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MUSICALMENTE HABLANDO

>> martes, 20 de septiembre de 2011

Las últimas notas de Debussy son ya inminentes. Suena de fondo la última melodía, que va cayendo en picado por el pentagrama rayado. El fauno se levanta medio adormecido, tomando poco a poco conciencia de la realidad. La luz había huido aprovechando su sueño, como Galatea escapó de Polifemo. La oscuridad ya no permitía ver formas, sino brillos. Las piedras, que otrora resurgían como icebergs pequeñitos de entre las aguas, ahora eran tan solo manchas de tinta negra en la partitura de la vida. Negras, corcheas, semicorcheas, blancas, redondas, fusas, semifusas. ¿Y el instrumento? ¡Ah, aquí está! La flauta de pan sigue ahí, entre la hierba mojada. El fauno la recoge y observa que lo que antes era la sombra de un árbol es ahora la sombra del mundo. El riachuelo hacía acto de presencia tan solo con su ruido de fluir de agua. Guiándose por aquella música acuática, el fauno va guiándose para abandonar la naturaleza y llegar hasta la civilización moderna. La villa en la que había nacido le esperaba. Había perdido sus cuernecillos por el camino. La flauta de pan era en realidad una pistola que se había dedicado a ir desmembrando por diversos lugares de aquel monte. Ahora, visto de lejos levantarse sobre las casas, parecía solo un montón de ceniza. Yo diría, más bien, un puñado de tierra quemada. La música se había ido perdiendo, alejando, a medida que iba deshaciéndose de ella en su instrumento: primero la culata, luego el tambor, después el cañón, etcétera, etcétera. La guerra había terminado y ya solo quedaba volver a la realidad. No más sinfonías de cañonazos ni de ametralladoras. Ahora, vuelta a la vida normal, si esto era posible.

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