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UN MANOJO DE COINCIDENCIAS

>> lunes, 26 de septiembre de 2011

Siempre me he dedicado a escribir historias humanas. No creo en una novela que nos hable solo de una montaña o de una rana, por ejemplo. Hasta “Rebelión en la granja” convierte a sus animales en personas. El problema es cuando pinto. Aquí si se pueden retratar paisajes, animales, objetos. Sin embargo, yo he pintado y dibujado personas. Solamente ahora, cuando me he aburrido de ellas, no soy capaz más que de realizar meras abstracciones. Mi mano crea líneas, espacios, elementos que no conducen a nada. Trato de salir de esta monotonía, pero finalmente el espacio blanco queda aniquilado con nada que contar. Bailo sobre la superficie y no dejo más que arañazos. Algún día los analizaré más a fondo y a lo mejor puede que encuentre un mensaje en ellos. Mas, hoy por hoy, estos ejemplos de “creatividad” no me dicen nada. Parezco acabado o, tal vez, la que ha acabado es solo una etapa dentro de mí. Quizá me encuentre, sin saberlo, en la línea de salida de alguna pista de atletismo, esperando a un extraño pistoletazo. Últimamente me cruzo con caras que me resultan terriblemente conocidas. Luego pienso: “¿Y si les digo algo? ¡Hola! Tú eres Agapito tal, ¿verdad? ¡Cuánto tiempo! ¿Te acuerdas de mí? Nos conocimos en el colegio, y después cada uno tomó su camino…” Creo que es demasiado arriesgado. ¿Qué pasaría después de esto? Evidentemente, la situación comenzaría a resultar incómoda. Comparto con todos mis amigos de la infancia el que no tengo nada en común con ellos. Nadie me comprendió ni osó comprenderme. He descubierto, hace poco, que aquellos a quienes admiraba, aquellos que creía como yo, lo eran por seguirme la corriente. Yo lo hacía todo. Un chico hiperactivo que contagiaba con su dinamismo, pero nada más. Ellos jugaban a tratar de comprenderme. Es triste, pero cierto. ¿Acaso vivía en mi mundo? ¿Acaso reinterpreté la realidad? Las últimas experiencias me han dado la razón. La última cita con aquella persona a quien estimaba (y esperaba que ella me estimara a mí) fue un rotundo fracaso. Esperé y esperé en el lugar y a la hora elegidos, hasta ser consciente de que esa persona no vendría. ¿También por compromiso aceptaron quedar conmigo? Puede ser. La cuestión es que uno se siente errante, sin destino, caminando y cansándose cada vez más de este viaje sin destino.
Una vez pensé en escribir la siguiente historia:

“Hay una fotografía, en el fondo de una papelera, que ha permanecido allí años y años. Un día, el que allí la depositó por despecho, decide volver a recuperarla. Con una intuición poderosa, vuelve a aquella papelera. Sabe que es esa y no otra, a pesar de que haya varias en esa misma acera, todas iguales. Mete la mano y, zafándose de mil y una porquerías, llega al fondo y la saca. Ahí está y parece que no ha pasado el tiempo por ella. Es la imagen de un antiguo amor. Ese antiguo amigo quizá siga viviendo donde antes vivía, o tal vez se fue de la ciudad y no volvió. Pudo haber muerto. Nada más volvió a saber de él. Un día despareció sin dar ninguna explicación. La papelera comparte espacio con un árbol en el mismo alcorque. Sobre él hay una plaquita de cerámica con un nombre casi borrado. El nombre es del amigo y, bajo él hay una fecha, la de su nacimiento. Ese árbol se plantó cuando él nació y lleva su nombre”.

Son todas coincidencias demasiado evidentes. Resulta un relato que solo puede creerse si el lector pone mucha voluntad en él. No obstante, yo creo en los árboles, en las papeleras, en los amigos y en las coincidencias. En quien no confío es en el tiempo. ¿O es tal vez él quien con confía en mí? No lo entiendo. ¡Siempre he sido puntual!

26 – 9 -11

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