad", después de rescatarlo de su deterioro dentro de una prenda "pasada por agua".En él, se muestra ese miedo a represalias gubernamentales, muy sutilmente llevado en este detalle aparentemente casi sin importancia y anecdótico. Lo que resulta de la indumentaria, de los himnos, de la pérdida de posesiones, no es otra cosa que la estandarización del hombre: así como el corte de pelo al cero representaba una homologación, una pérdida de la personalidad, de la individualidad a favor de la “hermandad”. Pero, por encima de todo esto, sigue habiendo algo imposible de eliminar: el vivir cada uno sus propias experiencias en su propia búsqueda interior. Es en las situaciones adversas donde comienzan las personas se conocen más sinceramente. Todos los rencores anteriores, esas rencillas secundarias, quedan superadas para unirse y hacer piña, para sobrevivir ante las inclemencias. En la primera parte del filme, nos encontramos con una China frívola y despreocupada. La gente parece vivir en la irrealidad de una situación que se encamina hacia un futuro preocupante. El protagonista, llevando una mala vida, acaba dilapidando su dinero en el juego y, como consecuencia, perdiendo su casa para poder pagar las deudas. Su mujer, ante tal situación, le abandona, se marcha con los hijos. A él no le queda otro remedio que dedicarse a aprender el oficio de marionetista en un teatro de sombras. Tras la guerra y el cambio de poder que sufre el país, ve cómo todo da un giro inesperado. Aquí es donde se nos hace partícipes de que aquel pasado que veíamos con malos ojos puede ser superado por ese presente Maoísta. Esta percepción cinematográfica puede observarse también en el “Doctor Zhivago” de Lean. En este caso, hablamos del comunismo ruso liderado por Stalin. Aunque, también hay que aclarar, la industria cinematográfica americana se encontraba fabricando una idea de Rusia un tanto deformada. También advertir la visión un tanto subjetiva de Pasternak, perseguido hasta su muerte por la política rusa. Esta, llegó a decir de él lo siguiente: “La diferencia que hay entre Pasternak y los cerdos es que estos nunca cagan en el lugar donde comen”. En este ambiente desfavorable, el protagonista vuelve a encontrarse con su familia, y juntos reemprenden una nueva vida. Sobreviviendo a las inclemencias de su tiempo, acaban convirtiéndose en auténticos supervivientes. Sujetos moldeados por diferentes etapas históricas, además de vitales, unidos perfectamente. Esto, solo es posible mediante el empleo de la empatía como herramienta de cohesión. No es ya un ejemplo “familiar” sino individual y, de ahí, a lo universal. El todo por las partes ¿no? El colosal elefante a cachitos. La fotografía, en cuanto a su tratamiento pictórico, resulta impecable. Como curiosidad, resulta destacable el plano de la misma calle a la que da la casa familiar, como leit-motiv cada vez que sucede un nuevo arranque para cada época de la historia. Es un ejemplo de que realmente nada cambia dentro de ese pequeño mundo, empezando por el lugar donde sucede la vida diaria e íntima de los personajes. Otra imagen para el recuerdo puede ser la de los polluelos que acaban ocupando el lugar vacío de la maleta que contuvo a las marionetas en otro tiempo (aquellas de las que se valió el protagonista para sobrevivir, y de las que también acabó siendo despojado por el devenir de los acontecimientos). Todo se transforma, todo es reinterpretado. La calurosa acogida occidental de la película, ante la impotencia de las autoridades chinas (que veían cómo no podían ni censurar algunas partes), acabó llevando al director a dos años de imposibilidad para trabajar. Pero, como ya digo, a pesar de las adversidades, el cine chino ha podido seguir contando con la cabezonería de este creador, que ha continuado insobornable, incansable, con lo que él ha deseado siempre: hacer cine. Nunca se podrá reducir este espíritu, que continuará renaciendo de sus cenizas, en todas las generaciones. Nada podrá sepultar lo que es más fuerte que lo impositivo: el convencimiento. El sentido del humor, aún en las situaciones más penosas, es también necesario para sobrellevar los momentos difíciles. No importa el carácter de este, porque, para el sentido con que se expresa, resulta comprensible. Un humor negro, en muchos casos, que sirve como balanza cuyo funcionamiento es la contrarrestar. Ese cuento que el abuelo necesita contarle al nieto para que sueñe, es solo posible en su coherencia mediante el final: “Un día cogerás un tren y te irás para ser feliz”. Esta intervención no altera para nada el relato grandilocuente que se cuenta al pequeño. Resulta tan evocador a la mente de un niño como realista para un adulto. Dentro de esa revolución que impide soñar con la excusa del bien general (de lo contrario, se sería egoísta o contrarrevolucionario) todavía está permitido poseer mediante la imaginación, que es imparable e inabarcable.

