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LOS PARAÍSOS RECUPERADOS

>> jueves, 22 de septiembre de 2011



Uno echa la vista atrás y trata de establecer un inventario de libros leídos, películas vistas, músicas escuchadas, cuadros vistos… Después, siente una especie de responsabilidad para lo que ha visto, oído e, incluso, tocado. Este sentimiento puede relacionarse con el de las preguntas que se realizan al individuo que es sometido a una prueba. Por ejemplo: en un examen de comprensión, se coloca ante el examinado un texto perteneciente a un cuento de Borges. Dicho fragmento rescatado de una obra, es leído y se disfruta (aún sabiendo que la prueba tiene un tiempo limitado que no se ha de sobrepasar). Después, se le piden cuentas por ello. ¡Claro, cómo iba a irse de rositas sin examinarse ante Borges! “Pregunta uno: ¿Qué ha sacado usted en limpio de todo esto? Segundo: ¿Qué es lo que más le ha gustado. Tercero: ¿Está usted de acuerdo?” A todo autor le encantaría conocer la opinión de sus seguidores más fieles, no solo tener una cifra de ejemplares que han sido vendidos. ¿Para qué se escribiría si no? ¿Para satisfacer el ego? Puede que sí, pero es que hasta el ego necesita de aduladores. ¿Se buscan entonces aduladores? No, sencillamente gente que confirme que el acto de escribir ha servido para algo. Que gusta lo que se ha leído. Que hay identificación (no importa el tanto por ciento de porcentaje de solidaridad). Por ello, yo me encuentro en la obligación de dar parte de aquello que he leído (visto, oído, etc.) y me ha gustado. Tengo ese deber con aquel que me ha transmitido aquello de lo que he disfrutado. Si, en cambio, aquello me ha defraudado, pienso que habrá otros que habrán disfrutado con ello. Y, es que, precisamente, son los gustos los que nos hacen más raros que un perro verde, que una vaca a rayas y que una cebra a manchas.
También, igual que el autor desea conocer a sus receptores (aquellos que dan vida a su obra) estos quisieran muchas veces estar allí donde la creación tiene lugar.
En el mundo del cine, muchos han sido los cameramans que han podido ver a través de un cristal escenas que han pasado a la historia. Sin ser conscientes de ello, han forjado momentos memorables gracias a su ojo en color. ¿Qué cinéfilo no habría dado un brazo por estar en el set de rodaje de “Ciudadano Kane? Este deseo fetichista se vuelve todavía más complicado cuando la época es todavía más primitiva. Para ver una escena memorable todavía podemos recurrir a Chaplin en “Charlot a la una de la madrugada”. Eso sí que es leyenda, una leyenda justa y consecuente. “Casablanca” se creó como leyenda (hay mucha gente que todavía se pregunta por qué se la coloca en los primeros puestos de ranking). Charlot creo que no necesita de nadie para que se le estime. Es una realidad absoluta. Quien no disfruta con Chaplin tiene un problema serio que debería consultar con un especialista. Pues imagínense ver al genial cómico en todo su esplendor: sin blanco y negro, en un metraje sin defectos técnicos (aunque tal vez sin todos estos defectos derivados de los orígenes del cine nos resultaría otra imagen bien distinta de Chaplin de la que hemos construido en nuestro imaginario)… En fin, en vivo y en directo, como le vieron los operadores de cámara y el resto del equipo (incluido el director, claro…). Chaplin se forjó en la industria del entretenimiento (el cine nació en una barraca de feria), pero era algo más que gags. Era una imagen, una filosofía, una forma de entender el mundo. Mucho más que cine, diría yo. ¿Y Bogart y Bergman? ¿Esperaban que aquellas frases pasaran a la posteridad? “Tócala otra vez, Sam”, “Siempre nos quedará París” o “Creo que esto es el comienzo de una gran amistad” pasaron a formar parte de los diccionarios del séptimo arte. La “memoria fotográfica” viene aquí como anillo al dedo. Creo que este criterio de calidad es tan caprichoso y subjetivo como el que puede tener cada individuo a la hora de recordar una película y no otra… Lo que pasa es que aquí el individuo se ha convertido en multitud. ¿Por qué nos acordamos de una persona que vimos en un día concreto de nuestra vida y que ya no nos volvimos a encontrar nunca más? Por ejemplo: Un titiritero ambulante del Retiro, un tendero en una pastelería… Ellos no eran conscientes de que iban a ser inmortalizados en la placa fotográfica mental de un sujeto. Cómo vestía, si fumaba o no, si ese día no se había afeitado… Multitud de pequeños detalles que quedaron impresionados y nunca desechados a la hora de hacer limpieza en el subconsciente. En “las verdes praderas” de Jose Luis Garci, Alfredo Landa realiza un gran ejercicio de memoria al relatar la infancia de su personaje. Cuenta con minucioso detalle momentos sueltos que ha capturado en su memoria y que tienen gran importancia para él. Con ellos, se aferra a un pasado en el que fue feliz.
La cosa se extiende más allá de la imagen. La música, por ejemplo. Resulta increíble, por ejemplo, cómo podemos recordar la canción de un film escuchándolo solo una vez. Esto es un don. Mi abuelo lo tenía. Una vez, en casa, viendo la televisión, se puso un programa de cine. En él, se había invitado a Josita Hernán, una actriz y cantante que participó en algunas películas de los primeros años del cine español. Concretamente estaban recordando una de ellas sonora: la primera versión de “la tonta del bote”, dirigida por Gonzalo Delgrás en los años treinta. El film se había perdido, no se había conservado ninguna copia. El presentador pidió la colaboración del espectador: “Si hay alguien en casa que en su momento la hubiese visto y se acuerde de alguna canción de las que cantaba Josita, llámenos, por favor.” ¡Ni siquiera la actriz era capaz de recordar ni un pentagrama! Entonces, mi abuelo, mágicamente, se puso a cantar algunas de estas canciones. Yo le dije: “Llama, llama y cántalas”. Pero él, en su extraña humildad, se negaba. Por entonces, yo ya andaba preocupado en esto de la recuperación del patrimonio cultural. Yo disfrutaba escuchando contar historias a mi abuelo. Sus recuerdos eran para mí importantísimos. Recuerdo que me contó, en otra ocasión, que había participado de niño, en el colegio, en la representación de una zarzuela. Esta se llamaba “El zapatero dentista” y él hacía el personaje principal. También me cantó algunos de sus números y yo todavía los recuerdo de su propia voz. Esta obra musical se ha perdido. Mi abuelo anduvo de bibliotecas buscándola sin éxito. Un amigo suyo, Adrián, que también había participado haciendo casi de extra, la recordaba en su totalidad. Los textos, la música. Mi abuelo, sorprendido, le grabó con un radiocasette y la recitó entera. Todavía conservo la cinta por ahí. Resulta increíble esto de la memoria. Noto en todas estas muestras de fidelidad a la memoria (y a la Historia) una gran pasión por la vida y esto es, más que admirable, envidiable.

22 – 9 - 11

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