Portfolio

Visita nuestro Blog de Arte

NOSFERATU, EL NO DRÁCULA

>> sábado, 10 de septiembre de 2011



Este verano he terminado de leer “Los monederos falsos” de André Guide. Siempre me sedujo la idea de novelar las pillerías de un puñado de chavales que se creen adultos en un París de entreguerras. Realmente, algo extraño sucedió unas cuantas generaciones anteriores a la mía. La gente envejecía más rápidamente. Solo hace falta recurrir a los archivos fotográficos. Antes se moría a los cincuenta años. Todo debía ir más rápido. Ahora, acostumbrados a la idea de vivir un siglo, las cosas van más lentas. Parece ser que nos agobiamos y queremos ir despacito. Hay ritos que se ven incluso como ancestrales. Ya no hay que pasar por ellos. Ya no necesitamos entrenarnos porque cada vez hay menos guerras, ya no nos casamos para demostrar que queremos a alguien. Ya no tenemos que vestir rigurosamente porque cada vez hay menos actos oficiales en los que lucir palmito. Ahora, ya no existen apenas esos rostros ajados por la vida del campo que podemos ver en lienzos oscuros como aquellos de Zubiaurre o Nonell. Nada de eso. Ahora, esos niños vestidos con gabardina, fumadores, de pelo engominado, solo pueden ser fruto de mentes fantasiosas como la de Cocteau en sus Enfants terribles. La sangre del poeta ha dejado de manar y ya no hay batallas escenográficas de bolas de nieve. En “Los monederos falsos”, los niños-adultos además ansían ser intelectuales, porque esa es la única forma de vivir la vida verdaderamente. Fíjense qué lejanos estamos ya de aquellos tiempos. Ahora, esos señores denominados Baudelaire y Rimbaud se consideran tipos serios de biblioteca. Ahora la juventud suele evitar las bibliotecas. No nos engañemos, pero el porcentaje de los que encuentran en la lectura una pérdida de tiempo sobrepasa a aquel que tan bien se nos pinta en las fotografías publicitarias de las universidades (allí donde vemos a chicos aplicados forjándose un futuro que, en estos tiempos, parece más oscuro que lácteo). Quizá se baraja la posibilidad de volverse uno erudito estando ya postrado en una silla con ochenta años, cuando el corazón ya no esté para tantas emociones. Rimbaud, de haber tenido más suerte, debía de haberse dedicado primero al negocio de las armas y, ya una vez viejo, a la escritura (y no al revés). Bernardo, uno de los personajes Guideanos, dice precisamente esto: prefiere vivir historias que escribirlas. Ahora, esta visión aventurera se ha convertido en toda una postal. Aquel con dos dedos de frente y con una porción de cultura dentro de la sesera quiere vivir experiencias, pero no como Bernardo ni como Rimbaud. Prefiere la emoción del parque de atracciones: Es decir, la aventura exenta de riesgos. La aventura civilizada, abrochada con cinturón de seguridad. A pesar de todo esto, el ser humano es el único capaz de causarse mal a sabiendas de lo que está haciendo. No me estoy refiriendo a la actitud masoquista. Cuando se aburre, el individuo a veces se propone estimular su miedo interior. Esa adrenalina que solo existe dentro de la mente no se encuentra exenta de riesgos, pero es burguesa en cierto modo. Cuando tenemos cubiertas las espaldas y ya no necesitamos sobrevivir, nos aburrimos e inventamos nuestras propias aventuras, nuestros propios miedos. Nos gusta generar adrenalina, hay en ello una especie de amor-odio. Los niños que tienen más tiempo libre que responsabilidades, les gusta juntarse y celebrar recreos eternos, ahora en casa, ahora en la calle, ahora en un campamento a la luz de la luna. Entonces inventan historias que deben, desde su inconsciente, a las narraciones extraordinarias y legendarias de los pueblos, que se transmiten de generación en generación. Da igual si son los hombres lobo, los roba-niños o los chupa-sangre. Allí están los eruditos de nuevo, escondidos tras un árbol, para apuntar todas esas historias y cobrar por cada impresión de las mismas en una casa editorial. Se las apropian amoldándolas a su gusto y luego viven de ellas. De los Hermanos Grimm a Bram Stoker. Después, llega un director de cine, la adapta de tapadillo y se le somete a juicio. El pobre Murnau tuvo que ver cómo la señora de Stoker le denunciaba por hacer lo que su marido hizo con otras historias sin copyright. El problema es que “Drácula” ya tenía creador y con eso no se podía jugar. Ni llamándolo “Nosferatu” se libró de la acusación de plagio. Hasta el día de hoy nos encontramos pagando por este crimen. Los músicos andan volviéndose locos tratando de recomponer la partitura original de “Nosferatu”, y la película ha llegado a nuestros días de puro milagro, pues el veredicto final pidió la destrucción de todas las copias del film. La viuda de Stoker ganó y Murnau siguió haciendo cine, y bien que hizo. Aquí cabe valorar el importante trabajo llevado a cabo por parte de los restauradores (por ejemplo, Luciano Berriatúa, desde la Filmoteca Española).
“Marutupack” es una palabra que un grupo de personas han creado y que ya debía de existir. Dicha palabreja designa a la acción que la propia perdona realiza contra sí misma. Aquí bien podría entrar la de “ver una película para luego pasar miedo durante el resto del día pensando en ella”. También, claro está, espachurrarse un helado contra la cabeza, arrojarse al mar en invierno o golpearse la cabeza contra una pared. Además, ver una película de miedo culturiza, aunque sea de Francis Ford Coppola.



