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RECUERDOS DE UN “GREENSLEEVES”

>> domingo, 30 de octubre de 2011

Se llamaba Sonia y portaba a sus espaldas un estuche de guitarra. Imaginé que dentro de él había una guitarra de verdad y no llevaba un estuche solo para impresionar (hay gente de este tipo, no es ninguna broma).
Lo primero que hice fue abrazarla. La había escuchado recitar un poema que ella misma había escrito. En él hablaba de algo tan manido como el otoño, pero su forma de describirlo resultaba tan novedosa que quien la escuchó seguramente creyó no haber oído hablar de él nunca. A mí seguía sin gustarme el tema. No obstante, me sedujo la forma en que ella, la poeta Sonia, entendía el mundo. Su visión era tan bella que me sentí tremendamente mal. ¿Y por qué mal? Sencillamente porque me di cuenta que esa belleza la estaba olvidando. Era problema mío, naturalmente. Recuerdo que una amiga me dijo en una ocasión lo siguiente: “La gente tiene miedo a la belleza”. ¡Qué gran verdad! Ella (la belleza) está ahí, pero muy pocos la aprecian, y quienes lo hacen parecen estar condenados a desaparecer al no casar bien con este mundo. La gente los mira mal o no les entienden, que para el caso es lo mismo. Ella no debía de perder esa pureza que guardaba en lo más profundo. Ella, rodeada de caricaturas terribles de El Bosco, tenía que resistir. Era como el “Cristo entre los doctores” de Durero. Algo de esto había, sin duda.
Lucía gafas, era un tanto tímida e iba a cumplir veinte años.
Los poetas abandonaron la mesa redonda cuando la hora dio a su fin. Yo me quedé esperándola, ya que seguía sentada allí, con el papel manuscrito entre sus manos.
La dije: “¿Puedo pedirte una cosa?” Ella dijo “¡Claro!” sin poner condiciones. Agradecí que no soltara aquello de “depende qué”. La cosa iba bien. Continué: “Antes que nada, te habrás dado cuenta que no he dicho nada sobre tu poema, a diferencia de los demás. ¡Son todos unos pedantes! Yo solo… solo quería darte un abrazo. Es lo que me pedía el cuerpo tras escuchar tus versos. Nada de palabras". “¿De verdad? ¡No me digas!” Nos fundimos en un abrazo. Después, ella fue la que tomó el relevo: “¿Sabes afinar una guitarra?” Solo pude decir, sin quedar mal, lo siguiente: “Toco el violín y sé afinarlo… imagino que la guitarra no será muy distinta… Al fin y al cabo, son instrumentos de cuerda ¿no? Creo que sí… ¡Además, en mi familia todos tocan la guitarra!... Todos… menos yo, claro. Debo ser la oveja negra.” Ella sonrió levemente.
Fuimos a un jardín. Allí, ella sacó el instrumento y una bolsa repleta de sobres. Eran cuerdas de repuesto para la guitarra. Por lo visto, había que hacer una limpieza en toda regla. Me excusé: “Imagino que comprenderás que no sé cambiar las cuerdas de una guitarra”. Ella entonces dijo: “Si puedes afinar una guitarra porque tocas el violín, sabrás cambiarle las cuerdas ¿no? ¡Tú lo has dicho! Son instrumentos de cuerda” Efectivamente, no había escapatoria. Comencé la mudanza. Lo primero, tratar de adivinar el mecanismo con el que las cuerdas viejas habían sido instaladas. Cuando llevaba un tiempo metido en harina, apareció un contrincante imberbe tras de mí y se dirigió a Sonia de la siguiente forma: “Pierde el tiempo (refiriéndose a mi). Se le ve inexperto en la materia…” Casi me arrancó la guitarra de las manos para hacerse el experto. Tenía en su contra lo siguiente: no sabía que las cuerdas repuestas no habían sido afinadas todavía. Así pues, hizo salir de ellas sus sonidos imperfectos y dijo: “Estas están ya casi afinadas. ¿No oís la armonía?” ¡Valiente imbécil! Me encantan este tipo de tipos que se dejan en evidencia a sí mismos.
