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A MI INFATIGABLE SOÑADORA

>> miércoles, 24 de agosto de 2011

Puede que morir sea como despertar de un sueño, con la crueldad o el alivio que ello conlleva. Puede que también sea lo contrario, esto es, comenzar a soñar. Yo de esto nada sé pero, debido a mi arrogancia, tampoco podría dar validez a nadie que confesara haberlo vivido y pudiera contarlo. Además ¿por qué iba a contármelo precisamente a mí? Antes, seguramente, lo registraría en algún lugar oficial, para dejar constancia de ello con toda la seriedad que ello conlleva.
“Tiene usted que acompañarnos, le tenemos que operar”. Yo les preguntaba “¿de qué, si puede saberse?” Ellos no me contestaban. Iban de blanco y, a diferencia de los médicos titulados, ocultaban su rostro con una máscara de gas. Extraño ¿no? Yo estaba en una habitación, admirando unos cuadros colgados en ella, y resulta que aquello era una salita de espera de un hospital. “A vida o muerte, recuérdelo” me decían.
¿Lo había soñado o, tal vez, iba a suceder?
Momentos antes me encontraba en una plaza paseando. Acababa de comenzar a llover y tenía ganas de llegar a casa porque habían acudido a mí una serie de ideas suculentas para comenzar un relato. Tenía prisa, no quería que se me olvidaran. Por ello, dejé de pasear y comencé a marchar. De pronto, observé a alguien en el centro de la plaza. Solo él y yo la habitábamos. Él estaba sentado ante una mesa, escribiendo. Me solidaricé con él. “Un camarada plumífero” pensé. Y, como quien destroza dicho, “mi curiosidad mató las ganas que tenía de escribir”. Al llegar hasta él sentí rabia en mi interior. ¿por qué el tenía la suerte de tener una mesa con papeles en la calle y yo tenía que esperar a llegar a casa?
Sobre la mesa, además de los papeles, había un cuenco espantoso que me recordaba a los souvenirs de las tiendas de menaje exóticas cuyo principal reclamo es lo económico de sus precios. “Es el típico regalo imposible de regalar si todavía estimas a la persona querida”. El escritor, como adivinando mi pensamiento, me preguntó. “¿Le gusta? Perteneció a un emperador chino. Tiene quinientos años. Entonces me reí de la dependencia que los objetos tenían respecto de los lugares y los tiempos. “El contexto puede hacer milagros en el gusto” pensé. El escritor continuó hablando, a pesar de que no le contesté. “¿Le gusta a usted escribir?” Entonces, yo le dije que sí con toda mi arrogancia. La verdad es que andaba bastante surtido de pecados capitales. El escritor volvió a la carga. “¿Sobre qué escribe?” Yo contesté “¿Debo decírselo? A ver si se va a aprovechar de lo que le cuente para su propio beneficio literario…” Entonces, lo que consideré una broma se convirtió en un ataque directo para mi interlocutor. “Yo, al contrario, me siento en la obligación de decirle de que trata mi historia.” Su repentino enfado pronto amainó y la calma se adueñó de su persona nuevamente. “¿Ah, sí? ¿Y sobre qué escribe usted entonces?” pregunté inocentemente. La respuesta fue demoledora: “Sobre usted”. Todo mi ser quedó como petrificado. “No soy yo una persona precisamente interesante. Más bien es lo que escribo.” Entonces, el escritor me miró por primera vez cara a cara al levantar la vista del papel. “Creo que no me ha entendido. No escribo sobre usted sino para usted. Usted me necesita a mí porque yo escribo su historia ¿comprende?” Con la pedantería que solía acostumbrar, contesté haciéndome el valiente: “esto es un guiño pirandelliano ¿no?” Él dijo: “Más bien unamuniano. Neblinesco. Nivoliano. Debe usted ser agradable conmigo, de lo contrario le puede costar caro. Cúbrame de agasajos. Le conviene”. Me hubiera gustado que la partida de ajedrez hubiese cambiado de tornas para poder jactarme yo de él preparando una sutil venganza. No obstante, el tablero ni giró y mis fichas seguían siendo las negras. “¿Qué se supone que le gustaría que le dijera?”. La verdad es que no estuve muy acertado. “Muy mal, por ahí no vamos a ninguna parte. Observe ese cuenco. Yo bebo de su sabiduría. ¡Hasta la tinta es china! Nada puede fallar… usted ha caído en las redes de Confucio, amigo mío…” “Más bien de Nostradamus, querrá decir. ¿Por qué profetiza sobre mi vida? ¿Quién le ha pedido su maldita opinión en esta farsa? ¿Quién le ha dado vela en este entierro?” Entonces sentí la muerte cercana al errar diciendo estas palabras de reproche. “Si usted ataca en lugar de dorar la píldora, yo solo podré tomar un camino en su vida.”
Entonces, sentí unas ganas indecibles por subir a ver una exposición de cuadros. Aunque en la fachada del edificio ponía “Quirófanos” nada me importó y subí las escaleras.

24 - 8 -11

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