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UNA PLACA CONMEMORATIVA

>> lunes, 30 de enero de 2012

A Bryce Echenique

Serían las once de la mañana cuando dos hombres vestidos con mono azul llegaron hasta la fachada de la casa. Traían una escalera que pusieron contra el muro. Mientras uno la sujetaba, el otro clavaba con martillo y clavos entre una ventana y la puerta del portal un cartel de latón que decía así: “En esta casa vivió L. M. N., hombre inquietó que trató de ser renacentista en el siglo XX y que hizo un poco de todo y nada de nada.” Pronto la gente comenzó a arremolinarse en torno al acontecimiento. Hasta un loro fue a posarse sobre la placa una vez que esta fue instalada. Un niño de seis años que iba de la mano de su padre observaba fijamente al loro. No le importaba nada lo que la gente adulta miraba. Solo veía al pájaro y graciosamente repetía una misma consigna: “Gallino, gallino, gallino”. En su todavía ingenuo conocimiento de las palabras, gustaba de cambiar el género de masculino a femenino y viceversa porque así le salían palabras divertidas. Ninguno de los que por ahí pararon sabía quién era L.M.N (Leocadio Manzanares Núñez en realidad, pero es que la placa era tan chiquita que poner el nombre entero habría resultado imposible). Los vecinos acababan de enterarse de que, entre ellos, había vivido un tipo insigne. Aquel al que ahora reconocía el ayuntamiento había sido siempre muy discreto (a esto hay que añadirle que en España, si alguien quiere ser reconocido, ha de irse fuera y triunfar y luego volver). La fama de Leocadio no me interesa en absoluto. Sobresalió simplemente porque tenía cosas más interesantes que decir respecto al resto de mediocres que conformaban su generación cultural. Nos encontramos en una época mediocre. Cuando las cosas habían ido mal siempre había renacido la cultura: El Siglo de Oro, La Generación del 98… Pero ahora no había nada que decir, por lo que se veía. Una cultura mediocre para un momento mediocre. Lo que a mí me interesa es la tienda que había debajo de aquella placa. Una tienda de ropa también mediocre. En su escaparate colgaban prendas que pujaban por pudrirse día tras día. Había, por ejemplo, un par de prendas que pendían de la pared y que llevarían treinta años haciéndose viejas ahí puestas. Si el color fue marrón en un primer momento, ahora se había vuelto amarillo. Leocadio pasaba cada día por delante del escaparate antes de entrar por la puerta de casa. Él estaba enamorado de aquellas medias. Cosa extraña, no las encontraba mediocres. De hecho, necesitaba unas piernas femeninas que las hicieran justicia. “Si no encuentro mujer a quien ponérselas, al final acabaré comprándolas para ponérmelas yo.” Y así fue. Un día se armó de valor y se vistió de mujer para entrar en la tienda y comprarlas. Miró a la dependienta, una bella mujer que estaba echándose a perder en aquel lugar igual que aquellas medias tan “fascinantes”, y le dijo en voz baja, haciendo casi falsete: “Por favor… Me interesan esas… medias… las del escaparate…marrones”. Temía ser descubierto. La dependienta le miró con ojos golositos y pensó: “Este imbécil no sabe cómo decirme que quiere regalarme esas medias.” Leocadio, que tenía que terminar una novela todavía, había comenzado a pensar en el primer capítulo de la misma. Empezaba a dudar de la calidad del inicio de su obra literaria y temía que por eso mismo no le pagasen por el trabajo hecho. Ya no pensaba en mujeres, por tanto (ni en ella- que en realidad era él- ni en la dependienta, que en realidad también sabía que era un hombre- y, concretamente, esa especie llamada “hombre-payaso”). “Esas medias no se venden, caballero”. Lo de “caballero” lo dijo sin querer. Ella habría querido decir “señora”. Leocadio entonces dejó de pensar en trabajos pendientes y se enfadó. “¡Me ha hecho quedar en ridículo! Yo, que lo único que quería era... era". Ahora titubeaba porque no se atrevía a confesar el fin de su empresa. La respuesta fue la siguiente: “No me gustan los travestis. Respeto su personalidad pero no me gustaría convivir con un hombre que necesita vestirse de mujer porque le han faltado arrestos para decirle a una mujer a la cara que la quiere”. Leocadio lo entendió. Él tampoco hubiera querido estar consigo mismo si hubiese sido ella en vez de él (por mucho que se disfrazara cambiando de género las cosas, como aquel niño que miraba al loro y le llamaba “gallino”).
Cuando salió de la tienda miró la fachada de la casa, sin sospechar que un día habría una placa clavada allí que hablaría de él.

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Stravinsky dirige último movimiento de su obra "El pájaro de Fuego" (1965)

>> sábado, 28 de enero de 2012

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BREVE (Y SEGURAMENTE NO DEL TODO JUSTA) SEMBLANZA DE ZWEIG



Stefan Zweig es uno de esos escritores con los que mucha gente topa y lee sin saber verdaderamente a quién está leyendo. Alguien puede leer una biografía sobre María Antonieta e importarle un rábano quien la ha escrito. Yo soy de los que cree que los libros nos escogen a nosotros, y no nosotros a los libros.
¿Quién fue Stefan Zweig?
“Carta de una desconocida” o “Novela de ajedrez” son algunas de sus obras de ficción donde dejó de hablar de los demás para preguntarse a sí mismo y novelizar las conclusiones extraídas.
Zweig se hizo amigo de Strauss y juntos trataron de sacar adelante una ópera titulada “La mujer silenciosa”. Después llegó Hitler y Strauss en un principio se puso del lado del líder nacional socialista mientras que Zweig fue perseguido por sus orígenes judíos. Él y su mujer acabaron suicidándose creyendo que el mundo iba a ser dominado por los nazis. Dentro de aquel delirio no del todo delirante, el escritor pensó que era mejor que el mundo, su mundo, concluyese cuando todavía era bello. Si hubiese esperado un poquito, quizá ahora no estaríamos hablando de él tan trágicamente. No obstante, él decidió como individuo no querer ver el ocaso de la civilización y esto, en cierto modo, le honró. Alemania quedó prácticamente reducida a cenizas: Berlín, Dresde… Barbaridades de la guerra, caprichos de individuos que creyéronse poseídos del derecho a dirigir el destino del mundo. No ignoremos a la figura de Churchill, que tras su intención de acabar con la locura germanófila no dudó en bombardear y masacrar tantas vidas inocentes.
Strauss, comenzando a sospechar de que el Tercer Reich prohibiese a autores como Debussy o Mahler, terminó por caérsele la venda de los ojos cuando algún familiar suyo acabó en un campo de concentración. Cuando el Tercer Reich sucumbió y llegaron los “liberadores”, Richard Strauss estaba en el punto de mira de los que buscaban sospechosos. Finalmente, unos soldados estadounidenses llegaron hasta su casa para detenerle. Era Abril de 1945. Strauss bajó las escaleras lentamente y se autopresentó de la siguiente manera: "Soy Richard Strauss, el compositor de El Caballero de la Rosa y Salomé." Casualmente, el teniente Weiss era un apasionado de la música y le reconoció como eminencia haciendo un gesto con la cabeza. De no haberse producido esta coincidencia, tal vez este gesto un tanto narcisista le hubiese valido al músico una reacción menos gentil por parte de quien representaba ahora el orden en el mundo. En señal de agradecimiento, Strauss compuso para John de Lancy, otro de los que entraron aquel día y que casualmente era también músico (instrumentista para más señas) un concierto de oboe.
De seguro que esta historia le habría chiflado a Zweig. Yo quisiera conseguir describir escribiendo los acontecimientos históricos como lo hacía Zweig. Con su estilo lograba volverlos naturales, verosímiles (por muy paradójico que resulte). Le gustaba disfrazarse de testigo, decir: "Estuve allí, lo viví". Anovelar la realidad con un solo pretexto: Hacer interesante al lector la historia de la Historia, valga la redundancia. Trasladarse ante el pelotón que casi fusila a Dostoievski, encontrarse en casa de Haendel cuando concibió “El Mesías”…