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Son solo sueños

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Viaje en autobús

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Yo (2)




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La Ofelia de Millais y la de "El Extraño Caso del Doctor Fausto" de Gonzalo Suárez

>> sábado, 9 de julio de 2011



Cuadro comparativo perteneciente al trabajo "Volver a sacarse los ojos" (2008)

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El "Narciso" de Caravaggio y el personaje de Percy B. Shelley en "Remando al Viento"



Cuadro comparativo perteneciente al trabajo "Volver a sacarse los ojos" (2008)

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Influencia de Friedrich en la estética de "Remando al Viento". Cuadro comparativo pertenceciente al trabajo "Volver a sacarse los ojos" (2008)



Comparación de lienzos del pintor Friedrich con fotogramas del filme de Gonzalo Suárez "Remando al Viento"

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Cuadro comparativo perteneciente al trabajo "Volver a sacarse los ojos" (2008)



“El Sur”, “El Espíritu de la Colmena” y “El Sol del membrillo”, películas todas de Erice, comparadas con cuadros de Antonio López

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ANTONIO LÓPEZ Y EL RECUERDO DE MIS CONTRADICCIONES

>> viernes, 8 de julio de 2011

ANTONIO LÓPEZ Y EL RECUERDO DE MIS CONTRADICCIONES

Cuando el perro sale a dar un paseo, atraviesa la puerta hacia la calle sin pensárselo dos veces. Distinto es al regresar. Cuando un perro vuelve de dar un paseo, duda al entrar en casa. ¿Y qué hay entre estos dos momentos? Indudablemente, el paseo. Hay afuera un cierto aire de corrillo entre los porteros de las casas aledañas. Pasar entre ellos no es cosa nada fácil. Al perro no le importa coger este camino o este otro. Somos nosotros los que llenamos el paseo de trampas. Uno de los porteros acaba de jurar su cargo: acaba de convertirse en su padre, que acaba de jubilarse. Su misma ropa, su mismo gesto adusto. Sin duda, es aquel portero antiguo cuarenta años más joven. Al pasar ante él, escucho lo siguiente: “Como no sabemos qué es lo que va a pasar después de la muerte, por si acaso, yo creo que hay que creer en Dios”. Ese “por si acaso” y ese “yo creo” me hicieron algo de gracia, aunque no lo suficiente como para cambiar el gesto avinagrado como el que él tenía. Era una sonrisa mental, una sonrisa que va de oreja a oreja conceptualmente hablando. ¡Cómo somos en este país! La contradicción va hasta el punto de encontrar a gente que es atea pero con “peros”, o ser católico pero crítico con la iglesia. Para asegurarnos el tanto, está el “cristiano antes que ateo”. Es como el que quiere y no puede. El que presume de izquierdas pero en su interior ansía la comodidad de la derecha, por así decirlo. Hay grandes metamorfosis a lo largo de la vida. “Quién te ha visto y quién te ve”, resulta una frase bastante ilustrativa. Siempre quedan los posos condicionantes, aquellos que quedan en el fondo del vaso cuando la cuchara deja de remover en su afán de homogeneizar. Hay una lucha ibérica que hace que “adaptemos” las cosas “a nuestra manera”. “Spain is different” ¿no? Yo tengo una pregunta: ¿Por qué en España las corrientes elitistas del arte desprecian tanto a Antonio López? Sin duda, un pintor de nombre y apellidos tan convencionales, tan comunes (Antonio López García podría ser perfectamente nuestro vecino, el amigo de nuestros padres cuando la infancia) ya empieza a caer gordo a quien emplea el lenguaje como tarjeta de presentación. He aquí la sonrisa conceptual pero sin la sonrisa. Me atrevería a decir que Antonio López no habla, no escribe, no acude a tertulias… Solo pinta. Solo observa, solo trata de metamorfosearse con la Naturaleza, solo trata de absorber lo que le rodea con su mirada, con su experiencia en el silencio contemplativo. ¿Le interesa relacionarse con el mundo? Sí, pero a su manera, absorbiéndolo en su obra. En “El sol del membrillo” se le encuentra distante con el mundo exterior, pegado a su obra. Si se comunica, desea que su interlocutor esté de acuerdo con su forma de pensar. Resulta un hombre convencido con lo que hace, seguro de su coherencia para con la vida que le ha tocado vivir. Esta especie de ascetismo que le hace llevar una vida supeditada no a su vocación sino a una empresa clara de científico profano es lo que marca su leyenda. La leyenda de un tiempo que todo lo metamorfosea. Los cambios de Antonio López se observan en su obra, no tanto en su persona. Su tío, Antonio López Torres, le animó a comenzar a pintar. De él aprendió seguramente esa actitud a la hora de trabajar. Admiraría el afán silencioso, lento, necesario, de quien observa a su alrededor. Esa política de puertas adentro. Como su sobrino, estudió en San Fernando. Cuando la institución le pidió que donase un cuadro, Torres entregó un lienzo maltrecho que había estado utilizando como puerta para el gallinero allá