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LA VIDA EN UN HILO

>> lunes, 12 de septiembre de 2011



Podríamos definir al creador como el sujeto que lucha siempre por conseguir que su próxima obra sea mejor que la anterior. No obstante, debido a eso que hemos denominado “camino hacia la perfección”, hay una buena parte de la vida que queda sacrificada en pos de aquella madurez que se persigue. Cuando el creador alcanza un resultado del que puede sentirse orgulloso, ha pasado ya mucho tiempo. ¿O no? También se da el caso de aquel que triunfa en sus primeros pinitos y, en adelante, todo es una cuesta empinada que se baja sin frenos rumbo a ese estrellarse sin estrellato. Sin duda, la obra habla por el escritor, y no el escritor por la obra. El resultado de esa creación delata al creador al final de su vida. ¿Cuántas obras maestras quedan a un lado de la balanza frente a esas otras que nacieron muertas? Hay veces que incluso solo se necesitan los dedos de una de las manos para contarlas. A esto hay que añadir el beneficio de la duda que otorga el paso de los años. El tiempo es verdad que lo cura todo, pero también lo mata. El futuro puede consagrar obras antes denostadas o denostar aquellas primitivamente consagradas. Indudablemente, mata todo lo físico, e incluso se atreve con lo abstracto. Resulta sorprendente, por tanto, cómo una obra puede desplazar tantas veces a su autor. La lucha que el creador establece con su propio trabajo no es baladí. El reconocimiento a su esfuerzo es, muchas veces, injusto. La memoria cultural se encuentra cada vez más dañada en una sociedad que exige su derecho a no tener que cultivarse. Los autores producen, pero su obra se va olvidando. Cuando mueren, se les homenajea durante una semana (no más) y las ventas de sus obras suben como la espuma. Después, si te he visto no me acuerdo.
En el plano literario me viene a la cabeza Francisco Umbral, por ejemplo. Poca gente podría decir un libro suyo. En los libros de texto escolares, siempre quedará para el estudio de adolescentes el “Mortal y rosa”. Este caso es todavía más grave, pues nos encontramos ante alguien a quien se le recuerda más por su carácter como persona (o personaje, según se vea) que como ese obrero constante del mundo diario que, ni muriéndose, fue capaz de dejar de trabajar. Agonizante, ya sin fuerzas para escribir, dictaba desde la cama un artículo para el periódico, como ese Mozart de Milos Forman le tarareaba su Réquiem a Salieri. Su obra se diluye en la historia (que no en las librerías) mientras en portales de Internet la gente sigue acordándose de él por cierta anécdota acaecida no sé en qué año ni en qué programa. Las videotecas siempre se consultarán más que las bibliotecas, esto es así. De la época de Umbral, e incluso más atrás, sigue habiendo ejemplos. Camilo José Cela, otro personaje a quien se recuerda más por la polémica que por justicia literaria, escribió innumerables títulos durante toda su vida, pero tan solo reviven en las listas de las personas considerablemente culturizadas los siguientes: “La familia de Pascual Duarte”, “La colmena”. Y ya, si nos ponemos estudiosos: “Viaje a la Alcarria” o “pabellón en reposos” (y esto es ya para tesis). Pero sigamos con otros ilustres escritores: Carmen Laforet: “Nada” (y, perdóneseme la broma, nada más).Carmen Martín Gaite: “Entre visillos”. Ana María Matute (a la cual confundo a veces con la anterior, Martín Gaite, cuando pienso en los años en los que esta vivía porque escribía): “Olvidado rey gudú”. Ferlosio: “El Jarama” o “Alfanhuí”. Quizá Delibes sea un caso aparte: “Los santos inocentes”, “El camino”, “El príncipe destronado”, “El hereje”… También hay que reconocer que, de no haber sido por el cine, mucha de esta literatura habría tenido una repercusión todavía menor. Vayamos, pues, al séptimo arte: En la segunda mitad del siglo XX, la cinematografía renació de manos de jóvenes autores que querían hacer borrón y cuenta nueva. No obstante, continúa la maldición. Hagamos repaso: Picazo: “La tía Tula”. Martín Patino: “Canciones para después de una guerra”. Summers: “Del rosa al amarillo”. Camus: “Los santos inocentes”. Saura, sin embargo, destaca, a mi juicio, por encima de todos ellos: “La caza”, “Cría cuervos”, “la Prima Angélica”, etc. Los maestros de estos maestros están también en números rojos: Bardem: “Muerte de un ciclista” y “Calle Mayor” (no sé por qué tuvo que separarse de Berlanga en este sentido). Rafael Gil: “El clavo”, “El hombre que se quiso matar” y “Don Quijote de la Mancha”. Que ciertas películas tuvieran éxito en su momento es otra cosa. Ahora, las que han resistido al tiempo, es otra cosa. Así también trato de alejarme de sentimentalismos y ser objetivo. Creo que el personaje más paradigmático es Edgar Neville. Persona o personaje, para mí es lo mismo, ya que el primero término, en su origen, estaba también relacionado con el teatro. El famoso “per sonare”, que tanto se empeñó en recordarnos mi profesor de filosofía de bachiller, Nicolás Tello Ingelmo, al cual recuerdo con cariño y simpatía.



