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LA REGLA DEL JUEGO

>> miércoles, 14 de diciembre de 2011

En palabras de su director, Jean Renoir, cuando en 1938 decidió filmar “La regla del juego” pensó en hacer una película agradable y a la vez crítica. Agradable en un sentido clásico, empleando música de Mozart e influencias como Beaumarchais (“Las bodas de Fígaro”), Molière, Marivaux y concretamente en “Los caprichos de Marianne” de Musset. Y crítica en cuanto a mostrar una sociedad podrida que solo podía conducir a una catástrofe. Y, efectivamente, esto es lo que sucede en el film. Las aventuras de unos individuos pertenecientes a la alta sociedad acaban convirtiéndose en desventuras. El nexo que une las diferentes historias son las aventuras amorosas que entre ellos suceden. Todo se limita a un mero juego, pero hasta este tipo de juego tiene sus reglas dentro del mundo en el que se desenvuelven. Los personajes de la trama son descritos con absoluta simpleza. Todos ellos funcionan con la sencillez del mecanismo de un chupete. No obstante, dentro de esta ingenuidad se esconde algo verdaderamente complejo. Renoir es capaz de mostrar los engranajes secretos que rigen las relaciones humanas con un lenguaje cinematográfico admirable. En cierta forma, “La regla del juego” podría remitirnos a otro filme clásico: “El ángel exterminador” de Luis Buñuel. A pesar de que al aragonés no le faltaba sentido del humor, el profundo dramatismo con el que tejió esta joya del cine mexicano quizá le separe de ese otro drama subterráneo que es el film de Renoir. El humor implícito de “El ángel exterminador” se vuelve explícito en “la regla del juego”. “¿Qué por qué considero polémica mi película? Pues sencillamente porque el día de su estreno, un espectador desde su butaca comenzó a prender unos papeles con fuego con la intención de incendiar la sala de proyección”. No pareció sentar muy bien la visión que Renoir mostró de la alta sociedad (las críticas fueron demoledoras). También es verdad que cuando la película se estrenó, el mundo se encontraba en guerra. Además, el sentido del film no fue del todo entendido por el público, encontrándolo ciertamente ambiguo. Renoir reconoció en su autobiografía que uno de los motivos que le habían inspirado a la hora de rodar había sido “las intrigas amorosas de mis amigos, para quienes éstas eran su única razón de ser”. Esta visión de un amour fou reglado (valga la paradoja) por jerarquías, convenciones y protocolos, sufrió la mutilación de la tijera durante los definitivos montajes y solo en 1959, cuando se encontraron las latas con el material desechado, puedo reconstruirse aproximándose a lo que pudo ser la cinta original. Hoy en día, “La regla del juego” se considera una de las mejores cintas de la Historia del Cine. Renoir encontró una nueva forma de narrar dentro de un cine que estaba todavía formándose, buscando su propio sentido. Algunas de las características del director francés son sus planos largos, la profundidad de campo, su visión teatral en la narración o la fluidez de la acción debida en gran parte a la frescura de los personajes. Él mismo, como ya hizo en alguna ocasión, tomó parte del juego y se disfrazó para actuar con un papel en su película. Así, se convirtió, a la par que en narrador, en testigo directo de los sucesos. Octave, que así se llama, se encuentra en contacto tanto con la gente de clase acomodada como aquella otra a la que pertenecen los criados y demás gente de menor rango social. Les conoce y extrae de cada uno de ellos el por qué de su forma de actuar. Aunque es cierto que a todos ellos les une esta suerte de juegos amorosos, hay otra serie de cosas que todos tienen en común y que pertenecen al ámbito de la forma de ser, como son la hipocresía y el cinismo. Este círculo vicioso, según Renoir, solo puede devenir en tragedia. Dicha reflexión es precisamente la que plantea al espectador: “Desde las primeras proyecciones me veía asaltado por la duda. Es una película de guerra y, sin embargo, no aparece una sola alusión a la guerra. Bajo su apariencia benigna, la historia atacaba a la estructura misma de nuestra sociedad. Y no obstante, al principio no había querido presentar al público una obra de vanguardia, sino una peliculita normal. La gente entraba al cine con la idea de distraerse de sus preocupaciones, pero nada de eso, yo los sumergía en sus propios problemas (…). La película describía a unos personajes agradables y simpáticos, pero representaba a una sociedad en descomposición. Se reconocían a sí mismos. A la gente que se suicida no le gusta hacerlo ante testigos”.

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