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MEMORIA DE NONELL

>> miércoles, 26 de octubre de 2011



Dice el dicho que el viento de Madrid mata una vieja pero no apaga un candil. En estos días en que Octubre toca a su fin, la trompeta otoñal- que parecía haberse quedado sin músico que la tocara- hace acto de presencia. Suena a dos carrillos hinchados y parece que tiene prisa por recuperar el mes perdido desde que las vacaciones estivales tuvieron que ser despedidas a la fuerza por el “homo veraneantus”. Aunque no soy hombre mujeriego siempre he tenido una buena falda bajo la que ocultarme. Ya, de pequeño, faltando la de la madre, tenía la de la mesa camilla, en la cual entraba e imaginaba protegerme de las inclemencias del tiempo. Aquella era mi casa y fuera de esta soplaba el viento, caía una buena tromba de agua, los truenos hacían el mayor ruido posible y el granizo atacaba a las techumbres. Esta “casa” ficticia que se encontraba dentro de otra casa (esta verdadera) era el lugar idóneo donde pasar las tardes y noches de los fines de semana. Desaparecer ante los ojos de los demás resultaba algo interesante a desarrollar más allá de aquellos juegos como aquel llamado de “Tinieblas”. Estos, mucho más convencionales, siempre tenían momento de caducidad como el de cuando se iban los amigos que invitabas a tu casa. Poco a poco, iban viniendo las madres y se los llevaban. Poco a poco, me iba entristeciendo porque creía que iba a acabarse el juego. Pero, entonces, me decía “¡qué caray! Soy hijo único ¡ya inventaré algo para la soledad!” Y, entonces, me acordaba de la mesa camilla. Cada día, me inventaba una casa nueva dentro de ella. La inundaba con trastos de fuera. Entonces, la casa real amenazaba con quedarse vacía para decorar aquella otra mía, donde nadie más entraba. Mi bastión inexpugnable. Cuando veía moverse aquellas faldas, temblaba. En otra ocasión, durante fiestas de Estella, uno de los mozos que llevaba un gigante en uno de los pasacalles, me invitó a entrar dentro de él. Era yo también niño y ni me lo pensé. Sabía que podría pasar vergüenza porque todo el mundo miraría a ese gigante de cuatro pies, pero por otro lado me reconfortaba que ellos no me podrían ver. Yo, en cambio, les veía a todos a través del rectángulo de tela transparente que el gigantero tenía ante sus ojos para avanzar por el camino. Las faldas volvieron a aparecer años más tarde durante una procesión de Semana Santa en Lucena. Los cofrades de un paso histórico me invitaron a entrar debajo de él. Pasé entre telas y faroles y me llegué hasta donde estaban los costaleros, que me saludaron. En este caso, nos encontrábamos en un descanso de la procesión y estaba todo quieto. Fue otra experiencia única, de esas que no se olvidan nunca. Volvemos al día de hoy. Jueves 27 de Octubre a las ocho de la tarde. Las faldas se han metamorfoseado por otros lugares. Ahora, me escondo de una forma más depurada. Me han invitado a un club que, aunque es de conocimiento público, yo sigo pensando que es secreto. “Círculo de escritores y artistas”, allá en la calle Leganitos en Madrid, cerca de Plaza de España. A aquel lugar solo acuden nostálgicos del romanticismo y todos sobrepasan los sesenta años. Algo extraño ocurre allí. Parece que el tiempo no ha pasado. De las paredes cuelgan lienzos de miembros honoríficos, a saber: Canalejas el político, Bretón el compositor, Benlliure el escultor… Hasta los cuadros más recientes han sido realizando siguiendo la estética del diecinueve. Hasta aquí no llegaron los restauradores de arte, pues hay retratos que parecen condenados a descomponerse craquelados. Por supuesto, la gente que ayuda a mantener vivo este lugar- sito en un piso normal de una casa de más de cien años- se han olvidado de renovar, hace mucho tiempo, sus gustos estéticos. Aquí me escondo hoy. José Sánchez Carralero da una conferencia aquí en este mismo momento. ¿Qué es lo que me ha llevado hasta este lugar a estas horas? Dos cosas: el tema del que se va a hablar y quien va a dirigirse a la ilustre concurrencia. El ponente es mi profesor de pintura de este año, aunque en realidad hasta hace una semana creía que no iba a tenerle. Yo no estaba en pintura sino en otra asignatura sobre diseño gráfico. El problema es que a la Facultad no debió de gustarle que cursara esta asignatura- ni yo mismo creía creíble haberla escogido- y recibí una carta anulándomela. Tenía pues que coger otra, y hete aquí que encontré esta asignatura de pintura de paisaje mal llamada “Investigación plástica”. Tenía que ponerme al día en la nueva clase. Los alumnos que ya estaban en ella llevaban trabajando duro desde que comenzó el curso hará un mes. Mi situación era crítica: tenía que pintar en una semana lo que los demás habían hecho en casi cuatro. Faltándome tiempo por todos lados, tuve la idea suicida de permitirme acudir a esta ponencia sobre Nonell. Una noche parda y fría de Octubre, encaminaba mis pasos hacia aquel lugar histórico ajeno al paso del tiempo. En un momento del arte en el que toda obra tiene que llevar consigo una importante carga conceptual, donde todo tiene que estar justificado, un profesor de pintura defiende las palabras de un pintor catalán de hace un siglo que decían “yo pinto porque sí”. La pintura de Isidre Nonell hacía que el resto de obras colgadas en una galería parecieran una cursilada. Él, que traía una verdad incómoda retratando siempre a aquellos más desfavorecidos por la sociedad, consiguió que la burguesía pidiera para él la reclusión en prisión (los más exacerbados), en un sanatorio mental (aquellos más moderados) o simplemente la inhabilitación como pintor (estos, los más razonables). Él, que un año antes de morir logró el reconocimiento, decidió (para dar en las narices a la crítica, imagino) dar un giro a su temática limitándose a pintar simplemente bodegones de pescados y manzanas. Nonell, que formó parte del grupo de artistas denominados “del azafrán” (por los tonos amarillos de sus obras) tenía un estilo propio que bebía, a su vez, de muchos (hay reminiscencias de “Els Quatre Gats” modernista, del Van Gogh de “Los comedores de patatas”, del Degas de las obras de pastel, del Solana más crudo…E, incluso, en su serie de “Cretinos”, podía advertirse una aire a las estampas japonesas antiguas tan en boga desde los impresionistas. Su pintura oscura podría denominarse, más que de colores, de brillos y negros. Nonell tuvo la necesidad de sobrevivir sin renunciar a su esencia. Esto es lo que le define y esto es lo que me deslumbra de él. Quisiera ser como Nonell si este hubiese nacido en el siglo XXI. Oscuro y a la vez totalmente límpido, secreto aunque público, desconocido aunque presente en las enciclopedias. Toda una personalidad.
30 – 10 - 11

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