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>> miércoles, 10 de agosto de 2011

No sabía muy bien qué estaba ocurriendo. Todo había sucedido de forma rápida. Hace cinco segundos, aquel ajetreo no existía. La gente corría apabullada de un lado a otro, tratando de salir del establecimiento. ¿Por qué cuando alguien que está nervioso, al ver que tiene la salida bloqueada, no deja de moverse? Recorre todo el espacio que tiene disponible, como un hamster dentro de la jaula (o como Miguel Ríos, cuando dio aquel concierto en la Plaza de Toros de las Ventas). Es como si no quisiera renunciar a su propósito. La cuestión es que cundía el pánico en aquella heladería y yo había provocado aquella situación. Momentos antes había estado pensando: "voy a imaginar por un momento que, en lugar de decir que quiero un helado, digo que voy a atracar el establecimiento". Me había quedado en blanco, mi cabeza quería dejar de trabajar por un momento, y había decidido que iba a ser ahora, cuando trataba de articular una frase coherente para decirle a la heladera. Sucedió que, por azares del destino, en lugar de decir: "Quiero un helado de cucurucho normal (que no esté recubierto de chocolate), de dos bolas, chocolate y limón, gracias" dije: "Esto es un atraco". El subconsciente me traicionó y ahora me había convertido en un criminal. El caso es que lo había dicho como un mal actor, sin ganas, sin miedo, sin valor, sin nada. Con una sonrisa estúpida de tranquilidad. Y, ahora, por más que trataba de justificar que todo había sido un error, ya nadie me creía. "Un ladrón nunca se equivoca" parecían pensar todos. Comencé a asustarme. ¡No quería ir a la cárcel, ni a comisaría! La última vez que entré en una fue para renovar el documento nacional de identidad...
No quería declarar. ¡Qué diablos: no quería encontrarme con un agente! Siempre les sonrío o, al menos, nunca trato de parecer sospechoso. Y, ahora... un servidor era el tipo que peor caía en mi barrio. ¿Es que nadie ha sufrido nunca un pequeño cortocircuito? Son pequeñas bromas que nos gastamos de vez en cuando a nosotros mismos, cuando nos advertimos despistados. ¡Hay que ser comprensible, hombre!

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