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EL “NEO-NEANDERTHALISMO” DE CARMINA BURANA

>> lunes, 3 de octubre de 2011



Parecía que el teatro iba a venirse a bajo, literalmente. Los aplausos parecían no tener fin y los bravos se sucedían, uno tras otro, con la mayor naturalidad del mundo. Yo fui uno de los últimos en abandonar el auditorio. Parecía estar como asimilando todo lo que había visto y oído. Preso de un gran sentimiento de euforia, comencé a caminar tan rápido que lo siguiente habría sido correr. Así, fui adelantando a todos los que habían salido antes que yo, hasta llegar al primero de todos y superarlo. Les dejé atrás y sentí ese sentimiento extraño, como si hubiese adelantado a toda una procesión, a todo un desfile festivo. ¡Colectivo!
Todavía resonaban los últimos compases de “Carmina Burana” en mi cabeza. Esta, había sido la última de tres piezas, y yo solo era capaz de recordar esta. Las dos anteriores, habían resultado (no solo para mí) sino para los demás- aunque en el fondo no lo terminaran de reconocer) insignificantes, indignas de preceder a esta gran obra. Con el aplauso verdadero final, aquel imposible de contener, parecía darse un pequeño escarmiento a estas dos obras que previamente se habían escuchado. Parecía resaltarse el viaje sin rumbo que la música contemporánea “actual” (concretándolo así me entiendo mejor) se encontraba atravesando. Una música viva gracias a las subvenciones uy a los encargos… Se ha demostrado que, en su intento de renovar el panorama musical sinfónico, ha fracasado. Una mujer que tenía a mi izquierda remarcaba este discurso, mirando a un lado y a otro cómo la gente aplaudía, casi indignada. Dijo en voz alta: “¿Pero por qué aplaudís? ¡Si es horrible!” Parece que cada vez más la música está haciendo por alejarse del público, por volverse elitista buscando justamente lo contrario, la “verdad”. Esa “verdad” la hemos escuchado en “Carmina Burana”. Y, es que, la música contemporánea “actual”, es capaz de volver clásico, asequible para todo el mundo, a Britten, Debussy o Poulenc. Incluso resultan juguetones a los ojos de todo el mundo, sin distinción alguna. Esa verdad de Carmina Burana (que no es un nombre de mujer sino que significa “Cantos de taberna”) es capaz de hermanar al más hipócrita. La voz que resuena en ese pueblo, reunido en torno a una mesa llena de jarras de cerveza, dice todo aquello que el mundo conoce pero que no quiere oír: aquí se mezcla la pasión, la alegría, la tristeza, la soledad… En una sola palabra: la carnalidad humana. Todo lo que pueda expresar sin miedo a censuras (a sus propias censuras) está aquí. Por eso ríe, canta, teme, llora, se enfurece, tratando de comprender al hombre y al mundo. Olvida ese mundo racional que ha construido en torno suyo. Los monarcas, los clérigos, los mendigos, los pícaros, los asesinos, los violadores, los ladrones, los enamoradizos… todos están aquí y cantan a la vez. Una vez arrojadas las máscaras, pueden brindar, saltar y bailar, pues se han despojado de sus ceñidas vestimentas.



Esos cuadros de Brueguel, esa música de Orff, trata de reflejar todo aquello, pero es imposible. No existe reproducción fiel que atestigüe lo que el ser humano siente, precisamente despojado de una racionalidad que no hace más que corromperle, de engañarle en su esencia. Los cantos populares del siglo XIII en la geografía germana, aparecen aquí con una especie de grito arcaico que solo puede comprenderse mediante la estridencia terrible de la percusión. Aquí están las bocas desdentadas, los olores exentos de perfume, los fluidos corriendo aquí y allá dentro de los cuerpos, las acciones más que las palabras, las sonrisas continuando por los gritos… Y todo esto, lo rechaza el bueno de Stravinski. No soporta que Orff hable de él para hablar de su música. El primitivismo de “La consagración de la Primavera”, parece ser, no puede ser comparado por este festival orgiástico. El compositor ruso define la música de Carl Orff como “Neo-neanderthalismo”. Como si esto fuese negativo. Nunca he terminado de comprender a Stravinsky: él mismo, que sufrió en sus propias carnes el rechazo del público, que no comprendía su música, que no quería asumir esos lazos que al hombre con su subconsciente colectivo, con su capa subterránea más profunda… él, era capaz de arremeter contra Orff y su “Carmina Burana”. Creo que, ni con Stravinsky, he sentido lo que he sentido hoy, y me importa un comino lo que pueda decirse en contra. Si algo ha conseguido Orff ha sido unir a todos aquellos amantes de la música en una sola voz, y creo que Stravinsky, con toda su música cargada de intelectualidad, no consiguió resonar nunca como esto. Orff ha conseguido, con una sola obra, erigirse con su nombre en las letras doradas del testamento musical… ese que ha ido poco a poco llenándose hasta la época actual, donde parece que se ha saciado y ya no acepta a más difuntos. “Carmina Burana”, incluso se ha puesto por encima de Orff, cosa que nunca conseguirá ninguna obra de Stravinsky, porque él, el personaje, irá siempre por delante.
En el concierto, los niños, los tipos rectos, los distraídos, los maleducados, los nostálgicos, los aspirantes a compositores o a instrumentistas y directores, se han hermanado hoy más que nunca. Así se escribe la historia, y la “verdad” refulge, haciendo acto de presencia, mostrando la música más viva que nunca. No toda, claro. Esa música clásica que, sin resultar pretenciosa, se encuentra tan cargada de aquello de lo que la cultura se ha nutrido siempre: la incertidumbre del ser humano simplemente por ser lo que es. Así, todos lo sentimientos posibles han afluido a mí: un tiempo de felicidad, otro de temor, otro de enfado, otro de ternura… todo fue pasando por mi despacho y se aireó a gusto. Y allí estaba yo, tras la mesa, en actitud receptora, deseoso de abrir la puerta a cualquiera, porque todos eran yo.

3 – 9 - 11

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