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DOS IMÁGENES APARENTEMENTE DISCORDANTES

>> lunes, 23 de enero de 2012



Ayer no podía dormirme. Sé que este hecho no resulta en absoluto relevante (en realidad, lo verdaderamente reseñable sería más bien lo contrario). Más allá de mis problemas de insomnio, lo que verdaderamente quería referir sucedió en ese periodo entre el territorio de los vivos y el de los soñadores. En esta especie de duermevela acudieron a mi cabeza dos recuerdos: uno, el de una mujer que analizaba una de mis manos (la derecha, creo) mientras me decía: “Tu mano es bonita pero se nota que no la has dejado crecer. Tus dedos podían ser todavía más largos”. Otra, la de una tienda centenaria madrileña (cercana a la Posada del Peine) que ofrecía a sus visitantes maravillas nunca vistas. Pensaba en los largos dedos de aquella muchacha que, apenas sin conocerme, se había atrevido a realizar aquel análisis psicológico de mi persona. Pensaba en la libertad del individuo como cima imposible de culminar. Quizá haya gente que haya sabido cercenarse menos su abanico de posibilidades vitales. Gente con espíritu místico. Esto, auque parezca contradictorio, no lo es en absoluto. Bien lo supieron nuestros célebres santos: El camino de la perfección parte de la supresión de las distracciones mundanas para ejercitarse en aquello que, según ellos, valía verdaderamente la pena. No es mi intención ahondar en asuntos relacionados con el dogma. Más bien lo que pretendo es reflexionar acerca de mi experiencia como individuo. ¿Cuánto he podido limitarme en este mundo? Quizá he sido un tanto disciplinado, dejando poco margen para convertirme en Robinson Crusoe. A lo mejor me he conformado con ser Daniel Defoe y escribir sobre su vida, sus aventuras. Tal vez he pensado en algún momento en el pintor alemán romántico por excelencia: Friedrich. Quizá no he sacado nunca mi caballete al campo y todas esas maravillas que reflejan mis cuadros han sido pintadas dentro de mi estudio, de espaldas a una ventana al exterior. Quizá esos escenarios nunca existieron. Quizá el romanticismo sea un invento necesario. Entonces recuerdo esa imagen anterior que parecía tan contradictoria respecto a esta primera: la de aquella tienda en la que podían adquirirse tarritos dentro de los cuales había mujeres diminutas…
Pongo ante mí estas dos evocaciones: la de la chica de los dedos largos y la de la tienda maravillosa. Quizá sean la misma cosa.
El otro día encontré un puestecito cuyo dueño vendía postales de principios de siglo XX. En ella, aparecían personas retratadas en estudio (cantantes que fueron muy conocidas en esa época, como la Fornarina), también imágenes de parejas de enamorados regalándose flores o intercambiando castos besos. Por último, estaban esas composiciones tan del gusto de los surrealistas donde aparecían mujeres en pose de pensar, y sobre ellas su pensamiento en miniatura (por ejemplo, ella en compañía de su amado en un bosque encantado). Mientras curioseaba en aquella cajita de postales, una voz me dijo: “Toma, quizá esta te interese”. Y una nueva postal cayó sobre las que estaba mirando. Aquel hombre había estado observándome durante un tiempo y le interesaba hablar conmigo. “Mi padre fue uno de los grandes iluminadores de Madrid”. Solo me dio su apellido: “Peinado”. “Mi padre coloreaba fotografías en blanco y negro. Luego, cuando el color llegó a las fotografías, su labor quedó extinguida.” Me dio un dato: “El hotel Wellington”. Al parecer, este conservaba fotografías enmarcadas en cada una de sus paredes hechas por Peinado, su padre. Luego, cogió una postal y comenzó a leer lo que había en su reverso. Algo de este tipo: “El pensamiento de tus labios ardientes aminora el tiempo que queda para volver a verte, preciado y casto tesoro”. Yo pensé: Esto ahora lo dices a la persona que amas y te pregunta: “¿Te ocurre algo? ¿Qué te ha sentado mal?

“Mi padre entraba en una tienda de vez en cuando, cerca de la Posada del Peine, a curiosear. Le pedía (esto era una rareza suya) a mi madre que se quedase fuera mientras él entraba en aquel territorio misterioso. Ella aguantaba estoicamente la prueba que le ponía su marido.” Dentro de aquella tienda me contó lo que antes he mencionado, aquellos tarros de cristal cuyo contenido eran mujeres diminutas. Un simple truco de carácter fotográfico. Una maravilla. Después, fotografías de mujeres sujetando en la palma de su mano al hombre de sus amores. Este, era ahora el ser minúsculo, casi microscópico. ¿Quién no ha visto estas fantasmagorías de pequeño y ha pensado que quería dedicarse a aquello de mayor? Incluso las fotografías repintadas de mil colores tenían su encanto. Recuerdo cuando vi por primera vez “El mago de Oz” y “Capitanes Intrépidos” (la versión coloreada) con pocos años. Aquellos mundos, por ser además películas, eran doblemente irreales. Buen tiempo estuve dándole vueltas a aquello. No podía ser película en color. Entonces ¿qué podía ser? ¿Qué sentido tenía colorear una película? Por aquel entonces, desconocía que el cine hubiese nacido, al igual que la fotografía, en blanco y negro. Había en casa, de hecho, una fotografía muy antigua de estudio enmarcada de mi abuela. También en este caso me devanaba los sesos por tratar de adivinar qué podía ser aquello. En este caso, además, barajaba la posibilidad de que aquello fuera un cuadro y no una foto. Pero era demasiado perfecto.
Alguna vez me contó también mi padre que tenían en su casa cuando él era pequeño a un vecino que tenía como segundo oficio hacer jerseys a mano. La primera cosa a la que se dedicaba (y de la cual no podía vivir) era de retocar fotografía de estudio. Con una cuchilla Gillette iba interviniendo en las fotos. Trabajaba sustrayendo material. Así las “pintaba”. ¿Cómo una persona con un oficio tan extraordinario tenía que dedicarse además a hacer jerseys para subsistir? Mi tío abuelo, por cierto, vivía de vender ropa infantil. Tenía una tienda dedicada a este negocio. Luego, en la trastienda, se refugiaba las horas muertas para realizar reproducciones de grandes obras de arte. Tenemos en casa, por ejemplo, “La Adoración de los Magos” de Maíno hecha por Eduardo Montes, que así se llamaba, con lápices alpino.