Dos horas después, ya estaba el instrumento afinado. El imbécil se había ido haría una hora, aburrido. Ella entonces me dio las gracias. Yo la dije: “¿Cómo se puede tocar la guitarra sin saber afinarla?” a lo que me contestó: “Estaba en mi casa cuando llegué. Soy de Zaragoza y, desde que empecé la carrera, vivo en un colegio mayor. La primera vez que entré en la habitación que tenía asignada, la ví colgada en la pared”. Es curioso, esto suele pasar con las casas alquiladas de los que vienen de fuera. Siempre hay cosas que nunca piden dentro del precio, más o menos útiles. Suelen ser adornos que los dueños dejan con más o menos gusto, para dar un toque de ambientación.
Sonia cogió al guitarra y comenzó a cantar “Greensleeves”. Me hacía gracia porque “la cantaba de oído”. Me explico: La canción seguramente la había aprendido de un disco en particular, repetido una y otra vez hasta conseguir memorizar lo que contenía. No habría escuchado otras versiones de la misma canción, se habría aprendido ese “Greensleeves”. Había palabras que se había inventado por desconocimiento. Palabras que eran sobre todo sonidos sin sentido. El ritmo era el tempo del disco. Así, yo la escuchaba divertido pero a la vez respetuoso, si esto es posible. La canción me traía demasiados recuerdos. Era de esas pocas cosas en el mundo con las que uno no se permitía jugar ni permitía que jugasen los demás. Era algo demasiado serio. En esta vida cada vez hay menos cosas serias y las pocas que quedan deben defenderse a sangre y fuego. Cuando ella concluyó, me encontró pensativo. “¿Qué te sucede?” Yo solo pude decir: “Soy totalmente anacrónico”: Al no comprender el por qué de mis palabras, continué tratando de ilustrarla: “No sé. Es como si lo que a mí me gusta no pudiera compartirlo con los demás. No me siento cómodo del todo con mis amigos porque ellos no comprenden aquello que yo valoro. Naturalmente debo compartir muchas cosas con ellos porque si no, no tendría sentido estar en su compañía. Creo que soy como ese amante que no se encuentra satisfecho con su pareja pero que mientras espera algo mejor sigue con ella. En el fondo soy cobarde porque me agarro a lo seguro, porque no quiero perder lo poco que tengo para no encontrarme solo… No soporto la soledad.” Sonia dijo entonces: “A mí me sucede lo mismo. ¿Sabes? Creo que te comprendo perfectamente”. Esto es mentira, no puede ser. Nadie puede comprender a nadie del todo. Algo sí, pero no en plenitud. Cada uno somos de nuestro padre y de nuestro madre y en ello radica la originalidad de todo esto, supongo. Debe ser así.
¿Sería mucho pedir que el universo en su totalidad comprendiese mi universo particular? ¿Por qué no puede ser aquello que -según mi punto de vista- es bueno, correcto, el modelo a seguir por parte de la gente que aspira a ser humana? Aquello que uno piensa, siente... Esto sería demasiado. ¡No puedo ser tan narcisista! Yo no estoy en posesión de la verdad ni mucho menos soy un modelo a seguir, una referencia… Pero a veces pienso que esto, el como soy, me ha salvado muchas veces de mil naufragios. Ha sido mi salvavidas, mi tablón flotante. No puede ser del todo malo cuando me ha resucitado tantas veces ¿no? Claro que también tienen sus razones, su coherencia. No sé…
Sonia me había invitado a un trago en agradecimiento. Ahora mismo sostenía el vaso de plástico con el zumo de uva tan verde y amarillo como siempre lo he tomado. Me apetecía beber, ordenarle a mi mano que se acercara con el vaso a mi boca y lo inclinara para que el líquido dulzón refrescara mi garganta. Miré el reloj: ¡Qué tarde era! “Sonia, me tengo que ir. Ya nos veremos la semana que viene, en el taller”. Casi se me olvida darle los dos besos de despedida. Una semana de remordimiento llevo, deseando que llegue de nuevo el viernes para poderla ver y pedirle perdón por mi falta de tacto. Tal vez lo que me apetezca en realidad sea verla sin más. Quizá me sienta en la obligación de terminar de afinar las cuerdas… Bueno. Ya veremos lo que sucede mañana.

10 – 11 - 11

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