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ANTONIO LÓPEZ Y EL RECUERDO DE MIS CONTRADICCIONES

>> viernes, 8 de julio de 2011

ANTONIO LÓPEZ Y EL RECUERDO DE MIS CONTRADICCIONES

Cuando el perro sale a dar un paseo, atraviesa la puerta hacia la calle sin pensárselo dos veces. Distinto es al regresar. Cuando un perro vuelve de dar un paseo, duda al entrar en casa. ¿Y qué hay entre estos dos momentos? Indudablemente, el paseo. Hay afuera un cierto aire de corrillo entre los porteros de las casas aledañas. Pasar entre ellos no es cosa nada fácil. Al perro no le importa coger este camino o este otro. Somos nosotros los que llenamos el paseo de trampas. Uno de los porteros acaba de jurar su cargo: acaba de convertirse en su padre, que acaba de jubilarse. Su misma ropa, su mismo gesto adusto. Sin duda, es aquel portero antiguo cuarenta años más joven. Al pasar ante él, escucho lo siguiente: “Como no sabemos qué es lo que va a pasar después de la muerte, por si acaso, yo creo que hay que creer en Dios”. Ese “por si acaso” y ese “yo creo” me hicieron algo de gracia, aunque no lo suficiente como para cambiar el gesto avinagrado como el que él tenía. Era una sonrisa mental, una sonrisa que va de oreja a oreja conceptualmente hablando. ¡Cómo somos en este país! La contradicción va hasta el punto de encontrar a gente que es atea pero con “peros”, o ser católico pero crítico con la iglesia. Para asegurarnos el tanto, está el “cristiano antes que ateo”. Es como el que quiere y no puede. El que presume de izquierdas pero en su interior ansía la comodidad de la derecha, por así decirlo. Hay grandes metamorfosis a lo largo de la vida. “Quién te ha visto y quién te ve”, resulta una frase bastante ilustrativa. Siempre quedan los posos condicionantes, aquellos que quedan en el fondo del vaso cuando la cuchara deja de remover en su afán de homogeneizar. Hay una lucha ibérica que hace que “adaptemos” las cosas “a nuestra manera”. “Spain is different” ¿no? Yo tengo una pregunta: ¿Por qué en España las corrientes elitistas del arte desprecian tanto a Antonio López? Sin duda, un pintor de nombre y apellidos tan convencionales, tan comunes (Antonio López García podría ser perfectamente nuestro vecino, el amigo de nuestros padres cuando la infancia) ya empieza a caer gordo a quien emplea el lenguaje como tarjeta de presentación. He aquí la sonrisa conceptual pero sin la sonrisa. Me atrevería a decir que Antonio López no habla, no escribe, no acude a tertulias… Solo pinta. Solo observa, solo trata de metamorfosearse con la Naturaleza, solo trata de absorber lo que le rodea con su mirada, con su experiencia en el silencio contemplativo. ¿Le interesa relacionarse con el mundo? Sí, pero a su manera, absorbiéndolo en su obra. En “El sol del membrillo” se le encuentra distante con el mundo exterior, pegado a su obra. Si se comunica, desea que su interlocutor esté de acuerdo con su forma de pensar. Resulta un hombre convencido con lo que hace, seguro de su coherencia para con la vida que le ha tocado vivir. Esta especie de ascetismo que le hace llevar una vida supeditada no a su vocación sino a una empresa clara de científico profano es lo que marca su leyenda. La leyenda de un tiempo que todo lo metamorfosea. Los cambios de Antonio López se observan en su obra, no tanto en su persona. Su tío, Antonio López Torres, le animó a comenzar a pintar. De él aprendió seguramente esa actitud a la hora de trabajar. Admiraría el afán silencioso, lento, necesario, de quien observa a su alrededor. Esa política de puertas adentro. Como su sobrino, estudió en San Fernando. Cuando la institución le pidió que donase un cuadro, Torres entregó un lienzo maltrecho que había estado utilizando como puerta para el gallinero allá en Tomelloso (imagínense las labores de restauración del mismo). En otra ocasión, cuando un particular acudió a su casa interesado en adquirir alguno de sus trabajos, el artista se ausentó con el pretexto de tener que ir al baño y, una vez allí, se escapó saltando por la ventana. Hay aquí quienes consideran todas estas anécdotas biográficas como pruebas para apuntar una cierta “sencillez” en ese modus vivendi. Otros, lo denominan simplemente “carácter provinciano”. Los de la segunda opinión, suelen ser aquellos que no comprenden que un artista pueda estar solo dedicado a la técnica, al desarrollo de su vocación sin más. Yo, en mi humilde opinión, lo