Él había comenzando publicando artículos y dibujos en ABC, y se había sacado de la manga un nuevo estilo influenciado por los dibujos de Penagos que se encontraba entre la vanguardia de Tamara de Lempicka y el estilo del cubismo. Conseguía seccionar las cosas por planos, volverlas geométricas sin que estas perdieran su naturaleza imperfecta más allá de las frías rectas. Luego llegó la guerra y le obligaron a militar en el bando perdedor. Él, que la única arma que utilizó en su vida fue el lápiz y el pincel. Después la cárcel. Luego, la libertad y la vuelta a la vida normal. La tienda de ropa infantil. Sus intereses por las ciencias ocultas, la admiración hacia Krishnamurti (llegó a emprender viajes con su mujer en seiscientos por Europa para ir allá donde el maestro indio iba y transmitía públicamente su sabiduría), su interpretación de los evangelios dándoles un sentido extraterrestre). Esta gente podría encontrarse dentro de lo que los parámetros reales permiten respecto al uso de la “libertad”. Nunca más allá. José Arcadio Buendía solo puede existir en “Cien años de soledad”. Sus quimeras están dentro del mundo ficticio que podemos recrear con nuestra imaginación. El ser humano puede viajar sin salir de casa, tiene esa facultad. Así, Kant pudo realizar mapas del mundo sin haber salido nunca de su pueblo. La libertad no es cuestión física, sino intelectual.
Creo que fue al llegar a esta conclusión cuando me dormí.

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Story Board Proyecto "Variaciones sobre un mismo tema"



























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MÚSICA CALLADA

>> sábado, 21 de enero de 2012

Susana y Alberto acababan de irse a vivir a un piso juntos. Desde los primeros días, ella se encerraba en su dormitorio sin querer saber nada del resto del mundo. La única condición que había puesto era la de no dormir a su lado, compartiendo el espacio mínimo posible de intimidad. Él, desde un principio, lo toleró medianamente bien, pero fue al par de meses cuando comenzó a agotársele la paciencia. La única afición que le entretenía en aquella casa era el piano y, cada vez que lo abría para tocar la única melodía que conocía, entraba ella en escena cerrando la tapa furiosa. Luego, se marchaba y volvía a quedar todo en calma. Entonces, él se quedaba sentado sobre la banqueta y miraba aquel extraño retrato que pendía sobre el piano, en la pared. Era el rostro de Susana, sin duda, pero algo había en él (quizá el gesto adoptado en la pose) que lo enrarecía.
Así pasaban el tiempo en aquella imposible convivencia. Ella no aceptaba la relación por una razón muy simple: no sabía por qué tenía que vivir con él. Padecía una especie de amnesia que le provocaba el no poder recordar absolutamente nada de su historia anterior. Tenía, por fuerza, que confiar en la persona con quien compartía el piso, pues gracias a él comía y dormía caliente todos los días.
En cada una de estas jornadas, con la puerta cerrada y tumbada en la cama, escuchaba a Alberto entrar y desplazarse por la casa. Como único entretenimiento tenía una caja llena de fotografías que cada día abría y repasaba meticulosamente. Ella ponía todo su empeño en tratar de reconocer a los personajes retratados en aquellas instantáneas blancoinegrinas. No en vano era tarea difícil, pues aquellos rostros parecían separarse de ella unas cuantas generaciones, representando tiempos bien lejanos. Este pasado casi borrado de la historia se presentaba como una gran prueba para Susana, un puzzle a descifrar casi imposible. Su árbol genealógico pujaba por desaparecer sin que nadie pudiera evitarlo. Ella, al parecer, la única superviviente de la familia, no era precisamente la más indicada para encontrar en todo aquello un sentido. Un día, encontró por la casa tijeras y un rotulador. Con ellos comenzó a negarse a sí misma y a su propia historia. ¿Cómo? Tachando o recortando las centenarias caras. En esto se pasaba las horas y los días, cercada por su propia reclusión. Solo cuando Alberto salía del piso al mediodía, ella salía de su encierro e iba a la cocina. Allí, le esperaba la comida que él le había preparado antes de marcharse. Tenía tres o cuatro horas de soledad en la casa. Luego, el rito volvía a repetirse con la llegada de Alberto. Por la noche, cuando este se iba a su habitación, Susana volvía a salir de la suya para cenar.
Frente a la ventana de su habitación se veía la de la casa de enfrente. En ella vivía un vecino en el que Susana se fijaba de vez en cuando. Era hombre maduro que también parecía encontrarse a todas horas en su dormitorio.
Una tarde, aquel hombre llamó a la puerta de la casa de Susana. Ella, desde su habitación, escuchó cómo Alberto se dirigía al recibidor para abrir la puerta. Enseguida, del silencio brotó una amena conversación. “¡Se conocían!” pensó alarmada. Dedujo, de las palabras que escuchó, que el vecino se llamaba Eduardo. Ahora se habían desplazado al salón para hablar más cómodamente. Ella avanzó posiciones, parapetándose tras una de las paredes de la habitación donde se encontraban los dos hombres. No tardó en percatarse de que hablaban de ella. Eduardo decía: “Espero que la estés tratando bien. En ti confío.” Alberto, trataba de reconstruir lo que había sido la relación en aquel tiempo: “Se niega a aceptar la situación actual. Soy para ella como un desconocido”. Furiosa, salió Susana de su lugar privilegiado y se impuso a los dos, que se encontraban sentados en las butacas del salón: “¿Qué pasa aquí? ¡Qué me estáis ocultando!” Aquel aturdimiento fue decisivo para que llegase el desdoblamiento. Ella, simplemente, salió de su cuerpo, dejándolo tirado en el suelo. Se vio allí, con un cuerpo que no reaccionaba a los estímulos del cerebro. Ya no veía a nadie y todo se había vuelto blanco. Luego ya no vio nada porque había perdido definitivamente la conciencia.
Hubo una vida posterior para Susana, pero no era ya consciente de nada. Había entrado en una fase de vida vegetativa sin vuelta atrás.
En este tiempo, Eduardo descubrió que Alberto le había estado engañando. Todavía recordaba el día en que había aparecido como de la nada, supuestamente ofreciéndose a ayudar: “Yo me encargaré de su hija, no se preocupe”. Acababa de suceder todo. Eduardo hacía tiempo que no sabía de él. Desde niños, él y Susana habían sido amigos. Fue durante la adolescencia cuando Alberto comenzó a sentirse atraído por ella. En cambio, Susana nunca se mostró reticente a tener una relación con él más allá de la amistosa. Esto le dolió profundamente a Alberto. Con el paso del tiempo, este fue distanciándose de ella hasta casi desaparecer de su vida. Transcurrieron los años y, entonces, sucedió la tragedia. Gracias a una amiga en común, llegó a los oídos de Alberto que Susana había entrado en un estado de amnesia fruto de un fuerte trauma sufrido recientemente: su madre se había suicidado. A Alberto se le cruzaron viejos y nuevos sentimientos y deseó volver a verla. Habló con su padre y, sin saber muy bien por qué, dijo que estaba saliendo con ella. Valiéndose de este ardid, consiguió que Eduardo le nombrara de aquí en adelante protector de Susana. Debía de vivir con ella y cuidarla. Él, su padre, no se sentía capaz de tal tarea. Les consiguió un apartamento frente a su casa para poder tenerles cerca en caso de cualquier problema. Susana comenzó entonces a rehacer su vida fuera de la casa en la que había estado viviendo hasta entonces. Parte del mobiliario para la nueva casa había sido cedido por el padre de Susana a petición de Alberto. El piano, por ejemplo, había pertenecido a la madre de Susana. Se llamaba Elsa Fiorán y había sido pianista profesional. Tocaba siempre aquella melodía que, casualmente, Alberto conocía y siempre trataba de tocar en la casa. Eran las danzas rumanas de Bartok, ese compositor con apariencia de animal asustado. El retrato sobre el piano, por tanto, era de Elsa Fiorán y no de Susana Fiorán. El padre, sintiéndose culpable de forma injusta por la muerte de su mujer, había puesto de su parte todo lo posible para tratar de hacer de la vida de su hija algo normal. No había dudado en conseguir una casa, frente a la suya, para que los “supuestos” prometidos conviviesen. Todo había fallado. Para empezar, aquel hombre nunca había sido pareja de su hija. Luego, todos aquellos enseres como el piano, el cuadro o la caja de fotografías no habían contribuido en absoluto a que la hija partiese de cero, sino que la habían estado atormentando con su pasado.
La moraleja es la siguiente: no hay personajes buenos ni malos, sino personas sujetas a sus propias circunstancias.

