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INVISIBLE

>> miércoles, 28 de septiembre de 2011

Procedía de una familia en la que cada uno de sus miembros representaba el fracaso más estrepitoso y absoluto. Cada uno de estos ejemplos a no seguir le había inculcado desde pequeño lo siguiente: “Al final de la vida uno se da cuenta de que ha perdido el tiempo luchando por aquello que, hoy por hoy, ha perdido su sentido primigenio. Procura no caer en el mismo error que nosotros”. Esta conclusión era más universal de lo que parecía, ya que afectaba a personas que no tenían por qué ser inútiles. Es la eterna pregunta de “y todo esto ¿para qué?” Finalmente, volvemos a ser ese niño que fuimos, solo que curado de espantos.
Este niño, que concretamente vivía en esta familia de fracasados, no quería que la historia se repitiera en él. ¿Por qué? Pues porque él sentía que iba a vivir una vida intensa, ajena a los desengaños. Su vida iba a merecer la pena de ser vivida. Él no creía que la fuera a tirar por la borda. Por eso, decidió no enfrentarse a ese futuro. Trató de no entrar en ese laberinto sin minotauro por el que habían pasado todos los miembros de su familia. Este niño, por otro lado, no era consciente de que el problema familiar no era solo hereditario sino que, como ya he dicho, afectaba a otro tipo de gente más anormal que aquella que conformaba su árbol genealógico. Podríamos decir que, sus familiares, eran el prototipo de lo más normal, lo más prototípico, lo más sencillo, lo menos complejo de toda esa fauna humana que existe, existió y existirá sobre la tierra. Ese problema que ese niño había conocido de boca de su padre, su madre, su abuela, su hermano, era en realidad un dilema filosófico de corte existencialista. Pero el niño no lo sabía. Se avergonzaba de su familia por pensar así, pues era evidente que lo achacaba a los resultados que esta había obtenido en la vida en cada uno de sus miembros. La familia abocada a una derrota conseguida de antemano. El niño, como ya digo, trató de “no ser”, de no “convertirse” en nada. Entonces, comenzaron los problemas.
Uno de ellos resultaba el más evidente de todos: ¿Qué iba a hacer entonces? Por lo pronto, aprovecharse de ser menor y tener que vivir bajo la tutela de los padres. Cuando creció e incluso llegó a la edad adulta, seguía en sus trece, y sus padres se lo permitían. Le costeaban la vida porque se sentían culpables. Cualquier cosa que hubieran dicho hubiese sido en su contra. El hijo sabía cómo sacarles los puntos débiles.
La vida de aquel niño era un auténtico castigo. Al no existir como persona activa, era evidente que como pasiva resultaba todavía más invisible. Por eso, para el resto del mundo era como si no estuviese. Cuando aquello se hizo más evidente fue el día en que el niño-adulto se percató de que los autobuses no se paraban para recogerlo. Pasaban de largo. Esto era verdaderamente frustrante. Él sabía que le veían. Lo que pasaba es que no le tomaban en serio (y esto se debía a que, lo mismo que con sus padres, él no podía pedirle cuentas al resto del mundo porque tenía las de perder con esta actitud). Más él quería ir a lugares lejanos, y por ello tomó la resolución de resolver la situación de golpe y porrazo. Un día, viendo que el autobús llegaba, se tumbó en mitad de la carretera. El conductor del vehículo, entonces, no tuvo más remedio que detenerlo ante él. El niño-adulto lo había conseguido. Se levantó y logró entrar en el autobús. ¡Estaba comenzando a ser un sujeto activo en la vida! Quizá esta sería su propia forma de construir su existencia: demostrando que él valía su peso en fracaso genético.

29 – 9 - 11

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