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FRUSTRACIÓN DEL ESCRITOR BIÓGRAFO

>> lunes, 12 de septiembre de 2011

Cristóbal Colón redactó una serie de diarios de “a bordo” sobre los viajes que llevó a cabo durante su vida. Curiosamente, de aquel realizado rumbo al “Nuevo Mundo”, olvidó dejar constancia escrita de un día: el del descubrimiento. ¿Por qué sucedió esto? ¿Tal vez fue olvido? Hace tiempo ya que hay un cuaderno en mi habitación cada vez más cubierto de polvo: el de mi diario. Como contraposición, en uno de mis armarios hay un cajón repleto de otros diarios anteriores. Antes escribía febrilmente dejando constancia de todo lo que consideraba importante o simplemente digno de mencionar. Ahora, cuando creo que dentro de mi biografía están sucediendo cosas más interesantes que en el pasado, cosas que verdaderamente merecen la pena ser registradas, he abandonado esta tarea. Puede ser que antes me sintiese un “elegido”, alguien que cambiaría el rumbo de la historia y del que debería conocerse todo lo posible porque todo sería interesante. ¿Y ahora qué? Pues supongo que esa imagen de mí pasada ha muerto porque ya no soy tan idealista. La cruda realidad me ha vuelto más práctico y me ha hecho proyectar visiones proféticas más asequibles a la hora de cumplirlas, de llevarlas a la realidad. Ahora me he vuelto un psicoanalítico en el sentido más científico de la palabra. Esa cosa tan artificiosa de construirse una identidad de manera tan daliniana ha pasado a ser una necesidad por comprenderse a uno mismo. La autobiografía vale entonces como herramienta para encontrarse en el pasado, entenderse en el presente y tratar de imaginar cómo le gustaría a uno el futuro (en base a las dos etapas anteriores, claro). Esto es lo que más me frustra como escritor. Desearía poder saber por qué tantos recuerdos de mi pasado se mantienen vivos en mí tratando de explicarlos racionalmente. Más que recuerdos, hablo de impresiones. Por ejemplo: recuerdo un día de mi infancia perfectamente, al mínimo detalle. ¿Por qué lo recuerdo? Porque ese día fui feliz. ¿Y por qué lo fui? ¡Ah, no lo sé! Puedo decir que ese día estuve en una piscina, en un garaje y paseando por el centro de la mano de mi madre. Otra persona puede recordar que un día estuvo de niño en un garaje, que paseó por el centro de la mano de su madre y, sin embargo, eso no le produjo felicidad. Ese mismo día también iba en el coche de mi abuelo por la tarde. Él me llevaba a su casa, después de un día de colegio. Era viernes y comenzaba el fin de semana. ¿Podría ser que estuviera contento porque tenía dos días de fiesta hasta volver a las clases? Podría ser, pero lo que me hacía feliz no era tanto eso como podría ser que ese día, a través del cristal del coche, se veían los rayos de la tarde caer mientras llegaba la noche. ¿Por qué el crepúsculo me volvía feliz? Cuando cogimos el coche, mi abuelo me acababa de recoger del colegio. Él tenía una tienda de material de construcción frente al colegio. El coche lo tenía aparcado en un solar cercano. Eses solar pertenecía a un convento que lo utilizaba como garaje alquilando plazas para coches. ¿Por qué me sentía feliz en aquel lugar? ¿Por qué me gustaba sentirme rodeado de árboles y de silencio? ¿Cómo explicar esa sensación producida entre estos elementos tan corrientes y que, por sí solos, nada estimulan en el individuo? Eso es lo que más me duele: que las cosas tan profundas que hay en mí, aquellas que quedan grabadas a fuego en el espíritu, no puedo explicarlas. ¿De qué me sirve tanta parafernalia? ¿Cómo puedo utilizar el lenguaje y todas las normas gramaticales que conlleva? ¿Dónde queda el estilo? Seguramente, muchos escritores lo habrían dado todo por perder lo que parece imposible: los conocimientos lingüísticos y literarios. Quizá en ese plantearse cómo procesar las ideas en letras se pierda aquello tan mágico que ya los hombres primitivos querían representar al pintar en las cuevas. Lo mágico, el hechizo, aquello que hay que mantener en secreto. ¿Camilo José Cela envidiaba no ser Pascual Duarte? Seguramente hubiera deseado encontrar aquellos papeles de aquel personaje inventado. Él, escritor que busca la fama, hubiese deseado ser un ser anónimo fascinante, casi animalizado, con una biografía tan escalofriante. Lo ancestral de Pascual resulta terrible y a la vez lo vuelve mítico.
Habrá quien con sencillez escriba algo tremendamente complejo. Habrá quien sepa expresar la rotundidad de la epopeya sin necesidad de palabras ampulosas. Los grandes relatos relatados de forma ingenua. Recuerdo entonces el caso de aquel judío de origen polaco que dejó testimonio de un momento histórico espeluznante. Me refiero a los campos de concentración nazis. Él, como otros, se encargaba de recoger los cuerpos de aquellos que pasaron por las cámaras de gas haciéndolos desaparecer. Le pagaban por eliminar pruebas. No obstante, escribió en unos legajos su experiencia en aquellos días y los enterró dentro de una cantimplora junto a los restos de los cadáveres para que alguien en el futuro los encontrara. Quería dar testimonio a las generaciones venideras de aquello tan terrible. Por ello tuvo los arrojos de escribir en aquellas circunstancias, y no de cualquier forma. El tono con el que se expresaba era casi como el de Homero en su Odisea. Había un gran cuidado en la elección del lenguaje, volviéndolo artificial. Sabía que de esta forma calaría mucho más en quien lo leyera. ¿Otras personas serían capaces de escribir así en aquel contexto? No lo sabemos. Este hombre no era escritor, pero quizá tendría ciertos deseos de “pasar bien a la posteridad”, pues imaginaba que su testimonio resultaría de vital importancia. Se volvería famoso relatando aquellos sucesos de los que fue testigo. Una especie de Ana Frank. Personas anónimas ahora con nombre. ¿A su pesar?

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