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EL OSO Y EL CHIPIRÓN

>> domingo, 18 de septiembre de 2011

Esperando en el andén la vio llegar. Tenía el pelo tan rubio que ya parecía blanco. Él se repeinó instintivamente mientras trataba de aparentar como que no la miraba, pero era imposible. Tenía que mirarla y ni ella podía impedirlo. Llegó el tren y, solo entonces, recordó que transportaba un saco. Los dos entraron en el mismo vagón. ¿Casualidad? Tampoco estaban tan lejos el uno del otro, de modo que a los dos les venía igual de bien aquella puerta que de pronto se abrió. No obstante, al sentarse eligieron filas de asientos diferentes. Uno en cada punta, se miraban en diagonal. Dos personas con barba de chivo conversaban entre el hombre del saco y la mujer que parecía albina. Uno le decía al otro: “¿Te enteraste de que por fin le dieron el Nobel?” Entonces, el otro contestaba: “¿Ah, sí? ¿Y por qué libro?” Y el otro: “Por ninguno y por todos. Los Nobel no se dan por nada en especial, sino por un algo en general”. Sin duda, el premiado era un escritor reconocido entre los lectores de barba blanca. Por fin, llegó la estación en la que tendría que bajarse el hombre del saco. Ahora, le tocaba ir allí en solitario. No quería que nadie más le acompañara. “Fue bonito verla hasta este momento. Suerte que no se bajó antes y pude contemplarla unos instantes más.” Los amoríos sin palabras en los vagones son más habituales de lo que parece. El teatro sin palabras se da a entender a las mil maravillas por este tipo de actores amateurs. Lo malo es que se acostumbran a la farsa y se convierten en aficionados. La ilusión dura un tiempo breve (el del trayecto) y, después, uno se lamenta románticamente pensando qué hubiera pasado de haber llegado el cine sonoro al suburbano. Entonces, este escritor se pregunta: “¿Y si la cosa no acabara aquí? ¿Y si se prolongase con oscuras intenciones?” Cuando el texto podría durar la mitad, lo multiplicamos por dos continuándolo, no dejándolo morir aquí. De haberlo hecho el lector habría quedado decepcionado, enfadado e incluso abotargado. Le habría convertido, directamente, en un niño pequeño, hijo único a poder ser. Empezaría a pedir haciendo pucheros: “¡Tengo derecho a un final decente!” Pues bien, voy a satisfacer todas esas curiosidades morbosas – bien que me pese-. Ahí va: El hombre del saco nota que aquella presencia rubia platino no se ha ido finalmente. Él entonces aprieta el paso. Teme haberse excedido en su juego pudiendo pagar las consecuencias. Ha tirado el cebo y han picado. “¡La culpa de todo la tiene el saco!” Sin él, incluso habría accedido a detenerse y darse la vuelta, admitiendo su enamoramiento a la admiradora. Pero no, el saco seguía ahí, sujeto de su mano izquierda.
Así pasó pasillos, enlaces con otros caminos… y nada. Ella estaba decidida a seguirla al fin del mundo… O hasta la salida de aquel túnel interminable.
Ambos salieron a un páramo desolado. Un terreno baldío sin un miserable árbol bajo el que guarecerse. Eran las seis y media de la tarde de un día de agosto. El calor era criminal. ¿Qué hacían aquellos dos insignificantes sujetos ante aquel terreno prolongado en la eternidad del horizonte que tan magníficamente recordaba a la Castilla de Machado?
Tras esperar un tiempo prudente para darle la oportunidad a ella de marcharse y, tras ver que ella no se iba, tragó saliva y sacó de aquel saco un disfraz de oso. Primero se puso el pantalón con las patas inferiores y el rabo, luego la chaqueta con las patas superiores y la panza, y luego la cabeza. Estaba verdaderamente ridículo ante aquella rubia platino. El hombre-oso comenzó a sudar de calor y vergüenza, mientras ella parecía deleitarse mirándolo sin moverse. Con esto de que los hombres son poco detallistas, aquel que se encontraba dentro del oso (como engullido por él, más que disfrazado) cayó solo entonces en la cuenta de que ella también llevaba un saco. ¿Y qué salió de él? ¡Un disfraz de chipirón! Al parecer, tanto él como ella habían sido invitados a la misma estúpida fiesta de disfraces.

18 – 9 - 11

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