¿Quién se acuerda de Neville? ¿Y de su cine? ¿A qué viene esa amnesia cultural, ese alzheimer premeditado? Creo que fue víctima de la época que le tocó vivir, al igual que los de su generación. Es más sencillo evocar a aquellos de la generación del 27 que a los de “La otra generación del 27”. El otro día ví por tercera vez uno de sus títulos olvidados: “La vida en un hilo”. Daba tristeza ver la copia del film en su deterioro. Al principio, se avisaba que era la mejor que se había localizado de todas ellas. Con el espíritu de arqueólogo bien alto, solventé todas las dificultades visuales y auditivas. En esta época que nos ha tocado vivir, todo lo que viene de fuera es, para mí, como decía Sinuhé el egipcio en la novela de Watari, “zumbido de moscas para mis oídos”. Por ello, y sé que al decir esto me caerán todos los palos del mundo habidos y por haber, pienso que es necesario un cine de evasión. Pero ojo, no un cine a cualquier precio. Para mí, Neville reúne todos los ingredientes necesarios para la denominación de “pastel cultural”. Y; no seamos malos, pues cuando digo “pastel” hablo con todo el cariño del mundo. El humor aparentemente absurdo e intrascendente de él y sus compañeros de la Codorniz, podía volverse perfectamente un arma de doble filo. En “la vida en un hilo” encontramos una película hecha con cariño, con amor. Esta sensación cuesta encontrarla cada vez más, pero aquí se dejaba destilar con toda la evidencia posible. Seguramente quien la vea no podrá evitar decir, al final de la misma: “Me gustaría hacer una película así” (y no importa las inquietudes de la persona que lo diga, tanto si es arquitecto como si pone árboles en las avenidas). La sala del cine recluye y funciona como terapia, pues al salir se salen con fuerzas renovadas y con espíritus cambiados. Neville es la alegría de vivir (y no lo estoy comparando con la comedia americana de la época al referirme a él en estos términos).Y, si, voy a hablar del creador. Este señor se nombre extranjero y aristocrático, simboliza para mí un ejemplo a seguir. Y es que hay muchas formas de responder a una época, a unas circunstancias. Neville no lo tuvo fácil pero salió victorioso. Solventó los problemas que la historia le ponía como cepos y, si le quedaron heridas incluso evitándolos, nada de ello se transparenta en su legado. Como en este país se vive de envidias y malos pensamientos (recordemos la expresión “si te muerdes la lengua, te envenenas”) digamos que políticamente se le ha relegado al olvido. No obstante, para lo que no creemos en los efectos de la memoria histórica política, tan tergiversada siempre y cuyos efectos solo duran en el momento en la que se toma, la cultura resurge indemne en aquellos círculos donde verdaderamente debe resurgir. Aunque muchos no lo quieran reconocer, en “la vida en un hilo” hay una crítica demoledora de la época, pero sobre todo hay un anteponer las cosas verdaderamente importantes de la vida a otras artificiales y absurdas. Si esto se siguiera verdaderamente al pie de la letra, España no tendría tantas úlceras en el estómago. Porque nunca aprendemos y no sabemos mirar más allá de la misma piedra sobre la que seguimos tropezando, nuestro sentido del humor es limitadísimo (lo mismo que nuestra apertura de miras). Nos gusta discutir, enfadarnos por cosas que incluso no alcanzamos a entender debido a nuestros limitados conocimientos. Nos conocemos bien poco y no nos interesa conocer realmente a los demás. Estamos agobiados y la palabra “paciencia” la hemos excluido de nuestro diccionario de bolsillo, el cual cada vez se reduce más. Y, de pronto, llega el señor Neville y nos da un masaje de espalda con sus dedos mágicos, por así decirlo. Porque, en “La vida en un hilo”, no hay gente mala, sino desorientada, desconcertada. El hombre es fruto de la educación que recibe, de las normas que aprende, de los caminos que le hacen tomar y, claro está, aquellos que elige tomar (con acierto o sin él). Antes, el ser humano se encontraba más privado a la hora de expresarse libremente. Sufría una especie de síndrome de Estocolmo que le llevaba incluso a auto-censurarse, porque es lo que había aprendido. El “guardar las apariencias” incluía cosas como la “hipocresía”. Ese era el mundo verdaderamente absurdo, aquel en el que no se vivía en la realidad. No nos dejábamos ver ante los demás como éramos sino como debíamos ser, y luego cada uno volvía a su casa sin creerse nada de lo que había oído ni dicho. Y, lo peor de todo es que ni de esto éramos conscientes. La cultura occidental trajo la “Clase media” y otras más ascendentes. Perseguían “civilizarse” a toda costa (nótese el uso de comillas). Este era el lenguaje empleado desde las altas instancias y parecía universal. Pero, no nos engañemos, pues hasta Neville, conde de Berlanga de Duero, era capaz de quitar esta venda de los ojos (eso sí, con una sonrisa) de aquellos que acudían al cine: la sociedad.
Y, es que, lo importante no es que una mujer monte desnuda a caballo en un circo, no. Lo importante es que es el caballo quien va desnudo, y no la mujer.

12 – 9 - 11

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