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LAS MIL CARCAJADAS EN LA NOCHE DEL CINE DORÉ

>> sábado, 14 de enero de 2012



Ayer volví a jugármela a cara o cruz. Había quedado con un amigo al que no veía desde hacía bastante tiempo. Su nombre era Fabio y le había conocido durante un rodaje en el que ambos participábamos. Él era Ayudante de Producción y yo Script y Ayudante de Arte. El correo que me enviaba era muy escueto y en él me proponía ir al cine para ver la reposición de una película titulada: “Mio gritos tiene la noche”, de Juan Piquer Zamora. Sin saber a lo que me atenía le dije un “sí, quiero”, rotundo. El director de la cinta era un tal Juan Piquer Simón, al cual no había oído en mi vida. Teniendo en cuenta que el cine era más bien una excusa para vernos, no le di mayor importancia. “Seguro que hasta me gusta y todo” me dije en mi más absoluta ignorancia. Del resultado de la experiencia todavía me estoy preguntando. La cuestión es que no solo la película me dejó extrañamente confundido en “no sé qué sentido” sino que el entorno en el que la vi también jugó un papel especial en todo este batiburrillo.
Como por algún lado habrá que empezar, me limitaré a aportar algunos datos primeramente sobre el film: “Mil gritos en la noche” es de esas películas muy en la onda de nuestro querido Jess Franck, es decir: Cine de terror de segunda B que juega muy hábilmente con el erotismo. A diferencia del tío Jess, que tiene en su haber biográfico la escandalosa cifra de doscientas películas hechas desde los años sesenta (era capaz de rodar siete cintas al año), Piquer era un tanto más humilde en números y su nombre no fue tan prodigado como el del maestro del los frikis (aunque sí podría perfectamente entrar, por sus características, en su escuela). Además, se observaba en su cine una seriedad a la hora de enfrentarse a los argumentos, por muy descabellados que resultaran. Por lo que me contó mi amigo Fabio, experto en el tema, otro de los Films por lo que se conoce a Piquer y que resulta de los más celebrados por parte de sus seguidores tiene por título “Slugs, muerte viscosa”, y trata de una serie de babosas negras que en un pueblo se dedican a sembrar el terror mermando considerablemente el número de los allí censados. Su cine, como ya digo, está realizado con mucho cuidado en detalles que podrían convertirlo en basura. Por ejemplo, Piquer se cuidó de rodearse de actores extranjeros y de rodar en lugares también fuera de España, haciendo uso del doblaje como herramienta para despistar al espectador a la hora de confundir su Serie B con la de cualquier otro país. La españolada no está ahí ni mucho menos. Sus tramas van mucho más allá de la chapucería de la que Ozores contaminó a nuestro país durante décadas. Él era ambicioso y jugaba en el equipo de otros referentes del terror como Chicho Ibáñez Serrador (recordemos “la residencia” o “¿Quién puede matar a un niño?”). Dentro de la ciencia ficción, su cine a veces tiene ribetes estadounidenses, recordándonos “La invasión de los ladrones de cuerpos” (o, sin irnos muy lejos, películas patrias como “El sonido prehistórico” (1964) de Nieves Conde. Este film representa otra rareza dentro de este género de serie B y su argumento tiene ribetes de “El Mundo Perdido”, solo que para ahorrarse presupuesto los dinosaurios son invisibles- aunque igual de peligrosos).



