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UNA NOCHE CON TOSCA

>> viernes, 29 de julio de 2011




El miércoles 27 de junio, a las 20:00 horas, tenía una coartada para el crimen: Estaba en el teatro Real, viendo “Tosca” con dos amigos. La función duró hasta las 23:00 horas, y me entraron ganas de gritar en los aplausos finales: “¡Otra, otra!” Los prismáticos chocaban contra mi pecho al golpear las palmas de mis manos frenéticamente. Ya, desde el final del acto número uno prometía. Hacía mucho que no veía tanta espectacularidad en escena. Aunque me considero fácilmente impresionable, parece ser que este momento antes de caer el telón por vez primera sobrecoge a cualquiera. Todo habría sido perfecto de no ser por las figuras protagonistas de Tosca y Mario. Podría decirse que quienes los encarnaban habían pasado ya el verano de la vida y se encontraban entraditos ya en el otoño. Además, se ve que habían sabido aprovecharla de la forma más opípara posible. El vestuario, también es verdad, no acompañaba mucho a la hora de enmendar la situación. Enmendaba, más bien, la plana, dejando al descubierto el error. Aquello, más que una solución, parecía la regañina de un maestro. A la pobre mujer, la habían vestido con unas prendas que recordaban a las empleadas para una mesa camilla. Sigo sin entender por qué no hemos aprendido desde la primera representación de “La Traviata”. La protagonista pesaba tanto que, en lugar de ser llevada por el actor que hacía de amante, tuvo que ser ella quien lo llevara él porque este no podía soportarla. Momento patético: tuberculosis y exceso de peso. ¿Cómo podía ver en esa Tosca los rasgos de belleza, juventud, virginidad, inocencia, con que definía al personaje Sardou? Cuando dijeron por el megáfono que la pobre mujer había cogido la gripe pero que, aún así, saldría a cantar por respeto al público, me eché las manos a la cabeza: “Es la mejor forma de decirnos que va salir enfadada”. La observaba con los prismáticos y no daba crédito. Creo que me compensaba más ponerlos al revés y verlo todo en miniatura. Este dispositivo para la visión es siempre artificioso: observar a través de él hace que las cosas aparezcan recortadas con una tridimensionalidad irreal, como por planos bidimensionales. Además, quien sigue la acción por este medio rápidamente se cree un francotirador, un Voyeur, un realizador cinematográfico que elige una visión subjetiva de un todo imposible de abarcar en su totalidad. Lo que vemos, más que cristales, parecen pantallas sobre las que se proyecta. Parece que no estamos viviendo eso realmente, como si no terminásemos de asumir que nuestro ojo no puede llegar a esa cercanía sin la necesidad de este tipo de “muletas”. Además, mirar por los prismáticos a la escena y leer los subtítulos a la vez es una tortura. Mejor venir de casa con la lección aprendida, con el libreto aprendido hasta en su última coma, para no entretenerse con estas cosas.
Scarpia, de nombre cuya violencia italiana solo supera Rapagneta (con perdón de D´Annunzio) era el que mejor “clavó” su personaje. Su físico le acompañaba. ¿Cuánto de dramaturgia tiene un cantante? ¿Se podría valorar la dramatización? En Tosca hay Historia, pasión, política y religión. Recuerdo que, cuando vi “Werther”, acabé poniéndome de rodillas, abandonando la silla en el teatro. La cosa no fue por fervor (auque pareciese estar en un reclinatorio) sino por mejora de la visibilidad, pues el palco que nos tocó no podía estar mas alto (un poco más y nos salimos del teatro para llegar a las nubes, haciendo honor al nombre de “paraíso”). Tosca es una gran católica. Tosca es celosa. Tosca traiciona a su Mario confesando lo que él no quería contar. Tosca se suicida. Tosca, por tanto, en esta época, no está tan bien vista. Antes, prototipo de mujer. Ahora… no lo sé. El suicidio es una buena excusa para el drama teatral. La muerte de los enamorados a la vez, como “Romeo y Julieta”, “Los Amantes de Teruel”, los gitanos de “El gato Montés”, los protagonistas de “Cumbres borrascosas”… Finales necrófilos para dar y tomar aprovechados por la escena y el celuloide en muchos casos. Puccini no podía estar más contento con esta obra. Sobrecogido por la interpretación que de la obra teatral hizo la Bernhardt, luchó por conseguir los derechos de la obra y hacerla partitura. Como a Ravel, cuando quiso conseguir también los derechos de “Iberia” de Albéniz para orquestarla, tuvo la mala suerte de que alguien se había ya adelantado. El italiano tuvo finalmente suerte, y quien la había adquirido la rechazó. Entonces, le entraron aires de grandeza y dijo