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UNOS CUANTOS INGREDIENTES POEMÁTICOS

>> viernes, 22 de julio de 2011

“P”: Una “I” que aguza el oído.
“T”: Una cruz que ha perdido la cabeza.
Entre la “P” y la “T”, una -P-uer-T-a.
Tras ella, un escritorio.
En él, dos “P” y dos “T”:
-P-a-P-el
-T-in-T-a.
La pregunta es: ¿Cuándo comenzaré a escribir?
¿Cuándo pensar la primera letra? ¿Cuándo deducir la palabra?
¿Cuándo representar el código grafológico?
Me amenazan las dos “N”: -N-u-N-ca.
Cuando estoy con alguien, porque estoy con alguien.
Cuando alguien me deja, porque alguien me deja.
Cuando sonrío al espejo, porque sonrío al espejo.
Cuando el espejo se ríe de mí, porque el espejo se ríe de mí.
Nunca escribiré… o siempre estaré escribiendo.
Mi palabra no vale nada. Yo la inventé para que me mintiera
Inventé el fantasma para que me asustase, me atenazara en la quietud
Era un pacto tramposo… Él se fió de mí, con su sábana espectral
Y yo, entonces, fingiendo ser cobarde, finalmente le derroté.
Él no sabía que yo iba a rebelarme… Solo cumplía con su trabajo de asustador.
…Creo que ya no querrá volver a ser contratado por mí… le debo de dar miedo.
¡Había escrito sobre su tela de muerto viviente solo porque era blanca!
Una vez perdido el miedo a la página en blanco
desaparece el temor hacia quien habita el Castillo de Canterville.

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