He aquí la imagen contradictoria: El espectador que se encuentra atemorizado ante una película, pone ante sus ojos una mano que le impide la visión. Con este simple gesto, busca evitarse percibir cosas desagradables. No obstante, esa mano abre un poco sus dedos, creando rejillas. De esta forma, el espectador se hace trampa así mismo. Su primera intención ha sido buena, pero digamos que él no quiere del todo privarse de pasar miedo.
Volvamos a la “Sinfonía del Horror” de Murnau. Ahora, quizá, Max Shreck haciendo del “no muerto” resulte incluso cómico, pero doy fe de que en su momento se advirtió como film no apto para cardiacos. “Nosferatu” (o no muerto) trató de ser un personaje bien distinto, desde su nombre hasta su caracterización. El film además cuenta con el aliciente deformador del expresionismo alemán, que imprime a las imágenes una visión todavía más subjetiva y efectista, a la par que estética. Nadie que la haya visto ha olvidado la garra del vampiro proyectada como sombra contra la pared, alargándose indefinidamente. Curiosamente, no es tan pictórico como otros de la misma escuela como “El gabinete del doctor Caligari”, pues muchos de sus escenarios fueron rodados en exteriores reales, alejados de toda tramoya escénica. El coloreado de fotogramas simboliza también una forma de expresión cinematográfica que condiciona anímicamente al espectador. Podríamos decir que, en este sentido, el cine no trata de acercarse a la realidad pictórica, pues de ser así el coloreado sería tan minucioso como el de Meliès, fotograma a fotograma. Esta forma de proceder, además de excesivamente laboriosa para un largometraje, no ayudaría en absoluto al fin que se persigue. Me estoy refiriendo a teñir monocromáticamente una escena de azul para hablar de la noche, de amarillo para referirse a un interior o de verde para hablar de una situación campestre. La relación es, pues, más sinestésica que otra cosa.
Dentro de la propia historia del relato, hay otra serie de delimitaciones que entran dentro de las fronteras de realidad y ficción. Por ejemplo, el momento en el que Hutter es abandonado a su suerte por el carruaje que le conduce desde el pueblo hasta las proximidades de la mansión de Nosferatu. Es este no-lugar precisamente el que se encuentra más cargado de significado. Aquí termina pues, el terreno objetivo del hombre y comienza el de su superstición. Las leyendas, las historias que se cuentan respecto del Conde Orlock, hacen que los propios villanos no se atrevan a cruzar este límite. No obstante, el incrédulo- y, por otro lado, temerario- , da a estas creencias poca veracidad y se adentra sin temor en la “región de lo desconocido”. Es así como comienza su desgracia y acaba siendo poseído por la sangre vampírica. Aquí encontramos de nuevo una nueva delimitación traspasada, pues el humano real es contagiado por el de ficción. Su amada Ellen está a punto también de ser envenenada por los colmillos del vampiro, siendo poseída casi eróticamente por él. Pero, no nos engañemos, pues Drácula o Nosferatu no busca la carne sino la sangre. Un amor hemofílico. La posada donde se reúnen los habitantes del pueblo en el que de hace parada y fonda, representa aquel donde se forjan las historias paranormales antes mencionadas, fruto de la necesidad de distracción en los hombres además y de una deficiencia cultural que les hace suplir lagunas racionales por otras más inverosímiles pero “más interesantes”: supersticiones, creencias, etc... El momento en el que todos se asustan al escuchar que un forastero quiere ir a la casa del conde, puede recordarnos a la casa Usher de Epstein, filme de misma época e idéntico comienzo: un hombre viaja a una casa habitada por fenómenos paranormales. Desde este punto de vista, los lugareños harían bien al temer sus propias historias, pues estas serían verídicas. En todo relato de ficción es necesario dar legitimidad a lo que el pueblo concibe, pues ahí está el germen de aquello de lo que el novelista puede nutrirse. Digamos que la voz popular representa al creador no reconocido, no legitimado aunque de todos conocido.



Me interesa, por otro lado, la figura del hombre encerrado en su castillo o en su mansión. Aquel que lleva una vida casi monacal, de costumbres repetidas diariamente, de vida sencilla. Parece que la sociedad no termina de tragar con este tipo de personaje solitario, al cual no perdonan aludiendo a casos como el de la reclusión de Hölderlin en su molino. Un tipo así solo puede encerrar un secreto, al cual más negativo, cargado de excusión social. Respecto al actor, Max Shreck, quizá resulte interesante señalar que mantuvo, durante el rodaje, una actitud extraña, llegándose a creer que podía tratarse de un verdadero vampiro (según contaban los testimonios de la época). Apenas conocemos más cosas de él (participó en una versión fílmica alemana basada, curiosamente en “El alcalde de Zalamea” de Lope de Vega). Existe una película, titulada “la sombra del vampiro”, donde se especula con esta anécdota, llevándola al extremo más exagerado (se cumplen los pronósticos y, el personaje de Shreck (interpretado por Dafoe) resulta ser realmente un vampiro. Murnau (interpretado por John Malkovich) se aprovecha de la situación para llevar a cabo su empresa cinematográfica impregnándola de la mayor verosimilitud posible.Perfecto ejemplo de ficción dentro de una realidad increíble.
Pero terminemos con Guide. Leyendo su libro no puedo por menos que encontrar su realidad demasiado alejada. El retrato de una época aventurera, aquella que nos ha llegado todavía hasta nuestros días cada vez que evocamos París y el principio de siglo. Hemos querido embadurnar todo aquello con perfumes que hoy todavía conservan sus olores. Olores postales a mi modo de ver, pues aquella locura vanguardística nunca dejó de resultar una ficción.

0 comentarios:

  © Blogger templates Romantico by Ourblogtemplates.com 2008

Back to TOP