único que puedo sacar en conclusión es que Torres no buscaba una fama, un nombre, un darse a conocer públicamente. Su modestia precisamente residía en la huída de todo esto. Su vida estaba allí en Tomelloso, en levantarse diariamente para trabajar solitariamente, en ese exilio interior. No necesitaba que la gente conociese que era feliz pintando. ¿Por qué no puede uno aislarse de todo lo que le rodea? ¿Por qué no puede uno vivir ajeno al mundo? ¿Es pecado realmente no interesarse por lo que sucede a diario, estar al corriente de lo que esta sociedad fabrica constantemente? Comprendo esta actitud. Si yo pudiese, abandonaría la escena pública y observaría la horizontalidad de una llanura. Dejaría de ser un animal político. Me agobia y, paradójicamente, me aburre este mundo, tal y como está concebido por el hombre. La velocidad a la que transcurre agota, verdaderamente. Un individuo es elegido por la “crema” de la sociedad como “artista” Esta distinción exige secretamente que dicho “artista” responda a una serie de exigencias que la “alta cultura” ha fabricado, para distinguir los que se encuentran dentro y fuera de ella. Hoy en día, hay que ser hasta torero sin saber que una plaza nunca es cuadrada. El humanismo ha regresado pero con cierta torpeza y mucho de apariencias. Aquí todo el mundo sabe de todo, es la regla de oro para ser admitido en los circuitos “sociales”. Por eso, extraña esa faceta que, a mi juicio, Antonio López García heredó de Antonio López Torres. El tío regresó al mundo rural mientras que el sobrino sucumbió a la capital, aunque incluso hoy reconoce sentirse incómodo en ella. Es su vértigo lo que le fascina, su amenaza constante. Refleja en sus cuadros su caos, describe su gigantismo, a la vez que lo contrapone a dibujos de membrillos que realiza en la huerta de su casa. Esa pequeña parcela de campo, de tranquilidad, de silencio, todavía.
Volviendo a los posos, en López perviven los primeros años en Tomelloso. Aquel cuadro del niño muerto en la cajita, aquel dibujo del tío saliendo del estudio, esas amigas hablando en una reunión… López es sincero consigo mismo, un hombre que muestra lo que hay (qué frase tan fácil de decir y tan mentirosa a la vez), que no necesita justificar su obra con un discurso lleno de palabrería. ¿Dónde quedó su etapa surrealista? A mí, particularmente, es la que más me gusta, junto a aquella de las habitaciones sucias, invadidas por un vacío que habla de un tiempo pasado… Su Gran Vía, tan exacta en una foto de catálogo, se ve ejecutada de la forma más sencilla al acercarse uno al lienzo auténtico. Lo esquemático, en la lejanía, genera lo complicado. Algo que nunca me enseñaron, a pintar de lejos. ¿Por qué me vuelvo tan contradictorio al observar la obra de Antonio López? Creo que porque admiro su tenacidad, su persistencia, su capacidad por centrar sus fuerzas en un trabajo tan concreto durante tantos años… Su ausencia de dispersión. Esa mirada concentrada, ese vivir solo para una cosa, es lo que tanto valoro. Yo, me he vuelto vanidoso con las palabras, he ido apartando los pinceles con el peso de la nostalgia que ello conlleva. Yo siempre he sido uno de esos tipos sencillos que ha ambicionado sí, pero con una ambición desparramada, que todo lo moja y, al final, se seca y todo vuelve a quedar limpio. Ho Arqueológico Nacional, y he visto una de esa piezas realizadas en marfil con mil miniaturas. He pensado: Alguien puede estar toda su vida trabajando solo en esta pieza. Es esta la que lo exige. Y, después, un día esta se cae, se rompe y parece que uno ha perdido su vida con todos esos añicos. ¿Por qué este pensamiento tan negativo? ¿Acaso la vida se va por el retrete con aquello que ha perdido, aquello a lo que ha dedicado su vida? El resultado físico no lo es todo. Hablamos de experiencia, de algo que se escapa a todo materialismo fútil. Me siento en contradicción con Antonio López porque me gustaría pensar que puede volver una época en que trabajemos, en que hagamos cosas simplemente porque nos da la gana. ¡Cuánto quebradero de cabeza en buscarle un sentido a todo! ¡Cuánto daño han hecho los historiadores del arte, los ensayistas, los estudiosos… Aquellos que buscan en ese polvo de los cuadros de Antonio López, aquellos que quieren ver en él algo más de aquello con lo que puede obsequiarnos. ¿Acaso les parece poco?

8 – 7 – 11

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