Pues bien: “Mil gritos tiene la noche” trata de un asesino en serie de jovencitas que tiene en jaque a todo un campus universitario de Estados Unidos.
La primera escena del film, donde trata de explicarse el origen de su costumbre por perseguir la carne fresca de las féminas, nos presenta un momento de su infancia en que su madre le descubre construyendo un puzzle cuyo tema es una mujer en cueros. La madre, al ser consciente de la “desviación” de su vástago, irrumpe en gritos y demás violencia nada didáctica para un chaval que comienza a sentirse adolescente. Su reacción es de lo más peculiar: Mata a su madre a hachazos y la despieza como el más hábil de los carniceros.
Pues bien, desde el público allí congregado comenzaron a sonar carcajadas incluso antes de que los inexpertos como yo nos oliésemos la tostada. A mi juicio que eran todos conocidos entre ellos y se habían reunido allí para ver una película que ya habían visto mil veces. Se les veía absolutos admiradores del director, e incluso aplaudían con generosidad a cada rato las ocurrencias de este. Digo ocurrencias porque, a pesar de parecer el film lo más académico en cuanto a lo que del género se puede esperar, este se encontraba plagado de momentos memorables que me hacían pensar: “¿Me estará tomando el pelo”? Véase un ejemplo: el asesino acaba de trocear a una muchacha con una motosierra y ha dejado los cachitos apilados en el lugar del crimen junto al arma homicida. Es entonces cuando llega la policía y comienza a analizar el lugar del crimen. Aparece por ahí el profesor de anatomía de la facultad de turno y se arrodilla a tocar la sierra mecánica. Uno de los policías le dice algo así: “No la toque porque todavía no estamos seguros de que esa haya sido el arma con la que el asesino ha cometido el crimen”. El profesor contesta: “Yo no soy un experto en estos temas, pero me parece que sí.” En otro momento, una chica, yendo por el campus por la noche, siente en su soledad que alguien le sigue. El asesino, piensa. Entonces, cuando el clímax del suspense está apunto de explotar, un tipo se la echa encima. Pronto nos damos cuenta de que se trata de un chino vestido de karateca que la emprende a patadas con ella. El tipo en cuestión es profesor de artes marciales en la facultad y andaba por allí practicando con las personas que se encontraba. Algo de lo más normal. Pero lo mejor de todo es el momento en el que el bueno de la película se encuentra en la casa del asesino y la mano de un cadáver que se encuentra tapado por la policía se lanza contra los testículos de este y se los revienta en un momento de “rigor mortis”. El bueno se pone hasta bizco.
Por más que lo intenté, no conseguía unirme al jolgorio de aquel público entregado. En un principio, cuando todavía quería creer en la seriedad de la película, sus comentarios me molestaban, me sacaban de la sala del cine. Luego, al resultar todo tan absurdo (hasta el público de la sala) solo podía quedarme callado observando el espectáculo. Una experiencia, como ya digo, inolvidable. Podían sentirse el ambiente de los primeros años del cinematógrafo, pues alguno que otro gritaba a los actores de la pantalla (a los que hacían de policías) ¡pero que está ahí, imbéciles! (refiriéndose al asesino, que se escondía de la ley tras unas cortinas).




Se ha cumplido un año del fallecimiento de Juan Piquer Simón y la Filmoteca, como es su deber, le ha tributado un homenaje recordando el aniversario. Esta pieza gore de 1982, dentro del ciclo, fue una de las que mejor resultados obtuvo en taquilla. A pesar de que mis conocimientos no pasan de lo justito en este tipo de cine, creo que esta película puede considerarse una joyita (dentro del género de películas de culto) porque, desde luego, no tiene desperdicio.

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LA FIGURA DEL NARRADOR SEGÚN BENJAMIN

>> jueves, 12 de enero de 2012



Hace un tiempo, una amiga me pidió que escribiera una historia. Esta historia debía de poder adaptarse a guión para poder, a continuación, rodarlo. Ella sería la actriz protagonista. Ella se me aparecía como Margarita Xirgu yo me sentía Fructuoso Gelabert. Me acordé entonces de “El Nocturno de Chopin”. Ideé entonces un relato que puse por nombre “Música callada” en honor al maestro Mompou. Mi idea era llevar a cabo un cuento de tintes bergmanianos e incluso antoninianos. Me interesaba hablar de las relaciones humanas y, más concretamente, de la dificultad de llevarlas a cabo en situaciones extremas. La incomunicación y, con ella, el suspense. No me interesaba, por tanto, hablar de un hecho cotidiano. Quería hablar de una historia que se encontrase en los límites de la ficción. Algo que casi resultara imposible que sucediese, salvo estando el cine de por medio. Con tales pretensiones comenzó a forjarse el proyecto.
Los hados se pusieron en nuestra contra y esta amiga tuvo que irse de España por un tiempo. Su viaje truncó toda posible realización de lo que teníamos entre manos. Pasaron casi dos años y, a punto de concluir la carrera de bellas Artes, me surgió la posibilidad de reemprender esta idea antigua que luchaba por sobrevivir en mi cabeza. La amiga había regresado y yo me encontraba con fuerzas renovadas para retomar mi labor cinematográfica. Una de las asignaturas era de audiovisual y se me presentó de nuevo la oportunidad de liarme la cámara al hombro y hacer realidad aquel boceto que dormía en uno de los cajones de mi casa. Saqué los papeles antiguos, reescribí la historia y conseguí que un compañero se ofreciera para ayudarme en las tareas de realización. Por aquel entonces llegó a mis manos un escrito de Walter Benjamin en el que hablaba sobre la figura del Narrador con mayúsculas. Ese ser que desde siempre se había encontrado en la sociedad y se había encargado de transmitir historias a quienes quisieran escucharle. Imaginé mi historia contada en la contemporaneidad por uno de estos sujetos. De haberme conocido Benjamin me habría advertido de la imposibilidad de este pensamiento. El Narrador, ya en la época en que Benjamin vivió, s encontraba de capa caída. La tradición oral hacía aguas por todos sitios. Nadie se encontraba ya interesado en transmitir por su boca lo que otros se encargaban de hacer mediante la imprenta. Los periódicos, los libros, habían despojado al “contador” del sentido de su oficio. La magia del narrador se encontraba en una cuestión muy simple: Podía contar historias absolutamente inverosímiles sin que ningún aguafiestas pusiese en duda su rigor científico. Además, sus relatos podían quedar perfectamente abiertos, dando lugar a múltiples interpretaciones por parte de quienes los escuchaban. Antes, el oyente-espectador tenía, además de un derecho, una obligación: reproducir dicha historia a otros oyentes dispuestos, a su vez, a transmitirla oralmente como él. En la contemporaneidad de Benjamin, la gente no solo había perdido el hábito del boca a boca sino que además se encontraba desprovisto de la memoria necesaria para retenerla y transmitirla. El narrador podía contar una historia muchas veces y que cada una de ellas fuese diferente. Así pudo desvirtuarse (en el mejor sentido de la palabra) la Odisea de Homero para llegar hasta nuestros días. Incluso habiendo libros, estos se encontraban a disposición de muy pocos (los elegidos, aquellos que podían interpretarlos correctamente para darlos a conocer o copiarlos). En su mayoría, pertenecían al clero. Recogidos en sus monasterios, estudiaban minuciosamente cada uno de aquellos ejemplares irrepetibles. Eran tiempos previos al invento de Gutenberg, cuando los libros se escribían manualmente y se ilustraban con miniaturas preciosistas. Alguno de aquellos afortunados aseguró que, un libro en manos de una persona inadecuada para interpretarlo, era tan peligroso como un arma. Había que saber leer los libros en voz alta y cada uno exigía casi una entonación concreta y especial.