en Tomelloso (imagínense las labores de restauración del mismo). En otra ocasión, cuando un particular acudió a su casa interesado en adquirir alguno de sus trabajos, el artista se ausentó con el pretexto de tener que ir al baño y, una vez allí, se escapó saltando por la ventana. Hay aquí quienes consideran todas estas anécdotas biográficas como pruebas para apuntar una cierta “sencillez” en ese modus vivendi. Otros, lo denominan simplemente “carácter provinciano”. Los de la segunda opinión, suelen ser aquellos que no comprenden que un artista pueda estar solo dedicado a la técnica, al desarrollo de su vocación sin más. Yo, en mi humilde opinión, lo único que puedo sacar en conclusión es que Torres no buscaba una fama, un nombre, un darse a conocer públicamente. Su modestia precisamente residía en la huída de todo esto. Su vida estaba allí en Tomelloso, en levantarse diariamente para trabajar solitariamente, en ese exilio interior. No necesitaba que la gente conociese que era feliz pintando. ¿Por qué no puede uno aislarse de todo lo que le rodea? ¿Por qué no puede uno vivir ajeno al mundo? ¿Es pecado realmente no interesarse por lo que sucede a diario, estar al corriente de lo que esta sociedad fabrica constantemente? Comprendo esta actitud. Si yo pudiese, abandonaría la escena pública y observaría la horizontalidad de una llanura. Dejaría de ser un animal político. Me agobia y, paradójicamente, me aburre este mundo, tal y como está concebido por el hombre. La velocidad a la que transcurre agota, verdaderamente. Un individuo es elegido por la “crema” de la sociedad como “artista” Esta distinción exige secretamente que dicho “artista” responda a una serie de exigencias que la “alta cultura” ha fabricado, para distinguir los que se encuentran dentro y fuera de ella. Hoy en día, hay que ser hasta torero sin saber que una plaza nunca es cuadrada. El humanismo ha regresado pero con cierta torpeza y mucho de apariencias. Aquí todo el mundo sabe de todo, es la regla de oro para ser admitido en los circuitos “sociales”. Por eso, extraña esa faceta que, a mi juicio, Antonio López García heredó de Antonio López Torres. El tío regresó al mundo rural mientras que el sobrino sucumbió a la capital, aunque incluso hoy reconoce sentirse incómodo en ella. Es su vértigo lo que le fascina, su amenaza constante. Refleja en sus cuadros su caos, describe su gigantismo, a la vez que lo contrapone a dibujos de membrillos que realiza en la huerta de su casa. Esa pequeña parcela de campo, de tranquilidad, de silencio, todavía.
Volviendo a los posos, en López perviven los primeros años en Tomelloso. Aquel cuadro del niño muerto en la cajita, aquel dibujo del tío saliendo del estudio, esas amigas hablando en una reunión… López es sincero consigo mismo, un hombre que muestra lo que hay (qué frase tan fácil de decir y tan mentirosa a la vez), que no necesita justificar su obra con un discurso lleno de palabrería. ¿Dónde quedó su etapa surrealista? A mí, particularmente, es la que más me gusta, junto a aquella de las habitaciones sucias, invadidas por un vacío que habla de un tiempo pasado… Su Gran Vía, tan exacta en una foto de catálogo, se ve ejecutada de la forma más sencilla al acercarse uno al lienzo auténtico. Lo esquemático, en la lejanía, genera lo complicado. Algo que nunca me enseñaron, a pintar de lejos. ¿Por qué me vuelvo tan contradictorio al observar la obra de Antonio López? Creo que porque admiro su tenacidad, su persistencia, su capacidad por centrar sus fuerzas en un trabajo tan concreto durante tantos años… Su ausencia de dispersión. Esa mirada concentrada, ese vivir solo para una cosa, es lo que tanto valoro. Yo, me he vuelto vanidoso con las palabras, he ido apartando los pinceles con el peso de la nostalgia que ello conlleva. Yo siempre he sido uno de esos tipos sencillos que ha ambicionado sí, pero con una ambición desparramada, que todo lo moja y, al final, se seca y todo vuelve a quedar limpio. Ho Arqueológico Nacional, y he visto una de esa piezas realizadas en marfil con mil miniaturas. He pensado: Alguien puede estar toda su vida trabajando solo en esta pieza. Es esta la que lo exige. Y, después, un día esta se cae, se rompe y parece que uno ha perdido su vida con todos esos añicos. ¿Por qué este pensamiento tan negativo? ¿Acaso la vida se va por el retrete con aquello que ha perdido, aquello a lo que ha dedicado su vida? El resultado físico no lo es todo. Hablamos de experiencia, de algo que se escapa a todo materialismo fútil. Me siento en contradicción con Antonio López porque me gustaría pensar que puede volver una época en que trabajemos, en que hagamos cosas simplemente porque nos da la gana. ¡Cuánto quebradero de cabeza en buscarle un sentido a todo! ¡Cuánto daño han hecho los historiadores del arte, los ensayistas, los estudiosos… Aquellos que buscan en ese polvo de los cuadros de Antonio López, aquellos que quieren ver en él algo más de aquello con lo que puede obsequiarnos. ¿Acaso les parece poco?