que no quería ser el segundo plato de nadie. Y a punto estuvo, por segunda vez, de quedarse sin ella. Por suerte, Verdi le convenció para que renegara de su actitud. El autor de “Aída” la había rechazado también al no gustarle su final. Era como decirle: “no seas tonto y acepta esta gran obra que también yo he rechazado”. En realidad, Puccini era el tercer plato. Lo correcto sería decir: “Todos nos alegramos de que fuera él quien acabara convirtiéndola en ópera”, pero ¿Y quien dice que, de haberla hecho Verdi, tampoco la hubiéramos en los altares? Los tres momentos en los que los tres protagonistas (incluyendo al “malo”, cuya actitud ahora resulta más común en los mortales de lo que parece) cantan por separado sus respectivos números pueden considerarse los mejores de la obra. Luego están, por supuesto, los momentos más dramáticos, en el segundo acto. Aquí, la ópera cobra una fuerza tal que consigue que el público crea es la parte más breve de todas (cuando, a decir verdad, las tres partes duran casi lo mismo).
Tosca, finalmente, tras ser violentada, pierde la dulzura, la ingenuidad, y, para más inri, la fe. Bueno, la fe en cierto sentido, pues cuando uno se enfada es normal que se desmotive por todo (el mundo le ha fallado, ha perdido los terrenos seguros sobre los que afianzaba su vida). Apaga los cirios y vuelca un vaso de agua sobre un crucifico. Jesucristo, tallado en madera, ha sido testigo presencial de la tortura a Mario, los intentos de Scarpia por poseer a Tosca y el asesinato de este en manos de ella. El escenario religioso oprime todavía más la forma de percibir la trama.
Finalmente, el telón cae con la desesperanza, con un pequeño Apocalipsis vivido en un escenario. No se ha hecho justicia. Esta es la realidad de la vida, aunque eso sí, una realidad también muy forzada. Bastante “tosca” (perdonen el chiste). A la gente de vida sencilla, que no busca problemas, que no quiere devanarse los sesos con situaciones trascendentales, todo esto les supera. Siguen sin comprender las obras que dejan un final terrible, o pero, abierto. El final del Hollywood dorado cada vez existe menos. La situación histórica actual en la que vivimos es claustrofóbica. Fuera del teatro están las revoluciones, las crisis financieras, las acciones terroristas. El futuro difuso. En Madrid, acaban de volver a pasar los indignados, y El Paseo del Prado se encuentra atestado de tiendas de campaña. Los edificios más emblemáticos (y mas significativos políticamente hablando) como el de banco de España, o los de la Gran Vía donde se encuentran sedes como las de Telefónica o Prisa, han sido brutalmente atacados con pintadas (y, muchas de ellas, por cierto, sin mucho sentido, realizadas con más rabia o morbo por saltarse lo prohibido que otra cosa). Grafías agresivas… Ahora, se han convocado elecciones ante la inutilidad de un gobierno. La fecha: 20-N (imagino que, elegida simbólicamente por lo mucho que fue capaz de agonizar un gobierno). Fuera, en Noruega, acaba de suceder una matanza. Y, por qué no, están esas otras cosas como la crisis del amor en las parejas, el esperar un trabajo con el que vivir que nunca llega, el cambio total que está sufriendo la cultura (costumbres, ideologías, creencias…). En fin, todo una bomba de relojería. Y además, Tosca, para arreglar el día. Lo cierto es que, después de ver un dramón como este, uno parece sentir, contraponiéndolo a la realidad: “Pues las cosas no están tan mal como parecen…” Todavía con la tragedia en la cabeza, cualquier cosa que se ponga a su lado no es para tanto. Lo que en tres horas se ha visto encerrado, parapetado contra la realidad, supera al pesimismo más exacerbado. Pero no nos engañemos: esto es, en realidad, un tranquilizante caducado del que se toma solo la mitad de su píldora (aumentando todavía más el poco efecto que pueda hacer) y, cuando pasan los efectos, salimos del teatro. Si alguna vez pensamos que el mundo funciona mejor que la ópera más tremendista, despertaremos a continuación y diremos “¡qué bonito sueño he tenido!”. La realidad supera a la Tosca. D´Annunzio escribe dramas pasionales para que lo lean sus mujeres, sus admiradoras, y luego se va a la guerra y secunda a Mussolini. Pero Mussolini le abandona para dejar de ser aristócrata y convertirse en futurista. D´Annunzio quiere ser futurista pero la verdad es que nunca dejará de escribir historietas burguesas, nunca se irá con los aeroplanos. Italia entera se estremece y deja a los futuristas para conformarse, tras la guerra, con Tosca. Wonderful!

29 – 7 - 11

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