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LA MAGIA DE LA REPETICIÓN

>> domingo, 30 de octubre de 2011




Hace unos días, mi padre me comentó que su coro estaba realizando una serie de pesquisas para recuperar una misa de Francisco Guerrero sobre L´Homme Armé. Parece ser que la pieza se hallaba completa y que nadie se había ocupado de recuperarla íntegramente. ¿Por qué? Sospecho que la razón se encuentra en que Guerrero es un autor que no ha sido querido como se debiera. Su música pertenece al género de los pacientes. Uno no puede interesarse por ella a la primera audición, debe escucharla una y otra vez hasta que cale en las profundidades insondables humanas. Quizá si nos excedemos en la dosis suframos un empacho y no queramos volver a escuchar nada más de Guerrero. Esto pasa con este y con otros autores que se encuentran dentro de este fichero concreto al que me he referido. Hay que encontrar el equilibrio justo, no quedarse corto ni pasarse. Nadie niega que no haya una estética en la música de la época en la que vivió Guerrero. En el aspecto religioso, hay que añadir que una misa no pretende agradar estéticamente. Hay otra serie de factores que se encuentran por encima de la exigencia del oyente. En este caso, el oyente era el feligrés (y, como mucho, el feligrés de cierta cultura). La música era el telón de fondo que acompañaba a la escenografía de la celebración eucarística. El siglo XVI español dio a luz a grandes nombres en el arte de la música. Tenemos, por ejemplo, a Tomás Luis de Victoria, al que se considera el mejor compositor español de todos los tiempos, y del cual acaba de cumplirse el quinientos aniversario de su muerte. Su Officium Defuntorum aprende a valorarse como cualquier pieza de Guerrero: a base de tesón. Ahora, en la era que nos ha tocado, solo algunos elegidos, aquellos que parecen querer ganarse el cielo con este tipo de prácticas, pueden presumir diciendo: “¡Valoro la música del Siglo XVI española!” El caso de mi padre es especial. Él deseaba a toda costa cantar en un coro. Por fin, encontró la oportunidad, pero debía cantar una serie de obras que, hasta aquel momento, nunca habría elegido para grabar en un casette y escucharlo mientras viajaba en coche. Mi padre ha aprendido a ser paciente con los años y a tolerar cosas que habrían resultado insospechables hasta para él mismo. A mi padre, de pequeño, sus padres solían llevarle de concierto sinfónico en concierto sinfónico. Escuchó una tras de otra todas las sinfonías de Beethoven, todas las zarzuelas de Sorozábal, todos los monumentos sacros valorados en el momento cultural español. Uno de ellos, fue “El mesías” de Haendel que tuvo a mal y a bien escuchar. A mal porque un niño de determinada edad no suele valorar a Haendel, y menos si es el Mesías íntegro (y cuando digo íntegro es íntegro, con todos sus números). Ya de mayor, cuando iba solo a los auditorios e incluso podía elegir los vinilos que poner en el tocadiscos, decidió comprender por qué ese “Mesías” tenía tanta fama. Así, no lo compró una vez sino varias (ya era la época del compact disc) y escuchó un montón de versiones. En cada una, ponía primero los números más conocidos y más llevaderos. Luego, las partes más pesadas. Después, todo junto. Y, así, llegó a valorar a “El mesías” de cabo a rabo. Ahora, le toca a Guerrero, y ahí anda tan contento tratando de encontrar con sus amigos las partes que faltan de aquella misa. Yo, como aspirante a poeta, valoro a una época en sí. No puedo decir “¡qué complicado es escribir como Lope o Quevedo!” (me refiero a esa forma de expresarse) sin acabar pensando: “No es que escribieran en verso, sino que seguramente también hablaban así en el día a día, hasta para pedir un vino en una taberna…” Esa forma de hablar más allá de la rima… Esa voz de Gentil Hombre que tan bien supo captar Rodrigo musicalmente. La época dio la palabra, el verbo. Después lo engalanaron más todavía, pero a veces pienso que esto resultaba incluso innecesario. “El caballero de las espuelas de oro”. Ahora nos resulta difícil valorar todas aquellas obras de teatro. La gente de la época debía disfrutarlas totalmente. Ahora, resultan piezas de museo en su mayoría, interesantes para comprender una época. Ser como Lope es muy difícil. Él solo era capaz de hacer del verso un libro de instrucciones para comprenderlo. Meta-poesía. “Os voy a explicar cómo compongo componiendo”.

“…Un soneto me manda hacer Violante,
que en mi vida me he visto en tanto aprieto;
catorce versos dicen que es soneto,
burla burlando van los tres delante…”

Y, aún así, hoy en día hay que detenerse para comprender todo aquello, leerlo detenidamente teniéndolo delante en papel. Escuchándolo de voz de un poeta (teniendo mucha suerte) seguro que se nos escapa algo. Estaría bien decirle al que lee: “¡Alto, detente! Vuelve a repetir el verso anterior.” Como quien dice aquello de “¡paren las rotativas!” en una imprenta. Imposible. Demasiada responsabilidad para un tipo del siglo XXI. ¿Cómo vamos a comprender tantas y tantas cosas de siglos pasados cuando cada vez conocemos menos de nuestra cultura, de nuestra historia? Merece la pena pensar en ello. Ahora que tenemos toda la herencia cultural de nuestros antepasados delante, en la pantalla del ordenador gracias a Internet, ahora es cuando más la despreciamos. Yo pertenezco a eso que han denominado “Generación perdida”. “Esa generación que va a tener más complicado encontrar un futuro laboral aunque se suponga que está más preparada…” ¿Preparada en qué? ¿En cultura? ¡Habría que verlo! Es cierto que cada vez hay más cosas que conocer, pero en nuestro afán de buscar hemos olvidado las metas más esenciales. Seleccionamos mal nuestros destinos como personas. Jardiel Poncela nos enseñó hasta a valorar las acotaciones de las obras teatrales. Las descripciones que hacía de sus personajes valían tanto como lo que decían. García Lorca, parco en explicar concienzudamente la forma en que debían de ser representadas sus obras, nos hizo valorar la imaginación que cada uno llevábamos dentro para crear nuestras propias representaciones. Hay tantas cosas que merecen la pena y que no damos importancia, como las acotaciones… Volviendo al principio de todo esto, rescato del título el término “repetición”. Muchos se preguntarán “¿para qué repetir cuando hay tantas cosas que escuchar, que leer, que ver? Bueno, pues porque las cosas que repetimos son aquellas que nos han dejado huella, que nos hacen sentir algo extrañamente positivo dentro de nosotros. Algo que, mientras no sepamos definirlo, será maravilloso.

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