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>> domingo, 2 de octubre de 2011

Esta mañana de domingo la he pasado en el parque de la Dehesa de la Villa. Hoy en día, cuando la palabra “parque” resulta tan libre y puede valer hasta para un terreno de cemento con cuatro árboles plantados en sus respectivos agujeritos (se comprende que debajo del cemento todavía queda algo de tierra), este tipo de lugares resultan- al menos para mí- cuanto menos variopintos. Así también tenemos la Alameda de Osuna, la Casa de Campo e incluso el Parque del retiro, zonas en un tiempo asilvestradas y hoy domadas por el ser humano. Pero, claro, todo tiene su historia. Los monarcas (de Austria y de Borbón) necesitaban lugares donde ir a descansar después de tiempos de laboriosa actividad en la corte. Elegían estos lugares por encontrarse tan cercanos a la villa y “construían en ellos” sus particulares sueños. ¿Cómo veía la civilización al campo? Pues así, tal y como nos lo dejaron. ¡Si hasta los románticos soñaban con una naturaleza inexistente, artificial! Cuesta imaginarse a este tipo de lugares en tiempos remotos, con animales salvajes campando por sus respectos, con riachuelos y hasta con pastorcillos dueños de tierras durmiendo bajo árboles. Claro que, si no había humanidad, si la mitología se había llevado este nexo perfecto entre naturaleza pura y hombre, se creaba. Así, la duquesa de Osuna, en su “Capricho”, ordenó construir una ermita y ordenó que en ella viviese un ermitaño. Así, durante sus paseos, podría encontrarse graciosamente con él o espiarlo meditar desde el vano de un ventanuco. La civilización, con su manía de crecer, iba acotando los bosques y los prados hasta reducirlos a lugares rodeados por una verja que indicaba una entrada y una salida. ¡Y la guerra! Todos ellos fueron testigos de ellas: desde la napoleónica a la civil. Hoy, estos parajes resultan islas en mitad de toda esta marabunta cívica.
Así, entre todo este berenjenal, paseo con un libro bajo el brazo: “El perfume” de Patrick Süskind. Hablando de ermitaños, he aquí una prueba de escritor con aspiraciones frugales en la vida. Así como Salinger, de Süskind apenas conocemos cosas. Ha publicado una serie de obras que pueden contarse con los dedos de una mano. Esto es lo que más admiro: escribir tres cosas, pero bien escritas. Juan Rulfo, parece ser que escribió más, pero lo mismo da para sus lectores ya que las quemó. La autoexigencia en el oficio llega a puntos insospechables. Más, a pesar de todo ello ¡cómo me gustaría tener a mí, por lo menos, concluida una sola obra y sentirme orgullosa de ella! Quien escribe sabe de lo que estoy hablando. Solo unos pocos elegidos pueden enarbolar este estandarte incluso con orgullo. Penosa tarea, la del escritor. Hay que desconfiar de ellos, pues incluso a sí mismos se traicionan. Un día escriben, otro borran. Andan un paso y desandan tres. Escribir mucho no indica que se escribe bien. Con el paso de los años, he descubierto que me manejo mejor en las distancias cortas, en los escritos breves (pero concisos). Otro elemento importante es el de la escritura pura, límpida, que no reviste la mínima dificultad para ser leída sin sufrir trompicones. La sencillez en la expresión, esto es crucial. Tanto Süskind como otros autores que han pasado recientemente por mi mesa de lectura, por ejemplo Sándor Márai o Lajos Zilahy. Estos dos autores tienen, a mi juicio, muchas cosas en común: para empezar, el sosiego de su literatura. Esa meditación extraña que remite a tiempos anteriores, cuando todo este mundo parecía tener todavía la oportunidad de redimirse. Es decir, antes de la Segunda Guerra Mundial. Cuando Europa parecía otra bien distinta de la que fue y es. También he de decir una cosa en contra de todo esto: Quizá esta crítica pueda caer en saco roto, pues desconozco la literatura original de estos autores. Son los traductores los que les han hecho hablar para mí. No obstante, si no confiamos en los traductores ¿en quién vamos a creer?
Por el momento, contemplando toda esta campiña, creo que ya no habrá ni más Felipes Cuartos, ni más Carlos Terceros, ni más Konrads y Henriks (los dos amigos de "El último encuentro"). Se acabó aquella nobleza y burguesía que combatía la nostalgia cazando.
El terrible protagonista de “El perfume”, Grenouille, tiene por otra parte algo que envidio: la seguridad de que, por sus dotes casi sobrenaturales, está condenado a ejercer una tarea, y que va a llevarla a cabo mejor que los que trabajan en ella. Cualquier perfumista querría tener la cualidad olfativa de este ser, mitad hombre mitad “monstruo” (como así lo define Süskind). Yo, la verdad, no se a donde voy y si he escogido en este largo viaje la embarcación correcta. He tirado la moneda al aire y ha caído por el borde (un borde de esos que ya no se hacen, que se encuentra fuera de la circulación). Eso, al menos, me tranquiliza momentáneamente. Quisiera pensar que a mí no me hicieron en la fábrica de moneda y timbre, sino que fui concebido en un lugar secreto, por las manos de un artesano desengañado de su oficio.

2 – 10 - 11

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