Una historia todavía no escrita, contada casi como un hecho legendario y mítico, casi sobrenatural, resultaba todo un entretenimiento para aquellos que no tenían otra cosa que hacer que trabajar y bajar todos los días a la misma plaza para conversar con las mismas personas. El narrador llegaba al lugar en cuestión de fuera, experimentado en viajes y años, y traía historias fabulosas con las que ilustrar a aquellos ávidos de conocimiento (fuese el que fuese). La novedad. Había que saber narrar para encandilar a quien prestase oído, pues no solo bastaba contar la historia asépticamente. Este extraño, esta figura novedosa que era el narrador, representaba el acontecimiento en grado sumo.
El boca a boca funcionaba rápidamente, ejecutándose con todo el entusiasmo posible. Quien contaba vivía los hechos a transmitir. El hombre sabio, conocedor de mil historias (y de la Historia con mayúsculas, por qué no decirlo) podía también ser un personaje afincado en un lugar concreto. El sedentarismo venía después de mil aventuras nómadas. Automáticamente, el sujeto en cuestión se convertía en la persona más admirada del lugar donde diesen a parar sus huesos, allí donde hubiese decidido descansar tras una vida ajetreada.
En los tiempos actuales, todavía pueden quedar historias en el tintero. A pesar de que todas las cosas del mundo parecen amenazar a la ciudadanía con quedar plasmadas en algún lugar del ciberespacio (llamémosle Internet), aún queda la esperanza de que algún individuo longevo saque a relucir sus historias y sorprenda a las personas más jóvenes.
¿Por qué no imaginar que dos personas octogenarias se dan cita en un café para rememorar un hecho que fue noticia cuando ambos eran niños? Este hecho podría convertirse a su vez en diferentes hechos al resultar inexacto en su versión oficial. Algo así como la Historia de Psamenito según Herodoto.
Esto es lo que me interesaría contar en mi proyecto cinematográfico. Cómo una verdad puede resultar muchas y no ser ninguna a su vez.

12 – 1 – 12

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Regalo de reyes para don Pío

>> lunes, 9 de enero de 2012

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EL ESQUELETO DE LA SEÑORA MORALES

>> sábado, 7 de enero de 2012



Habrá quien a estas alturas hable todavía del cine de Luis Buñuel sin mentar a Luis Alcoriza. Habrá quien mente a Buñuel y olvide su etapa mexicana. Peor para él. Todo el mundo habla de “Un chien andalou” pero pocos se refieren a “Los olvidados” o “Ensayo de un crimen”. Corrían los años cuarenta. “Don” Luis (casi como “Sir” Olivier) había saboreado de forma temprana las mieles del éxito (o de la polémica, que en algunos casos viene a ser lo mismo). Había pasado por Francia consiguiendo asustar a la propia vanguardia que allí venía germinándose. Su surrealismo era mucho surrealismo para Bretón and company. Después, vuelve a España y consigue que el gobierno republicano se sienta incómodo sobre la visión que da de un pueblo que parece encontrarse en la Edad Media (incluso Marañón puso el grito en el cielo). ¡“Las Hurdes” si que parecían surrealistas! De allí se va a Nueva York a trabajar en la cineteca del Museo de Arte Moderno. Entre algunos de los trabajos que se le asignan, destacar el de convertir “El triunfo de la voluntad” de Riefenstahl en un alegato antinazi. De allí también se va con un puntapié en el trasero. ¿A dónde se dirige? A México. Allí, comienza su etapa “alimenticia”, esa que algunos “expertos en la materia” denigran en casi su totalidad por tratarse de un cine de calidad inferior (mejor entonces no hablemos de su etapa como productor en “Filmófono”). ¡Nada más lejos que Calanda! ¿Podría Buñuel explicarse- a pesar de muchos- sin mentar filmes como “El ángel exterminador” o “Él”? (una película tan personal que debiera de llamarse “Yo”, Oti Rodríguez Marchante dixit) se encontraba entre las preferidas de Lacan y Hitchcock.



¿Y quién estaba detrás de casi todas ellas? Luis Alcoriza, otro aragonés. En total, ocho guiones. Su pluma afilada también dio con su exilio en Méjico. Los dos colaboraron engrandeciendo el cine que allí se hacía. Formaron parte de la época dorada. Uno de los títulos más valorados por los mejicanos es sin duda “El esqueleto de la señora Morales”.
Ya no estaba Buñuel en la plantilla pero había algunos elementos que continuaban fijos, además de Alcoriza: estaba, por ejemplo, la música de Raúl Lavista (compositor cinematográfico mejicano por excelencia) y actores como Arturo de Córdova. La película puede encuadrarse dentro del género de humor negro. La “Señora Morales” en cuestión es una sorprendente Amparo Rivelles mejicanizada hasta el tuétano. Su personaje nos habla de una cierta moralidad católica que aún hoy día prevalece en sus últimos estertores. Quizá de aquí a algunos años quien vea la cinta ya no reconozca en la realidad esta forma de ser. Tal vez le parezca incluso cinematográfica. En cierto modo la película tiene un carácter exagerado y ello es debido a las situaciones cómicas que se plantean. No en vano hay momentos donde la carcajada se pierde y entonces podemos sentirnos preocupados, no ya por la situación de los personajes sino por la sociedad que los ha creado. Dichos estereotipos traspasan por arte de birlibirloque la pantalla y dejan de resultar caricaturas para convertirse en individuos que reconocemos perfectamente, que hemos visto mil veces. La parodia en sí no hace sino acentuar la realidad para hacerla todavía más palpable. Por un lado la disfrutamos al comprenderla como ficción y por otro lado nos hace reflexionar con su parte verosímil. Esa realidad puede servir perfectamente para crear un relato casi gótico en cuanto a lo psicológico se refiere.
La señora Morales es una mujer posesiva, controladora, manipuladora, en contra de cualquier tipo de diversión. Su marido, todo lo contrario a ella, vive “mortificado” en el sentido más explícito de la palabra. Está cansado de no ser correspondido por su mujer (que para colmo es tullida), la cual ve en él a un pecador. Sin embargo, esta no quiere separarse de él. “Lo que Dios ha unido, solo la muerte lo separa”. Pero no ya es solo su mujer, sino su cuñada, el marido de esta, el párroco y las beatas del lugar. Todos parecen conchabados para hacerle la vida imposible. Él, que cuanto más recto es peor le va, como diría Sade de su Justine. Por si fuera poco, posee un trabajo no muy agradable: es taxidermista. Algo así como le pasaba a la hija de Juan Simón, que nadie la quería por tener por padre a un enterrador.
El guión está basado en el cuento El misterio de Islington del galés Arthur Machen, uno de los creadores del "Horror Naturalista" y gran influencia para escritores como H. P. Lovecraft. Alcoriza, de forma astuta, adapta la historia personalizándola con un fondo de mala uva patente. La crítica mordaz se construye con un chiste tras otro. Esto contrasta con la labor de fotografía, con esa forma de colocar la cámara (aprovechando el matiz que da el blanco y negro) para transmitir sensación de inquietud, de desasosiego. La batuta de dirección cayó en manos de Rogelio A. González, realizador de gran parte de las historias de las películas de Pedro Infante.



