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MARINA

>> sábado, 27 de agosto de 2011

Navegábamos hace cuatro días sin rumbo. Habíamos decidido perdernos en la mar. El día elegido, el peor de todos, cuando el cielo descargaba todo el peso de su estómago con lluvias, viento y algún que otro trueno. Yo no tenía miedo. Llevaba una gorra de marinero, como si por el solo hecho de portarla sobre mi testa ya hubiese adquirido todos los conocimientos necesarios que un lobo de mar debe saber. La tripulación estaba desconsolada, pero por alguna razón confiaban en mí (de lo contrario, no habrían subido a la embarcación). Quizá sintieran la misma necesidad que yo demandaba de enfrentarse con el propio mundo al que habíamos sido arrojados con nuestros nacimientos. Decirle “aunque estemos aquí contra nuestra voluntad, no te tememos.” Nos sentíamos domadores de la realidad, por decirlo de aluna manera. En mi caso, tenía la certeza de que solo en el mar podría enamorarme. Mis compañeros de fatigas y mareos eran todos varones. Yo deseaba a alguien del sexo contrario, pero no tenía prisa en encontrarla. Si había logrado esperar treinta años de mi monótona vida no tendría inconveniente en esperar unos días, o unas semanas más. Creo que me bastaba con una voz ligeramente atimbrada, con un susurro, una caricia. La gente a quien se lo conté me creyó loco, pero yo seguí manteniendo mi estúpida sonrisa de satisfacción, seguro de que conseguiría lo que me proponía y que aquello era lo más coherente que había hecho en mi vida. Los estúpidos eran ellos, que habían aceptado este reto pero ninguno de ellos sabía qué hacer con él a estas alturas de navegación.
Una noche, sucedió. Había salido del camarote para recibir la brisa marina en todo el rostro. Entonces, algo que no era ni aire ni agua se rozó contra mí, muy suavemente. Mis mejillas tomaron color, a pesar del frío, gracias a esto. A continuación, noté que mis manos se apretaban contra algo. Yo nada de esto ví, pues tenía los ojos cerrados, pero sí sentí. Fue maravilloso. A continuación, comenzó a lloviznar, muy ligeramente. Era el momento: me desnudé y me arrojé a las aguas, para encontrarme con mi anhelo. No eran ya olas lo que me mecía sino una especie de cuna concebida para el adulto más libidinoso. El ruido del mar se convirtió en una musiquilla que realmente era sonido de un nombre pronunciado continuamente. De esto tardé largo rato en darme cuenta, a pesar de que no tenía otra cosa que hacer que esto: descubrir e misterio de mi existencia. El nombre no podía ser menos original: “Marina”. Sin embargo, a mí me gustaba oírlo repetir como una cantinela, silbado por este Eolo, padre de la criatura. La madre, sin duda, era este inmenso mar, que unas veces pujaba por hundirme y ahogarme y otras por adormecerme en su balanceo. La niña era la de mis ojos. Primero oí: “Teseo” para después entender más claramente “te deseo”. Solo yo podía comprender el lenguaje del mar, lo tenía clarísimo. Todo mi cuerpo estaba excitado. Las corrientes pasaban por debajo de mi cuerpo unas veces, otras me embestían maternalmente, si esto fuera posible. Entonces, eyaculé. Había perdido toda mi energía vital, no tenía fuerzas para volver al barco. Poco a poco dejé que mi cuerpo se fuera hundiendo, para acabar en el fondo marino, entre áspera arena y rocas puntiagudas. Los compañeros de tripulación saltaron de alegría al comprobar que ya no estaba en el barco y volvieron al puerto al día siguiente.

27 – 8 - 11

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