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UN POCO DE TODO

>> sábado, 15 de octubre de 2011

He descubierto, hace poco, el por qué de mi tristeza: al parecer, tengo la mala costumbre de leer los periódicos en sentido oriental (esto es, de atrás hacia adelante). Al comenzar por las últimas páginas y terminar en las primeras, sucede que uno deja el periódico con un sabor amargo. ¿Imaginan qué sucedería si en los telediarios las últimas noticias fuesen desastres y tragedias en lugar de esas noticias optimistas del tipo “ha nacido un nuevo oso panda en el zoológico de no sé dónde”? El mundo sufriría una depresión todavía mayor de la que ahora carga sobre sus espaldas, digna del Guiness de los récords. Yo, parece ser, debo de llevar ese peso por todos los demás, como un Mesías sacrificado. El mundo se me asemeja a un cuerpo gigantesco que ha sentido, a lo largo de la historia, cómo sus órganos internos se iban reventando uno a uno, mientras externamente recibía donaciones filantrópicas que le permitían seguir vivo. Al mundo le queda todavía mucha vida, por eso trata de sonreír una vez más a pesar del dolor que siente en cada uno de sus zurcidos. Es normal que a alguien como yo le preocupe su futuro. Los remiendos que se han efectuado en clave económica ante la crisis que en la actualidad estamos viviendo me permite decir que me ha tocado tener que buscarme la vida en una de las peores épocas del mundo contemporáneo. No por ello dejo de sonreír. Tantas veces me he caído y tantas veces me levantaré. En peores guerras he estado, llegando a sufrir debacles personales que ya me gustaría vérselos pasar a todos esos señores de corbata que parece que guían el rumbo del mundo. Nunca debió el mundo poner de capitán de barco a un pirata con dos parches en sendos ojos. Sin embargo, aquello más abstracto que ha dirigido el timón hacia el iceberg continúa presente. Por ejemplo, la “competitividad”. La gente tiene prisa, trabaja de sol a sol, trata de ascender posiciones a toda costa. Yo pienso, en este sentido, que quien quiere tener treinta años teniendo solo veinte, morirá con cincuenta habiéndolo hecho ya todo. Después ¿para qué seguir viviendo? ¡Usted ha cumplido cien años teniendo en realidad solo cincuenta! Los aventureros que lo fueron todo antes de cumplir cincuenta años, saben de lo que estoy hablando. Tal es el ejemplo de Andrés Carranque de los Ríos, que sin ser competitivo lo quiso ser todo y lo consiguió, pero la vida apagó la llama de su vela a edad muy temprana. Es el prototipo de hombre-mono que saltaba de rama en rama ¡qué digo hombre-mono! ¡Hombre-rizomático! Todo coincidió en él y fue vendedor de periódicos, modelo de bellas artes, carpintero, vendedor ambulante, representante de boxeo, albañil, actor, escritor, polizón de barco, delegado español para la defensa de la cultura, testigo de reuniones surrealistas… en fin, todo un portento.
Yo no pretendo tantas cosas. Quiero vivir cien años, como Tiziano (así decía el Goya de Saura) y quiero tomarme las cosas con tranquilidad, a pesar de que sea por naturaleza hiperactivo (hiperactivo interiormente, no exteriormente). Me gusta saber un poco de todo y por eso pretendo estudiar, dentro de lo que mi carrera me permite, un buen puñado de cosas. Esta voluntad nace de mi propia opinión, pues considero que el estudiante debe de formarse en todo lo que pueda, no solo en aquello que se le da bien. Yo elegí entrar en Bellas Artes porque consideraba que se me daba bien el dibujo y la pintura. Al menos eso me decían en casa y en clase, profesores y amigos. Luego resultó que, al entrar en la carrera, había en torno a mí muchos dibujantes, pintores, escultores y demás gente con inquietudes artísticas y culturales en general. Había gente extraordinaria, y yo era un tanto mediocre, aunque tenía unas ideas y una inquietud que me ayudaban a solventar problemas más o menos técnicos. Luego, llegaron los contactos con el exterior. Compañeros que habían salido fuera, me contaban que en otras escuelas de arte de Europa había una forma de impartir las clases bien distinta que la que se daba aquí. Al parecer, se dejaba al alumno en su taller, como si fuera ya un artista y necesitara trabajar en su propia obra. No había clases teóricas, sino tutorías, y el profesor aparecía por el lugar por donde trabajaba el alumno muy de vez en cuando. Pondré un ejemplo un poco más claro a modo de ilustración: un estudiante llega el primer día a clase de música y el profesor le dice: “Vamos a interpretar obras de Haendel, Mozart, Beethoven y Schoenberg. Además, aprenderá usted a tocar el piano porque es un instrumento clave sobre el que apoyarse para el aprendizaje musical. En él aprenderá a tocar todas las obras y, además, haremos dictados como forma de comenzar a componer en el papel”. Entonces, el alumno, dice: “Yo solo quiero tocar percusión con estas cacerolas porque es lo que mejor se me da y donde creo que tendré futuro, y, por supuesto, las obras que toque serán inventadas por mí”. Este alumno, en España, diría lo mismo, que sabe hacer “os” con un canuto, pero el profesor le diría: “No te digo que están mal tus “os” con un canuto (aunque a mí personalmente no me gustan), pero debes aprender a hacer más cosas, abrirte el abanico de posibilidades”.
Quizá el alumno termine la carrera y no sepa exactamente qué rumbo tomar puesto que no ha recibido clases prácticas para desarrollar sus “os” con canutos y ni siquiera sabe si lo que hace está bien. De aquí, no salen artistas con nombre y obra concreta desarrollada en los años de estudio, pues se considera que quien va a estudiar es porque quiere aprender, no porque lo sabe ya todo (¿para qué ir a las clases si no?). Esa especie de egocentrismo del “yo y mi obra” está menos claro que en Europa. Aquí la enseñanza es dura, pero merece la pena pasar por ella. Yo siempre rabiaré por haber hecho escultura o dibujo técnico (asignaturas para las que soy nefasto como alumno) pero reconozco que me sirvieron para conocer estos campos y tirar de ellos cuando me fuese preciso.
Conozco mis defectos y virtudes, cosa que hoy día desconocería de no haber recibido tantas críticas constructivas (aunque durante mucho tiempo las consideré destructivas) por parte de profesores y compañeros. Ahora sí veo claro mi propio “abanico” y sé hasta donde puedo llegar. Ya no me tengo en tan alta estima como antes me tenía, cuando era el mejor dibujante de todos los que no se dedicaban al dibujo tanto como lo hacía yo (cosa que cambió, como ya digo, al entrar en la facultad). Y, lo confieso, cuanto más tiempo llevaba en Bellas Artes, más me daba cuenta de que lo mío era la escritura. Esto probablemente lo descubrí al realizar asignaturas teóricas como Historia del Arte, Estética o Creatividad. Últimamente he abandonado los pinceles por las teclas de la máquina de escribir. Y no me arrepiento.

16 – 10 - 11

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