Arturo de Córdova, vertebrador principal de toda la historia, hace de su papel un personaje legendario. Dentro de su currículum cinematográfico, esta interpretación no se escapa de esa oscuridad que tanto se empeñaban en asignarle. Hasta cuando hace de bueno tiene un límite. Podría decirse que Pablo Morales acaba convirtiéndose, a su pesar, en Arturo de Córdova. El público comprende esta transformación. El ambiente en el que se desenvuelve el personaje resulta verdaderamente oprimente. Hasta el mismísimo santo Job acabaría perdiendo los papeles. Lo que nunca aprenden los personajes encarnados por este actor de carácter es que toda maldad tiene su castigo (al menos en las películas) y ello siempre le condena, aunque paradójicamente la película sea de humor.
Una delicia oculta para muchos, como lo son también Alcoriza y las películas mejicanas de Buñuel.

7 – 1 – 12

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MONTERROSO LEE SU MICRORRELATO A UN AMIGO

>> jueves, 5 de enero de 2012

- “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.”
- …
- ¿Qué te pasa?
- Nada, que estoy esperando a que termines.
- Es que ya he terminado. Es esto.
- Es el título ¿no?
- Que no, que es todo.
- ¿Pero por qué?
- ¿No lo entiendes? Es un microrrelato…
- Un micro… o sea, que…
- Que es una historia muy breve.
- Ya… Bueno, pues vale… Pero ¿quién despertó?
- Eso da igual.
- ¿Pero cómo que da igual?...Y luego, el dinosaurio seguía…
- Estaba, “todavía estaba”… No cambies el quince por ciento de la historia.
- El dinosaurio todavía estaba ahí…
- “¡Allí”, caray! ¿Pero tú me estabas escuchando?
- Sí, pero es que me has dejado a cuadros, chico.
- Vale. ¿qué me decías?
- ¡Es que si me estás interrumpiendo cada vez que comienzo a hablar, no terminamos nunca esto! Vamos, que el microrrelato se nos hace una novela entera…
- ¿Sigues sin entenderlo?
- ¿La acción se desarrolla en la época prehistórica? ¿El sujeto es un cavernícola?
- ¿Qué sujeto? ¿El dinosaurio o…?
- ¡No, hombre! ¡El hombre!
- ¿Y quién te dice que es un hombre el que se despierta?
- ¡Joder Augusto! ¡Menuda patraña!
- ¿Cómo dices?
- ¡Que es una mierda, hombre! ¿A quién le vas a colar eso?
- Hasta ahora, a la gente a quien se lo he leído le ha gustado…
- Porque no habrán querido herir tus sentimientos o porque no querrían parecer unos ignorantes. Anda, anda, reconduce tu camino y déjate de tonterías…
- ¿Pero qué dices? ¿Eres imbécil?
- Seré imbécil pero tú eres un escritorzuelo del tres al cuarto. ¡Venga, hombre!
- ¿A que te parto la cara?
- ¡No hay cojones!
- ¡Te parto la cara y te rajo de arriba abajo!
- ¡Eso habría que verlo! ¿Tú y cuántos más?

Etc, etc.

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UN MOMENTO PARA PENSAR

Una mano negra
En un banco
También negro]
Por la noche

¿Cuánto tiempo llevaba allí
Y cuanto más pensaba estar?

Más que una mano
Veía su sombra
Desinflada…
Sin luz, no existía el color
Podía ser roja, amarilla o violeta
Pero ahora era negra…

Allí, donde los caminos se cruzan
Allí estaba el banco
Y yo me senté en él, para pensar
Cuál de los dos no tomar
¿Adónde apuntaba la mano?
¡Hacia atrás!
Regresar, retroceder, retornar
Nunca progresar, avanzar, proseguir

Esperaba algo de ella…
En ese mismo momento
Podía haberse puesto a hablar
Incluso a caminar…
Lo que desde luego no esperaba
Es que apuntara con uno de sus dedos
Una dirección. Que me apuntara a mí

Cuando sale el sol todo cambia
No hay dos caminos
Ni hay ningún banco
Y la mano, por supuesto
Es un guante… sin una mano dentro

5 – 1 – 12

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ERA ÉL

>> miércoles, 4 de enero de 2012

Miré el horario de autobuses. Todavía quedaban diez minutos para que el mío llegara, de modo que decidí pasar un momento a la farmacia para comprar caramelos que aliviaran mi dolor de garganta. Recuerdo que de niño creía que los farmacéuticos (y, en general, los señores de bata blanca que curan) tenían que ser inmunes a las enfermedades. Yo, por el contrario, disfrutaba teniendo catarros porque entonces podía tomar aquellos jarabes fabulosos de mil colores y dulces sabores. Cuando entré en la botica, no había nadie tras la barra. En la trastienda se oían voces, de modo que decidí esperar. Las trastiendas de las farmacias siempre fueron para mí como otros mundos. También de niño tenía un pensamiento mágico para esto: “Tras aquellas paredes con estantes de medicamentos que conformaban la tienda en sí, tenían que esconderse lugares secretos. Allí tenían que vivir los farmacéuticos”.
Una pareja de ancianos hizo sonar la campanita de entrada. La mujer estaba echando una reprimenda tan fuerte al marido que las dos chicas que se encontraban en la trastienda salieron siendo conscientes de que había clientes esperando. El anciano se encontraba callado, aguantando las embestidas, mientras la mujer continuaba sacando del buche todo tipo de comentarios (hasta de los que más bien debían de hacerse en la intimidad). Tenía ganas de comentar lo duro que resultaba convivir con aquel hombre al que estaba poniendo de vuelta y media. Yo me preguntaba a qué venía tanto jaleo, pues aquel tipo de pelo blanco aparentaba “ser un ser” bondadoso. Luego, pensé: “A veces las apariencias nos engañan y quien parece castigado acaba siendo castigador”. Mientras tanto, una de las dependientas se excusaba por haber tardado en aparecer. Me preguntó qué quería y le solté el encargo. Mientras iba a buscar aquellos caramelos, la bronca que tenía detrás iba a más. La mujer se había puesto a hablar conmigo. Llegué a pensar: “Ha perdido la cabeza, no sabe lo que dice”. Finalmente tuve que girarme pues la señora me había comenzado a tirar de la bufanda. “¿Usted se cree que una puede vivir con semejante bestia?” Yo no sabía qué contestarla. Miraba a la “bestia” en cuestión y me daban ganas de ir a darle un beso. Tiré por el camino menos comprometido: “No sé, señora, no puedo decirle… Compréndame, yo solo quería unos caramelos y acabo de conocerles”. La farmacéutica había vuelto y ahora me tocaba apoquinar. Salí despidiéndome de aquella gente rumbo a la parada. Era invierno y hacía un frío extraordinario. El autobús había llegado pero el conductor había salido a tomar un café. Desde fuera se le veía en el bar, sentado en la barra parloteando con el camarero. Finalmente salió con el combustible repuesto y entró en el autobús. Todavía quedaban cinco minutos para que arrancara. Cuando el conductor vio que el par de ancianos salía de la farmacia y se dirigía hacia allí, decidió abrir las puertas para que los que estábamos en la parada fuéramos pasando. Agradecí el gesto solidario del conductor. Dentro había calefacción. Los dos señores mayores entraron los primeros antes que nosotros. La mujer continuaba con su discurso de reprobación hacia el marido, pero ahora el tono había subido todavía más. Ahora lo que salía de entre sus dientes eran casi todo blasfemias. Yo me monté el tercero, tras ellos. Al sacar el carnet de identidad, observé que en el del anciano ponía en el nombre lo siguiente: “Hugo Rienmann”. ¿Hugo Rienmann? ¿De qué me sonaba? Me coloqué parapetado en las barras del pasillo, al fondo, para evitar volver a encontrarme con la señora. Los dos ancianos se sentaron casi al fondo también, por lo que temí el encuentro no deseado. Afortunadamente, este finalmente no se dio. El anciano había posado su cabeza en el hombro de la mujer, pidiendo casi misericordia. Ella le decía: “¡No te pongas así, hombre, que me haces daño! ¡Déjate de tonterías!”
Hugo Rienmann… ¡Claro, ya está! ¡Era uno de mis novelistas preferidos! Estas cosas suelen pasarme: Soy malo para recordar nombres hasta en estas circunstancias. ¡Tenía que ser él! ¿Quién más podía llamarse así? Calculé que según su biografía tenía que tener casi setenta años. Las edades coincidían.
En casa tenía casi todas sus novelas. Las había ido coleccionando con paciencia y tesón, visitando mil librerías de primera y segunda mano. Algunos de sus libros, auténticos incunables, los guardaba con tanto cuidado que incluso no me había atrevido ni a abrirlos. Como cuando de niño me regalaban cajas de lápices de colores maravillosas que tampoco me atrevía a comenzar a usar porque me daba pena gastarlos.
Recuerdo uno de sus relatos que me impresionó sobremanera. Trataba de lo siguiente:

