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HUOZHE (VIVIR) ZHANG YIMOU. 1994

>> domingo, 10 de julio de 2011



Tal vez la vida no sea más que un cuento de la lechera al que pretendemos dar un final feliz. Siempre pensando que de un cántaro roto puede hacerse un tangram distinto, un recipiente diferente para la misma función práctica. En la destrucción está la renovación. Olvidar quemando. El mensaje de la vida pese a todo, de la necesidad de seguir matando el tiempo mientras el tiempo no pueda matarnos a nosotros. Construir destruyendo, renaciendo siempre. Yimou nos habla de este mensaje claro del ser humano en su fuerza de voluntad, de una capacidad de superación que no conoce límites. Por supuesto, el papel de la mujer vuelve a mostrarse como la que soporta con estoicidad, como la que lleva incluso el peso de ese hombre que aprende de ella a vivir. Esta película (sexta en la filmografía del director) resultó ser la más contemporánea con respecto a las anteriores. Se le reprochaba a este director una recreación de otras épocas en su discurso. La contrarréplica: un film crítico con la etapa Mao. En ella, se observa la persecución de todo individuo sospechoso de no colaborar con esta búsqueda del bien general llamado comunismo. Una “imposición” de felicidad pública en toda regla. De ahí que la teoría pueda parecer irreprochable, pero su puesta en práctica concreta en este caso, nefasta. La desconfianza de un régimen que es capaz de procesar incluso a los que lo apoyan, en un celo enfermizo por salvaguardar el buen funcionamiento de una política. Una búsqueda del bien para el pueblo acabando con el pueblo mismo. La individualidad cercenada en favor de una comunidad. Se entiende que estas personas acaban sufriendo una especie de síndrome de Estocolmo ante un pasado que va desapareciendo de ellos y ante un futuro que se manifieste perpetuo. Hay detalles como el del papel oficial que el protagonista enmarca en su casa para demostrar su "legalidad", después de rescatarlo de su deterioro dentro de una prenda "pasada por agua".En él, se muestra ese miedo a represalias gubernamentales, muy sutilmente llevado en este detalle aparentemente casi sin importancia y anecdótico. Lo que resulta de la indumentaria, de los himnos, de la pérdida de posesiones, no es otra cosa que la estandarización del hombre: así como el corte de pelo al cero representaba una homologación, una pérdida de la personalidad, de la individualidad a favor de la “hermandad”. Pero, por encima de todo esto, sigue habiendo algo imposible de eliminar: el vivir cada uno sus propias experiencias en su propia búsqueda interior. Es en las situaciones adversas donde comienzan las personas se conocen más sinceramente. Todos los rencores anteriores, esas rencillas secundarias, quedan superadas para unirse y hacer piña, para sobrevivir ante las inclemencias. En la primera parte del filme, nos encontramos con una China frívola y despreocupada. La gente parece vivir en la irrealidad de una situación que se encamina hacia un futuro preocupante. El protagonista, llevando una mala vida, acaba dilapidando su dinero en el juego y, como consecuencia, perdiendo su casa para poder pagar las deudas. Su mujer, ante tal situación, le abandona, se marcha con los hijos. A él no le queda otro remedio que dedicarse a aprender el oficio de marionetista en un teatro de sombras. Tras la guerra y el cambio de poder que sufre el país, ve cómo todo da un giro inesperado. Aquí es donde se nos hace partícipes de que aquel pasado que veíamos con malos ojos puede ser superado por ese presente Maoísta. Esta percepción cinematográfica puede observarse también en el “Doctor Zhivago” de Lean. En este caso, hablamos del comunismo ruso liderado por Stalin. Aunque, también hay que aclarar, la industria cinematográfica americana se encontraba fabricando una idea de Rusia un tanto deformada. También advertir la visión un tanto subjetiva de Pasternak, perseguido hasta su muerte por la política rusa. Esta, llegó a decir de él lo siguiente: “La diferencia que hay entre Pasternak y los cerdos es que estos nunca cagan en el lugar donde comen”. En este ambiente desfavorable, el protagonista vuelve a encontrarse con su familia, y juntos reemprenden una nueva vida. Sobreviviendo a las inclemencias de su tiempo, acaban convirtiéndose en auténticos supervivientes. Sujetos moldeados por diferentes etapas históricas, además de vitales, unidos perfectamente. Esto, solo es posible mediante el empleo de la empatía como herramienta de cohesión. No es ya un ejemplo “familiar” sino individual y, de ahí, a lo universal. El todo por las partes ¿no? El colosal elefante a cachitos. La fotografía, en cuanto a su tratamiento pictórico, resulta impecable. Como curiosidad, resulta destacable el plano de la misma calle a la que da la casa familiar, como leit-motiv cada vez que sucede un nuevo arranque para cada época de la historia. Es un ejemplo de que realmente nada cambia dentro de ese pequeño mundo, empezando por el lugar donde sucede la vida diaria e íntima de los personajes. Otra imagen para el recuerdo puede ser la de los polluelos que acaban ocupando el lugar vacío de la maleta que contuvo a las marionetas en otro tiempo (aquellas de las que se valió el protagonista para sobrevivir, y de las que también acabó siendo despojado por el devenir de los acontecimientos). Todo se transforma, todo es reinterpretado. La calurosa acogida occidental de la película, ante la impotencia de las autoridades chinas (que veían cómo no podían ni censurar algunas partes), acabó llevando al director a dos años de imposibilidad para trabajar. Pero, como ya digo, a pesar de las adversidades, el cine chino ha podido seguir contando con la cabezonería de este creador, que ha continuado insobornable, incansable, con lo que él ha deseado siempre: hacer cine. Nunca se podrá reducir este espíritu, que continuará renaciendo de sus cenizas, en todas las generaciones. Nada podrá sepultar lo que es más fuerte que lo impositivo: el convencimiento. El sentido del humor, aún en las situaciones más penosas, es también necesario para sobrellevar los momentos difíciles. No importa el carácter de este, porque, para el sentido con que se expresa, resulta comprensible. Un humor negro, en muchos casos, que sirve como balanza cuyo funcionamiento es la contrarrestar. Ese cuento que el abuelo necesita contarle al nieto para que sueñe, es solo posible en su coherencia mediante el final: “Un día cogerás un tren y te irás para ser feliz”. Esta intervención no altera para nada el relato grandilocuente que se cuenta al pequeño. Resulta tan evocador a la mente de un niño como realista para un adulto. Dentro de esa revolución que impide soñar con la excusa del bien general (de lo contrario, se sería egoísta o contrarrevolucionario) todavía está permitido poseer mediante la imaginación, que es imparable e inabarcable.

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