8 – 7 – 11

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PSEUDOINTELECTUALES

>> martes, 5 de julio de 2011

- ¡Escribir una novela donde no hay descripción, solo diálogos! ¿En qué cabeza cabe?
- En la mía…
- ¿Tú sabes aquel dicho de “Dios da pan a quien no tiene dientes?”
- Sí…
- Pues, en tu caso, sería más bien “Dios da mocos a quien no tiene pañuelo”. ¿No comprendes que ahora ya nadie lee? Estamos en la época de la no-cultura. Solo los niños la conocen por los libros de texto. En tal época existió un señor que escribió una novela titulada así. Ya está. ¿Recuerdas el Farenheit de Bardbury? Pues olvídate de la ciencia-ficción. Algo de este género literario se está ya cumpliendo…
- El diseño de los trajes de astronauta cambió después de “2001” de Kubrick… La gente copia al profeta, parece querer acelerar el tiempo. ¿Y si el profeta está equivocado? ¿Y si ese futuro no es el que sucederá realmente?
- Bueno, te digo que lo de Bradbury se ha cumplido ya. La cultura se destruye ante la desidia en todos los sentidos que vivimos… Indiferencia, no querer conocer, no interesarse… ¿por qué iban a querer tu libro?
- Porque es un libro disfrazado. El cliente creerá comprar una revista de prensa rosa y se encontrará con esto…
- ¿Qué estupidez es esa? Yo la he leído y en ella no hay nada de esto. Huele que echa para atrás a cultura…
- Hoy en día todo es cultura. Yo solo he mezclado sus estratos, los he puesto todos a la misma altura… ¿Cultura no es estar al tanto de lo que se considera “mundo”? ¿Por qué las hijas de Grace Kelly no iban a ser cultura?
- Lo que escribes es horrible… Hablas de una mujer que trata de domesticar a au marido. Ella quiere que él sea sumiso…
- No. La palabra “sumiso” no es correcta, pues conlleva ausencia de voluntad, falta de intelecto, sacrificio de su propia individualidad a cualquier precio en pos de otro ser.
- Ya…
- Vamos, que sigues sin verlo claro…
- ¿sabes? El otro día se me ocurrió un chiste de esos que ahora ya nadie entiende… Verás: Sartre quiere entrar al baño, pero está Camus dentro evacuando…
- ¿Y?
- ¿No se te ocurre? ¡Al encontrarse con “La Peste”, le entró “La Náusea”…!
- Definitivamente eres imbécil…
- Total, que lo que quieres decirme es que tu libro habla de una mujer que desearía que su marido estuviese de acuerdo en todo lo que ella plantea.
- Que coincidieran como almas gemelas que “no” son…
- Vale.
- ¿Y eso no está a la orden del día? ¿No es el problema número uno que padece la gente en su vida íntima?
- Presupones tú mucho… Ahora, cada vez la gente es más exigente, pide más en una relación. A este paso, acabaremos todos monjes, enclaustrados por un imposible…
- Eres de lo más rancio de lo que me he echado en cara.
- Soy el único editor que queda en el lugar.
- Entonces, me meteré a monje, querido amigo…
- Adiós, pseudointelectual…
- Pues no sé qué es peor, si el que es burro o el que trata con ellos…
- De ahí el chiste del que es pisado por otro y llama al que le ha agredido “pisa-burros”.
- Es un chiste muy viejo… Seguro que lo has incluido en la novela ¿a que sí?
- Cómo me conoces…
- Como si te hubiera publicado…

