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A LA SOMBRA DE CHILLIDA

>> sábado, 15 de octubre de 2011




El otro día estuve en una conferencia que (como todas) prometía ser más de lo que luego fue. Javier Aguirre, Paulino Viota y Víctor Erice conformaban la mesa redonda. Aquí yo me pregunto ¿Por qué ese nombre de “mesa redonda”? Cuando se realizan eventos de este tipo, suelen utilizarse mesas rectangulares que miran hacia el público (el cual se encuentra en un segundo escalón). Incluso, poniéndonos en lo “peor”, si se diera el caso de que los espectadores acabasen colocados con los conferenciantes en una mesa, esta sería cuadrada. Siempre sucede. Yo creo que ya no se hacen mesas circulares. Una mesa “triangular” habría estado bien en este caso, en lugar de una rectangular. En cualquier caso, allí estaban “tres grandes” del cine dedicando su tiempo a hablar de Oteiza y su vinculación con el séptimo arte. Javier Aguirre ejerció de “abuelo cebolleta”, contando anécdotas típicas de escuchar en torno a una mesa camilla (volvemos a las mesas redondas) en una noche de invierno, a la vez que llevaba la contraria a sus compañeros en sus propios discursos. Todo demasiado delirante. Mi duda, hasta aquel día, había sido la siguiente: cómo un tipo como Javier Aguirre había sido capaz de llevar a cabo un cine experimental tan interesante como “Espectro siete” a la vez que realizaba “Una vez al año, ser hippy no hace daño”, “El astronauta”, “Pierna creciente, falda menguante” o “Soltera y madre en la vida” (su cine, por otro lado, más conocido). Ahora todo encajaba, ahora lo comprendía todo. Era como si mi vecino de enfrente hubiese entrado en mi casa en bata y pantuflas para hablarme de la importancia de la “imagen sonora en el cine”. Cuanto menos, chocante. Erice se me presentaba tal y como le había imaginado: un hombre que lamentaba haber nacido en este mundo concreto (España, siglo veinte-veintiuno) y que trataba de explicar su desencanto y desencuentro de la manera más pacífica posible. Paulino Viota era como un niño pequeño sorprendido de que los demás le viesen ingenuo. Pero, claro está, por encima de ellos, pululaba el espíritu Oteiziano capaz de provocar una situación como aquella. Por supuesto, he de hablar también de las intervenciones del público. Este, parecía buscar sus quince minutos de fama a toda costa (y no exagero cuando digo “quince minutos”). A todos ellos les hubiera encantado desprenderse del rol de espectador para poder sentarse en una cuarta silla allí arriba. Pero, como esto era imposible, se conformaban con tirarse el pisto desde abajo, convirtiendo sus preguntas en exposiciones individuales. Menos mal que esto siempre sucede cuando los conferenciantes han concluido sus ponencias. Oteiza fue referido, a mi ver, de forma mejor por Erice. Mientras él trataba de definirlo escuetamente, casi como en un haiku, Aguirre lo describía con toda la prensa rosa posible. Oteiza (en esto tengo que darle la razón a Aguirre) era todo un personaje, pero un personaje barojiano, de esos que les gustaría ser un hombre de acción o un conspirador, como bien dijo Erice. Consecuente consigo mismo, íntegro como el que más. Esta podía ser su filosofía: “He llegado hasta aquí y considero que ya no puedo dar más de mí en esta materia. Por tanto, paso a la siguiente”. La gente pareció no comprender cómo abandonó su primer oficio, el escultor, cuando se encontraba además en su mejor momento. Podría haber hecho como otros artistas: haber explotado durante toda la vida una misma idea, aquella que le dio la fama, el reconocimiento. Pero esto Oteiza no lo podía hacer, y de ello podía jactarse perfectamente. Oteiza era todo un carácter (un carácter de esos que usan pistola). Chillida, por supuesto, siempre fue su sombra. Como escultor, era aquel del que siempre se hablaba. A Oteiza esto no le preocupaba. El tratamiento estético resulta bien parecido en los dos. Sus parecen querer hablarnos del espacio, de la forma en que es ocupado por lo matérico. La escultura bien podría definirse por su contrario, precisamente: El vacío y lo vacío. En la pintura, hablaríamos del lienzo en blanco. En música, estaríamos “hablando del silencio”. En cine… ¿Qué podría ser lo contrario al cine? Imagino que un poco de todo lo anterior: no imagen, no sonido (igual, dentro de unos años, el no “olor”, el no “tacto”, cuando las tecnologías avancen y si es que lo hacen en este sentido o es posible). Para Oteiza, ya debíamos de haber llegado a todo esto. Parecía que el arte había llegado a su final. La muerte era también un problema complejo para él. Un conflicto de orden religioso, incluso. Acabar con la muerte sería posible teniendo en cuenta algo tan sencillo como el movimiento. Sin movimiento no habría muerte. Murió y resucitó en varias ocasiones, tantas como etapas: Primero la escultura, luego el cine, luego el teórico y escritor... Socialmente, fracasó una vez tras otra. Mas, como individuo concienciado consigo mismo y con lo que le rodeaba, quedará para la memoria su nombre. Y es que, como dijo Fernando Fernán Gómez, el éxito o el fracaso solo son cuestión de perspectiva.

23 – 10 – 11

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