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ARIEL Y DOMINIQUE

>> sábado, 1 de octubre de 2011

Dominique tenía un problema: su seguro de vida había expirado antes que él. Cuando se lo comunicaron, se sintió totalmente desvalido. “Veinte años pagando un seguro de vida que se muere antes que yo. ¡No es justo!”.
Por otro lado, Ariel no podía celebrar su cumpleaños. Como nació un veintinueve de febrero, coincidía que aquel año era bisiesto y no había día veintinueve.
Estos dos personajes, sacados de una chistera mágica, se encontraron ese mismo día en un café. Ninguno de los dos sabía lo que le sucedía al otro, pero ¡lo que son las cosas de la vida!, lo intuían.
Ambos se encontraban unidos por un extraño lazo de coincidencias fatales. A ambos, la vida, les había deparado una extraña sorpresa (o susto). Dominique, veía en Ariel una cara de desesperanza. Apoyado sobre la barra, parecía compadecerse de su propio reflejo proyectado sobre el brillante mármol de la superficie.
- ¡Le invito a un café!
- No me gusta el café… me pone nervioso…
- ¡Vamos, hombre, anime esa cara!
Ariel, entonces, levantó su cara y miró a Dominique.
- ¿Se ha mirado usted en el espejo? ¡Creo que más bien debía ser yo quien lo convidara a algo! Más bien a una bebida alcohólica, para olvidar…
- ¿Me acabo de levantar y ya quiere usted que olvide? ¡Qué poco esperanzador!
Ambos lucían dos caras que parecían persianas bajadas: Largas y sin dejar traslucir nada de cara a la galería.
Olvidaba decir que Ariel era americano y Dominique suizo. Esto, claro está, complicaba la comunicación. El español macarrónico que manejaban era verdaderamente patético. Mejor dicho: Todo, en aquel día, parecía patético.
- Yo me llamo Ariel ¿Cómo se llama usted?
- ¿Yo? Dominique.
- Tiene usted un nombre que suena a hombre de monasterio. ¿Es usted asceta acaso?
- Llevo una vida tranquila, ordenada y sencilla. Me falta el hábito… el hábito de salir más de ahí. Hay quien dice que soy de barrio pero esto es mentira. No lo he pisado nunca. Apenas salgo de casa y, si lo hago, cojo rápidamente un tren para que nadie me vea…
- Le verán los que cojan el tren ¿no?
- No, tampoco. Cuando lo cojo, me subo al techo. Así, solo me ven las nubes… y las casas altas, claro…
- Pues mi nombre… ¿Quiere que le diga lo que me evoca?
- No, no tendría gracia. Eso solo se lo puedo decir yo. No me gusta la gente que aprovecha su nombre para hablar de sí mismo.
- Está bien, hablaremos de las cigüeñas… ¿Qué cigüeña le trajo a usted?
- Más bien, soy yo el que llevo cigüeñas. Trabajo en un zoológico.
- ¿Ah, sí? ¡Qué apasionante!
- La verdad es que hubiera preferido trabajar en la selva, sirviendo de guía a los que viniesen de la civilización. Pero bueno, por lo visto, ya no quedan selvas de este tipo… ¿Y usted? ¿A qué se dedica?
- Pues, si le soy sincero, ahora mismo no lo sé…
- ¿Cómo?
- ¡Oh, vamos! Usted ha pasado seguramente por la misma sensación por la que ahora yo estoy pasando… Ahora mismo me encuentro en un periodo de transición. Verá: Yo, antes, era un apasionado de los libros de segunda mano. En cuanto había una feria en la comarca, allí estaba yo a primera hora, nervioso, desando encontrar ejemplares raros y valiosos, tratando de que nadie se me adelantara y comprara algo que yo hubiese estado buscando años y años… Pues bien, ahora tengo la sensación de que este hobbie que he atesorado desde niño me ha ido abandonando poco a poco hasta llegar, en la actualidad, a no encontrar ningún tipo de placer en todo esto. Ahora voy a una feria y comienzo a sentirme imbécil: ¿Qué hago aquí parado, delante de todas esas pilas de libros ajados y llenos de polvo? ¡Es lo menos higiénico que he visto! Todo esto me satura, no sé por qué libro empezar a mirar. Es agotador. He perdido la cuenta de mis propios libros… Me digo ¿este título lo tendré? E, incluso, me molesta encontrar la obra de un autor editada de nuevo con cosas que antes no se habían editado… Eso es lo que pasa cuando un escritor está vivo… que siempre tiene algo nuevo que decir. Revisa sus anteriores trabajos y los amplía o los recorta… ¡Pero yo no estoy dispuesto a esperar a que un tipo se muera para comprar sus obras completas! E, incluso, después de muerto, se siguen encontrando cosas nuevas de él y hacen nuevas ediciones… ¡Es angustioso, se lo digo de verdad, Jacques!
- Me llamo Dominique, no Jacques…
- ¡Oh, perdone! Me había puesto a cantar dentro de mí: “Dominique, Dominique, ¿dorme vous, dorme vous?”
- Ha vuelto a errar. No es “Dominique” sino “Jacques”. Yo me llamo Dominique y la canción canta a “Jacques”. “Hermano Jacobo, Hermano Jacobo, ¿duerme usted? ¿Duerme usted? ¡Suenan las campanas, suenan las campanas, din-don-dan, din-don-dan”
- Francamente, me gustaba más cantada en francés.
Yo también. Odio las castellinaciones. Lo de Jacobo en lugar de Jacques ¿sabe donde lo leí? En una traducción de “Noches Blancas” de Dostoievski. En ella, se habla de “Juan Jacobo” Rousseau, en lugar del Jean Jacques de rigor…
- ¡Ah ya! Y en música tiene usted a “Juan Sebastián” Bach, a “Jorge Federico” Haendel… Y el “Baj” y el “Gendel” no lo ponen porque no les da la gana… ¡En fin!
- Bueno, pues como le contaba… Yo me dedicaba al coleccionismo, y ahora… no sé a lo que me quiero dedicar. He perdido esa pasión que daba sentido a mi vida. ¡Yo era feliz llenando mi casa de libros! Estuve a punto de no poder entrar en ella de tantos que tenía metidos.
- … Disculpe que le interrumpa pero ¿no va a pedir nada de beber? ¡De verdad que le invito!
Aquellos dos personajes surgidos de la nada ahora tenían nombres (Ariel y Dominique) y, no solo eso: habían conseguido recuperar su buen humor. Lo que no consigan los cuentos, de verdad que no lo consigue nada. Uno, en este oficio de escribir, tiene de vez en cuando estas alegrías. Y es que, hacer felices a dos personajes de ficción, a veces compensa mucho más que cosas que uno realiza en la vida real, dejada la pluma sobre el tintero.

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