5 – 7 - 11

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CRIMENTAL

Cuando recibió la noticia, no quedó muy afectado. De hecho, se impuso una serie de normas todavía más severas para que aquello no volviera a repetirse. Todo un nuevo repertorio de acciones repetidas hasta la extenuación, convertidas en rito. Aquel cariz sagrado que tomaban le impedían vulnerarlas en lo más mínimo. Eran, de hecho, la clave para que todo funcionase, para que nada saliese mal en su vida. Empujar la cama contra la pared, entrar y salir de la habitación, encender y apagar el interruptor. Hasta que los pensamientos negativos no hubiesen desaparecido, aquello debía de seguir funcionando. Cuando los músculos se agarrotaban, cuando todo el cuerpo se encontraba resentido, entonces tal vez por cansancio llegaba el final. ¿Qué pensamiento pasó aquella noche por su cabeza? “El abuelo puede morir”. Entonces, había que exorcizar aquella idea, pues podría llegar a cumplirse. ¿Cómo? Volviendo a repetir esa acción que estaba realizando en el momento en el que pensó aquello. Levantarse de la silla y volverse a sentar. “¿Ha desaparecido? Todavía no. Vuelve a repetir la acción.” Aquella noche finalmente acabó sucumbiendo al sueño sin haber logrado que aquel pensamiento fuese extirpado. No. Un aire extraño cruzaba la habitación en aquellos momentos. Un presentimiento. Algo malo podía ocurrirle a un ser querido. Lo había notado vagamente. ¿Llegó a pensar realmente que podría morir o, tal vez, lo imaginó después? Sea lo que fuere, pasó una semana, o quizá dos, y el abuelo murió. El niño se sintió ejecutor de aquel crimen. Un crimen mental que había salido fuera. Debía conseguir ejercitarse mejor, conseguir dominar su espíritu. De esa forma, su subconsciente no le traicionaría ya más. Estaba convencido de haber sido el culpable de aquel fallecimiento. “¿Qué haces, hijo?” pregunta la madre preocupada, al verle actuar de forma extraña. “Nada, mamá. Vete, por favor.” Y continúa yendo de acá para allá, abriendo y cerrando un grifo, calzándose y descalzándose, apoyando su espalda en la pared y separándola. Quiere gritar para después llorar de rabia, sintiéndose esclavo de sí mismo. Ya no sabe ni lo que piensa, pero cree que es todo malo, negativo. Por fin, un día, llega a olvidar aquello que le ha tenido cerca de media hora repitiendo una serie de actuaciones. Entonces, se siente feliz porque, al olvidar aquello sobre lo que tiene que actuar, puede desobedecer sus propios mandatos. Y así lo hace, efectivamente. Por otra parte, cada día es mejor persona, llega a rozar al que puede pensar cosas buenas las veinticuatro horas. Ya nada puede obligarle a pagar por sus pecados. Por fin, su madre puede descansar a gusto. Su hijo vuelve a comportarse con hábitos normales. Fin del problema. El pequeño criminal no era sino un inofensivo neurótico. Ahora todo está arreglado. La noche puede llegar cuando quiera que ya nadie de aquella casa la aprovechará para maquinar cualquier asunto despreciable. Dormir tranquilos y no temáis pues las fuerzas mentales han sido reducidas a base de duros ejercicios. Ahora, todo es más esquemático gracias a que el cerebro ha aprendido a ser básico para con quien lo contiene. Y, sin embargo, para el abuelo, aquel siempre fue un niño sin talento.

5 – 7 - 11

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