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EL TRAZO OCULTO

>> lunes, 11 de julio de 2011




¿Cómo describir el miedo? ¿Hay alguna forma posible? Muchas personas han tratado de concretarlo. El miedo pueden ser muchas cosas: Miedo por la incertidumbre de un futuro, miedo a la soledad y a la obligada autosuficiencia para sobrevivir, miedo a seres fantásticos o simplemente invisibles para el ser humano, miedo a la muerte y al crimen, miedo hacia desconocidos, miedo a las malas jugadas de la mente…
¿Cómo se ha concretado, cómo se le ha puesto cara? Desde la figura originaria del demonio o al temor de un Dios acusador, pasando por el miedo a la brujería (lo desconocido), miedo a los criminales con nombre y apellido (si hubiese sido mujer, no me hubiera gustado vivir en Londres en la época de Jack el destripador), miedo a los criminales sin nombre ni apellidos (aquellos que robaban niños o aquellos otros que utilizaban el sebo de sus víctimas para hacer jabones), miedo a los excesos del poder (véase el “Gran Hermano” de Orwell)… El otro día estuve en la exposición de Leon Golub en el Palacio de Velázquez. Asistí a toda una ceremonia de terror político de lo más explícita. Si bien es cierto que el artista hace uso de figuras simbólicas como el perro y alude incluso a la mitología, sus escenas de torturas por parte de marines norteamericanos se encuentran muy presentes en la actualidad. Si es cierto que desde Guantánamo la cosa está todavía más clara en el imaginario colectivo (desconozco si en el momento de Leon Golub las cosas estaban así, grabadas a fuego en el individuo con la precisión fotográfica que el principio del siglo XXI nos dejó en periódicos, televisión y demás). Lo único que podría poner delante serían los desastres de la guerra de Goya, cosa todavía más atroz que lo que Golub puede presentarnos. Cada cosa en su época, cada forma de relatar para cada tiempo. Luego, la sala de los dictadores. No puedo por menos que pensar en lo fácil que es presentar esta faceta perversa del hombre como lo hace Golub. Todo el mundo reconoce a Hitler como dictador. Sin embargo, al mundo se le escapan los rostros que hicieron posibles la llegada de ese mal a la sociedad, la gente que colaboró a conformar esa idea de nazismo que hoy tenemos y de los cuales ya nadie se acuerda. Incluso ahora, en esta época, tenemos a sujetos que sin la necesidad de ser dictadores están provocando un auténtico caos en el mundo desde sus posiciones de poder. Este pequeño Apocalipsis que ahora vivimos (siempre hubo Apocalipsis de todas las magnitudes habidas y por haber) es causa de una serie de personas que mueven esos hilos sobre los cuales nos mostramos impotentes, incapaces de actuar. Desconocemos, sufrimos incertidumbre. Estamos en manos de personas sin escrúpulos que pueden adoptar todo tipo de rostros, incluso los más benévolos, los políticamente incorrectos. Las guerras las origina el poder, la economía. Los países más democráticos contribuyen a ellas. Si queremos hablar del miedo, apuesto por una fórmula más indirecta visualmente hablando. Pienso en Richter, en sus atlas de imágenes. Aquellos rostros aparentemente pacíficos, inocentes, esconden realidades histórico-sociales nada desdeñables. Podría mencionar a los terroristas del IRA, con todo lo que ello representa. Cómo desapareció el problema de pronto, con la muerte de todos ellos, ahorcados en prisión. El tío de las SS del artista, y toda la reflexión que conlleva este psicoanálisis autobiográfico que se nos muestra en la pintura. Son rostros más difusos. En el caso de Jack el destripador antes mencionado, guiado un poco por esta búsqueda del miedo, quise representarlo en una obra retratado como dicen que era: inofensivo, vistiendo elegantemente. Nadie podía sospechar que tras esa carcasa se escondía un asesino en serie. ¿Por qué mostrar en su totalidad para buscar esa respuesta visceral, esa conmoción interior? Buscando en la imaginería religiosa, encuentro el “Divino Cautivo” de Mariano Benlliure. Esta talla de Jesucristo se diferencia de otras mucho más patéticas, precisamente por esa ausencia de dolor en la figura del retratado. No hay sangre, no hay clavos, no hay agonía. El cuerpo se muestra incluso relajado, con cierta sensualidad. El gesto, calmado. Ello no quiere decir que simbolice lo que simboliza. Me alejo del barroco y aplaudo la contención, el mostrar parcialmente. Parece incluso que esa corona de espinas en forma de tres aspas por detrás de la cabeza nos quiere hablar del aura dorada sagrada. Resulta mucho más efectiva, a mi juicio. Se ha dejado de subestimar ya al creyente que necesita toda la parafernalia para creer con más fuerza. Para mí, el terreno religioso, espiritual, ha tenido más de simbólico, incluso de poético, que de otra cosa. La forma de narrar, de transmitir, toma siempre forma de parábola, de fábula magnífica. La creencia siempre ha necesitado, en manos de sus administradores, de dosis de temor. La inquisición inspiró incluso a Poe en su maravilloso cuento de “El Pozo y el péndulo”. Las galerías sangrientas han estado siempre en la literatura gótica hasta llegar a los barracones de feria. De los empalados a Drácula en un pis-pás. ¿Y por qué no la ciencia también, si la ponemos en manos de Shelley para su Frankenstein. También podríamos mencionar el Doctor Jeckyll y Mister Hyde de Stevenson. Aquí, por qué no, la figura del otro yo, el desdoblamiento de la personalidad. El Dorian Gray de Wilde. En el caso de la brujería, en cómo el dominio de las fuerzas oscuras puede escapársele a uno de las manos, tenemos un caso que puede incluso resultar infantil: “El aprendiz de brujo” en “Fantasía”, el filme de Disney. Más allá del pánico de las escobas con capacidad de regeneración o los fantasmas de “Una noche en el monte pelado”, los momentos que más inquietud me provocaban de la película de niño, eran los de la silueta de Stokowski dirigiendo la orquesta o la música de Stravisnky en “La Consagración de la Primavera” Extraños mecanismos de la mente de un infante ¿no creen? Y es que, la silueta, la sombra de un cuerpo, resulta una forma muy interesante de insinuar. Y la música ha sido la evocación por excelencia.
Como arma efectiva, por encima de las imágenes, está la lectura. Con ella, uno se siente obligado a recrear su propio universo terrorífico. Después, a la hora de dormir, reaparecen todos los fantasmas que hubiésemos creído ya olvidados tras dejar el libro en la mesilla de noche. Bécquer y el romanticismo, que roza lo poético y lo truculento. Los cuentos que los padres narraban a sus hijos para obligarles a quedarse dormidos. Hasta por una buena causa, como la de los Reyes Magos, los niños deben apurar su tiempo de consciencia para no quedarse sin regalos. Una vez el niño duerma, ellos llegarán para compensarles por su buena actitud durante todo un año. Hasta el Ratoncito Pérez puede asustar. A nadie le hace gracia que alguien ajeno a la realidad diaria se llegue hasta la cama de uno para dejarle regalos, o entre a la casa por chimenea o ventana. Siempre recalo en la misma pregunta: Más allá de lo bueno y de lo malo, ¿El hombre puede vivir sin fantasía?

11 – 7 – 11

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