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DE OCA A OCA, Y PIENSO LO QUE ME TOCA

>> domingo, 31 de julio de 2011

En Madrid hace calor, mucho calor. El clima de Madrid gusta de jugar con la psicología de quienes lo sufren. Del invierno al verano hay un gran salto, y es la primavera, esa gran deseada, la que nos pone celosos a todos. Un día, aparece y deja unas pequeñas gotas de lluvia. Otro, hace que resurjan las hojas en los árboles para que dejemos de ver perfectamente lo que sucede en la calle desde nuestros balcones. Pero, sin avisar, de un día para otro, nuestras cómodas mudan de ropa y desparece la manga larga. Hay veces que el tiempo se arrepiente y todo lo que se había subido al altillo se ha de volver a bajar. La cómoda nos había dado un susto. Pero, una vez que llega el calor, no hay quien lo detenga. Por suerte, no nos ha sucedido como en Chicago, lugar que debe empezar a parecerse a una gran parrilla de San Lorenzo con sus cincuenta graditos. Siempre le viene a uno a la memoria cinematográfica el gran Leone, con sus momentos de grandes planos interminables sobre tipos sudorosos a los cuales rondan moscas cojoneras. Hace tres años, por estas mismas fechas, casi me desmayo deshidratado en casa, viendo una tarde “Un tranvía llamado deseo”. La camiseta interior con lamparones de Marlon Brando no tenía nada que envidiar a mi camiseta veraniega. Recuerdo que, vencido por la siesta y el calor, caí dormido, y al desperar casi no podía respirar, me faltaba el aire. ¡De cabeza a la ducha! Ahora, paseando cerca de la Plaza de Oriente, observo las terrazas de los cafés, con sus sombrillas climatizadas con chorritos de agua que caen sobre los clientes, para que no se pudran. Una buena piscina sobre la que se levantara una gran terraza sería lo ideal. Las sillas y la mesas flotarían haciendo contrapeso para que los señores y señoras no se cayesen. Los pies mojados, esos í, ajustando la temperatura corporal a la del cloro. Una piscina vecinal solo resultaría factible en una urbanización en las afueras de la capital. Pienso en los pobres desgraciados que se gastan una fortuna para no renunciar a su casa en el centro de Madrid con piscina y pienso, para mis adentros: “¡Angelitos!” En casa, el aire acondicionado está prohibido. No comprendo cómo puede afectar tanto a determinadas saludes el aire acondicionado. ¿Es que no es posible un punto intermedio? La voz se reseca, comienza a dolerle a uno la garganta y ya está todo perdido. Es mejor, claro que sí, el abanico o el ventilador, ese gran impotente. ¡Nunca llegarás a ser un aire acondicionado, asúmelo! Ahora, pienso en esas grandes urbanizaciones que son las ciudades del siglo XXI. ¿Por qué el ser humano se esfuerza en ser cada vez más antinatural? Antes, estaban las civilizaciones: empezaban siendo una o dos casas, luego llegaban las aldeas, después las ciudades… Ahora, nada de eso: antes de que llegue el hombre a habitar, ya está construida la ciudad. Es terriblemente frío todo esto. Este frío no me vale. El calor humano está bien en invierno ¿verdad? Aquellos que viven encerrados en su chalet, que salen solo para abastecerse de víveres… No sé si envidiarles. Yo no podría ser como ellos. A mi me gusta salir a la calle, a la villa, encontrarme con mi vecino o huir de él, tomarme un chato en una terraza… En fin. Ahora, los barrios los construyen sin lugar para la convivencia. ¿Dónde están las tiendas de abajo? ¿Dónde las plazas, los bares, las bibliotecas? Ciudades de pisos. Y, para colmo, las casas son idénticas unas a otras. Todas de ladrillo prefabricado, sin cornisas para protegerse del calor o de la lluvia. Planas, rectas, estilizadas hacia el infinito. Terribles. Ciudades para vivir dentro de nuestras casas. Para no salir fuera. El gran complejo de Le Corbusier, donde ni era necesario salir de casa para comprar, pues dentro del edificio había ya comercios. Increíble.

31 – 7 - 11

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