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EL GRAN BALTASAR

>> sábado, 10 de septiembre de 2011

El teatro estaba abarrotado. Todos tenían puesta la atención en aquel minúsculo escenario. No había lugar para las chácharas. El silencio sepulcral era, más que un símbolo de respeto, una actitud religiosa. Parecía cocerse allí un rito en aquella noche de San Juan. No había tiempo para preámbulos: aquellos noctámbulos esperaban a su funámbulo. Con su ausencia de ruido lo que estaban haciendo era pedir a voces la entrada triunfal de su mago particular. Y así sucedió. El Gran Baltasar apareció con paso firme en la pista de tarima que tantas veces había sido pisoteada con el mayor de los respetos. Baltasar habló con la voz leve y sombría con la que solía acompañar a sus espectáculos. “Damas y caballeros… Aquí estoy, no les he fallado. El Gran Baltasar nunca ha fallado a quienes han creído en él y han ocupado las butacas con su fidelidad inquebrantable. Creo conoceros a cada uno de vosotros. Solo os distancia de mí el anonimato de vuestros nombres, pero ¿qué es un nombre sino una forma de designar a quien se desconoce en todo lo demás? Por ello, yo prefiero primero tantearos vuestro interior para después, ya seguro, designaros con aquel nombre con el que se os denomina sin haberlo vosotros elegido. Os he reunido aquí no una noche más, sino en mi noche. La noche más cierta de todas las que he podido vivir. Yo os anuncio, aquí, en petit comité mi retirada de los escenarios…”
El anuncio generó asombro, pues los recién veinticinco años cumplidos del mago no podían presagiar en absoluto tan pronta retirada. “… No obstante, quiero que sea esta noche la mejor de todas, y por ello no escatimaré en energía para deleitaros con mis secretos…”
Estas últimas palabras sonaron frágiles. El mago se había vuelto, por unos momentos, vulnerable. El Gran Baltasar no se sentía, desde hacía ya unas semanas, dueño al cien por cien de sus facultades. Su amada Amancia había desaparecido. Algún delincuente había forzado la cerradura de la casa en la que ambos vivían y se la había llevado. No contento con eso, además había dejado una nota:
“Has podido escapar de mí por esta vez, pero mañana, en el teatro, no te será tan fácil.” Baltasar comprendió que aquello habría podido evitarse de haber estado él allí, pero en aquel momento se encontraba en aquel mismo teatro, trabajando con su magia. Le resultó fácil pensar, en aquellos momentos de ofuscación, que habría dado su vida por la de ella. Ahora, no estaba tan seguro de ello, pero lo que no había variado en nada desde entonces era aquella sed de venganza. Ahora, sabía que, queriéndolo o no, esta sería su última actuación. Si no se retiraba él mismo, le retirarían las autoridades. Una temporada en la cárcel le compensaba a cambio de imponer su propia ley del Talión. Ahora, más que nunca, tendría que agudizar su vista y hacer uso de su intuición para encontrar a quien buscaba en aquel patio de butacas. Por fin le pareció dar con un rostro conocido, en la última fila de todas.
“Para mi primer y único número de la función voy a pedir que suba al escenario el caballero del abrigo rojo de la última fila.”
Comenzaron los aplausos y una luz iluminó el pasillo que partía en dos a la sala. El espectador se levantó y avanzo por él hasta llegar al escenario. El elegido había tenido una relación con Amancia antes de que esta conociese a Baltasar. Había una sonrisa en su rostro que parecía burlarse de su propio destino, como retando al mago en aquel mismo sitio diciendo: “Voy a hacer que fracases en tu último número”. Baltasar no le temía. Le sorprendió que fuese tan estúpido como para no esperar lo que iba a hacer con él. Reunió los arrestos que poseía y habló en voz alta por primera vez en mucho tiempo. Lo que dijo fue algo así como que iba a conseguir hacer brotar de su chistera algo más rojo y poderoso que un corazón. Se quitó el sombrero y se lo tendió a la víctima, nunca mejor dicho. Comenzó a concentrarse y la sala quedó de nuevo sin ruido alguno. La chistera reposaba boca arriba sobre la mano de aquel hombre que continuaba con su estúpida sonrisa. La mano de Baltasar se posó sobre el sombrero y poco a poco fue levantándose haciendo todo tipo de movimientos extraños. La chistera comenzó a balancearse sobre la mano de aquel hombre que también parecía haber comenzado a temblar. De pronto, un líquido comenzó a manar de dentro del objeto negro. Todo el mundo supo al instante que se trataba de sangre. Al poco tiempo, el supuesto criminal comenzó a ponerse pálido y a tambalearse más violentamente. Finalmente cayó al suelo, muerto. Baltasar dijo entonces, sin importarle ya el estremecimiento del que había sido presa el público: “Con El Gran Baltasar nadie juega…” Apenas había terminado de decir esta última palabra cuando una voz sonó todavía más fuerte en uno de los palcos.
“¡Yo me río del Gran Baltasar!” Una polea del escenario cedió y un saco repleto de herraduras cayó sobre la cabeza del mago, haciéndolo precipitarse al suelo.
“Señores, acaban de presenciar un aberrante acto de brujería indigno de cualquier mago. Este hombre que se hacía llamar “El gran Baltasar” no era sino el más farsante de todos los prestidigitadores. Un asesino que practicaba sin ningún escrúpulo la magia negra. Ahora, ya no es sino un cazador cazado.”
La persona en cuestión se levantó para que todo el mundo la viera. Era Amancia.

31 – 8 – 11

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