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EL SILENCIO ANTES DE BACH (DIE STILLE VOR BACH)

>> domingo, 30 de octubre de 2011

Pere Portabel

la sigue siendo, a día de hoy, un innovador. Sus trabajos continúan sorprendiendo al público. Si tratásemos de encontrar una sola causa, bien podría ser la de la radicalidad en los planteamientos audiovisuales. A sus más de ochenta años, sigue siendo un enfant terrible con una sola máxima: hacer lo que todavía no se ha hecho. El cine de Portabella es un cine sin argumentos. Aparentemente no hay nada que contar, no existe trama posible. Lo que permanecen son las ideas, el pensamiento. La mirada crítica. En el 2007 realizó “El silencio antes de Bach”, un filme donde solo cabe Bach, e incluso solamente su música. Como dice uno de los personajes, Dios no habría representado lo que representó para el hombre de no ser por la música de Bach. Él, que fue sobre todo un funcionario, un mandado que debía hacer música como una máquina fabrica productos para la demanda humana. Él, que empeñó su vista salpicando de notas los pentagramas. Todo ese trabajo, toda aquella inspiración a la que solo algunos pocos tenían acceso, terminaba olvidada una vez cumplido su uso oficial. Una vez interpretada para los actos oficiales, toda esa abstracción sonora quedaba relegada a servir de envoltorio para envolver pescado en los mercados. Fue Mendelssohn, gran admirador de Bach, quien rescató gran parte del legado de Bach que parecía condenado a su aniquilación. La película muestra bien este momento histórico (concretamente, el hallazgo de “la Pasión según San Mateo”), además de otros similares (incluyendo algunas escenas en la vida de Bach en la que podemos verle dando una clase de música a su hijo Christoph Friedrich, interpretando al órgano en santo Tomás su “Preludio en la menor BWV 543” o entregando las “Variaciones Goldberg”) aunque dispares en su conjunto. Los personajes que pululan en la película parecen meros transmisores de la música del genio alemán (el cuerpo de aquella joven instrumentista en la ducha puede recordarnos, por sus formas, al del chelo que toca- como el violín de Ingres de Man Ray). A través de diversos momentos en el tiempo y en el espacio, podemos escuchar diferentes fragmentos musicales interpretados por individuos más o menos anónimos. Así, por ejemplo, se nos presenta un vagón de metro en Dresde (lugar en el que Bach fijó su residencia y compuso parte de sus obras) en el que podemos escuchar, interpretado por los instrumentos de unos viajeros muy peculiares, el “Preludio de la Primera Suite para Violonchelo”. Otros momentos interesantes nos los brinda un camionero que se dedica a transportar pianos y que en sus ratos libres interpreta piezas de Bach a la harmónica o al fagot. Pero, como ya decíamos antes, la propia música es la verdadera protagonista, y por ello no nos extraña ver, al comienzo del film, como de un espacio interior amplio, vacío y blanco, por el que se desplaza la cámara, surge de pronto un piano mecánico que interpreta la propia música sin necesidad de presencia humana para tal fin. Impresionante, por cierto, otra bella imagen de un piano cayendo al mar y representando el horror de la guerra y cómo esta puede convertir la música en un infierno (concretamente cuando en los campos de concentración hacían sonar piezas clásicas). ¿La historia de Bach resulta verdaderamente interesante o es más bien su legado lo que verdaderamente importa? Esto podemos preguntarnos cuando comenzamos a sospechar de los datos biográficos sobre el músico que Portabella nos presenta. Podríamos atrevernos a decir que la música puede existir sin necesidad del hombre, pero que el hombre necesariamente debe de necesitar de la música para vivir.

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