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CORTÁZAR Y LOS RAYAJEADORES

>> lunes, 25 de julio de 2011

La Fundación Juan March tiene en su haber la biblioteca que fue de Cortázar. La viuda del escritor fue quien cedió estos casi cuatro mil ejemplares. “Por sus libros le conoceréis”. El autor de “Rayuela” no solo los atesoraba sino que los cargaba de personalidad. Cada uno de los ejemplares habían pasado la experiencia de ser tatuados por el pensamiento cortazariano. La piel de papel ahora podría presumir de tener vida propia. Dos libros salidos de la misma editorial, con el mismo título en su portada, se diferenciaban en que uno de ellos había sido comprado por Cortázar y, este, le había dado el rango que merecía (junto al resto de compatriotas que reposaban en las estanterías de la casa). Bautizado como cortazariano, olvidó su reciente pasado aséptico, homogéneo. Más allá de la tinta impresa estaba el lápiz rubricador del maestro, que utilizaba para establecer una conexión íntima. Cortázar conversaba con sus libros, les planteaba dudas, solucionaba otras, abría nuevos caminos. Dibujaba. ¡Tanta mala fama han tenido los rayajeadores desde los primeros años de escuela! Los hermanos pequeños heredaban los libros de texto de sus hermanos mayores. Así, podían encontrarse con disquisiciones realizadas a pie de página, en los márgenes, e incluso invadiendo, avasallando a las propias lecciones. Podría decirse que solo algunos de estos jóvenes se convertirían después en personas dignas a tener en cuenta, consiguiendo que incluso los escritores de aquellos libros de física, geografía e incluso dibujo (valga la paradoja) tuvieran que inclinarse ante ellos- o, al menos, no enfadarse por su actitud anárquica. Y para los que nunca se vieron en la necesidad de cuidar sus propios libros para después darlos en herencia ¿qué más daban sus rayajos? Cortázar no rayajeaba sino “rayueleaba”. No creo que pidieran equiparase sus comentarios extraoficiales a los que aquí he puesto de ejemplo. Cierto que Cortázar siempre fue un chaval un tanto tempestuoso (lo que viene a ser para los franceses un “enfant terrible”, vamos), por lo que algo puede haber de todo esto. ¿Qué un comentario se hace con más madurez, con más sentido de orden, con mayor limpieza que otro de infancia, cuando no había un sentido de lo “correcto”? ¿Y qué más da? También están los que abominan infligir castigo alguno a sus queridos libros. Lo cierto es que aquí hay dos bandos (siempre hay dos bandos, caray). En el otro lado, en el cortazariano, están los que conciben a los libros como meros transmisores de información, los que consumen la energía de todo lo que pasa por sus manos, como vampiros de a pie. Luego, esta forma de actuar, pasa a fetichizarse y sale en las noticias: “Los libros de Cortázar”. Se llevan a fundaciones que los guardan, que permiten de su estudio (doble estudio para quien pide prestado en la March el Ulises escrito por Joyce y comentado por Cortázar, como “El Príncipe” de Maquiavelo y Napoleón), que los consideran obras doblemente personalizadas… Así, luego, un libro pasa de valer diez euros a doscientos en las páginas de subastas: “Contiene autógrafo del propio autor en el interior”. Estas páginas de subastas son las que también logran que un ejemplar, sin necesidad de estar rubricado, se convierta en una rara avis por lo difícil que es de encontrar (a pesar de que, cosa extraña, se publicaran bastantes en la época como ese. ¿Se los comerán?). Comprendo la sensibilidad de los respetuosos, pero creo que lo fatídico sería rayajear los auténticos ejemplares únicos: El Beato de Liébana o el Códice Calixtino. Gracias a Gutenberg heos ido perdiendo lo artesanal. Todos queríamos leer y nos fastidiaba ir con un papel hasta tal Monasterio para que nos abrieran su biblioteca y nos dejaran leer algunos de sus pozos de cultura.
Finalmente, confesaré: Yo era de los cortazarianos en un primer momento. Cuando era más joven, me empeñaba en personalizar mis libros, en querer que hablaran ellos por mi: “Se nota que lo leyó de pe a pa y lo estudió concienzudamente”. Después, años después los volví a coger y comprendí que aquello que había dejado como constancia no eran más que estupideces. Por ello, reprimí mi instinto narcisista, ese “yo también quiero hablar aquí y quiero que se me escuche o lea” pensando lo siguiente: Si se me ha de culpar por algo, prefiero que sea por mis crímenes no presentes sino pasados, de los cuales quedo eximido. ¿Cualquier tiempo pasado fue mejor? No, ni mucho menos. Antes fue tal época, ahora es esta. Es diferente, no mejor ni peor. Sé que hay quien no pueda decir lo mismo, alguien a quien se le hayan torcido demasiado las cosas… Pero, en mi caso, no puedo decir que lo que deseara hace diez años fuera lo que deseo hoy. Ni siquiera puedo justificar por qué deseaba eso que ahora no me interesa en absoluto. Hay ahí una evolución, claro. El reincidente se ha vuelto manso. El criminal se asesina a sí mismo, borrando todo rastro de pasado en sus libros. Las opiniones de entonces no eran ni mucho menos las de ahora. Mis gustos han cambiado, etcétera. Aún así, sigo leyendo sin necesitar gafas. De esto es de lo único de lo que me puedo jactar.

25 – 7 – 11

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