Un tipo que se cree invidente descubre que en realidad no ha perdido la vista, sino que cuando ve es en la oscuridad. Vive de noche, claro, mientras que por el día descansa. Un auténtico búho. La gente no le comprende, es un bicho raro. Por esto, debe de esconderse en lugares poco transitados en esas horas, como los parques. Un día mata a un hombre que trata de asaltarlo. Entonces, descubre el placer de lo criminal y comienza a buscar víctimas aprovechándose de esta característica de ver en la oscuridad. Las parejas de jóvenes enamorados que acuden a este tipo de lugares precisamente por lo poco transitado de los mismos son uno de sus objetivos. A diferencias de las novelas de este tipo que se publicaban en la época de las de Rienmann, este daba a sus historias un final abierto. Siempre dejaba escapar a los “malos”. Hay que decir también que hizo mucho uso de los malos arquetípicos históricos, como los nazis. Este tipo de hombres que en la realidad abominamos, nos sirven paradójicamente de entretenimiento en la ficción. Los utilizamos en novelas y las leemos maravillados.

Debían ser casi las nueve. La luz hacia tiempo que se había ido. El autobús se detuvo. Ya estábamos casi en las afueras de la ciudad. Aquí vivía yo, en uno de esos barrios recién construidos rodeados de parques y jardines. Antes de bajarme, vi que el anciano se despedía de la mujer y se levantaba encaminándose también hacia la salida del autobús. Esta vez le vi de forma diferente. Sus ojos eran tan claros que parecían sensibles a todo. Llevaba un bastón al que hasta entonces no había dado mucha importancia. Con él se guiaba. Hasta entonces, había ido del brazo de su mujer. Al bajar a la acera comenzó a andar casi sin necesidad del bastón. Se dirigió hacia la puerta del parque que había enfrente.

4 – 1 - 12

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"Romanian Folk dances". Bela Bartok

>> martes, 3 de enero de 2012

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Es muy fea...

Lápices de colores sobre cartulina

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Pues anda que tú...

Lápices de colores sobre cartulina

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Jodorowski (dibujo con fecha de 2008)

>> lunes, 2 de enero de 2012

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"Las variaciones Marker". Isaki Lacuesta (2007) La música de piedra

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LOS SOBRINOS DEL CAPITÁN GRANT



El “filtro” es esa cosa que siempre ha estado dentro de uno pero que necesita darse a conocer con el paso de los años. No se asusten, queridos lectores: es una cosa abstracta (desde luego no estaba hablando de una víscera o algo por el estilo). En el mundo real, podemos encontrar cosas físicas con dicho nombre que poseen la misma función. Esta no es otra que la de una especie de aduana en mitad del camino que evita que ciertas cosas se “cuelen” sin permiso.
Durante la mocedad del ser humano, este no advierte qué es lo que quiere integrar dentro de sí y qué es lo que quiere desechar. Por ello da cabida a todo lo que se encuentra a su paso, porque precisamente esta abertura o apertura, esta buena disposición para entender lo que “el mundo exterior encierra”, es lo que luego nos da la experiencia. Siendo cada día más sabios, podemos decir: “Esto me interesa y esto no”. El tiempo es oro y no todo cabe en nuestra vida. Hay que seleccionar. He aquí el dilema. Qué me interesa y qué no.
Pues bien, dicho esta breve introducción creo que puedo dar comienzo al tema que hoy nos ocupa.
Hace cosa de un par de años una amiga me invitó al teatro. Esta persona coincidía con mi filtro y ello me animó todavía más a aceptar su propuesta. La obra llevaba por título “Los sobrinos del Capitán Grant”. Lo que siempre me gustó del filtro de esta chica es que siempre daba muestras de buen juicio y que, también, se encontraba exento de prejuicios. Lo mismo te hablaba del Baudelaire maldito que de la maldita zarzuela. El género mal llamado “chico” me había gustado también desde chico. Fue una herencia de mi abuelo paterno, mientras que mi padre me introdujo en aquello de la Ópera (género demasiado serio para un chico al que le gustaba el género chico).
He de decir como primera cosa que aquello que vi en ese día fue totalmente novedoso para mí. Tanto fue así que necesité una segunda vuelta para terminar de creérmelo. Esta segunda vez tuvo lugar a finales de este reciente-pasado año.
La primera vez llegué a la conclusión de que la obra tenía más peso en su libreto que en su música. En la segunda, me desdije de esta conclusión. Lo que sí tuve claro en las dos ocasiones es que era una obra tan “cosmopolita” que, de no ser por dos momentos concretos, me habría costado creer que se trataba de una zarzuela. A Manuel Fernández Caballero, el compositor de la misma, le conocía por obras anteriores como “Gigantes y Cabezudos”, “La viejecita” o “El dúo de la Africana”, y de tan dispares títulos conocía ya lo bien que se movía por diferentes planteamientos. En el caso de “Los sobrinos del capitán Grant”, aprecié su capacidad versátil, ese mutar de color como un auténtico camaleón: lo mismo componía un vals que una zamacueca. Y es que la grandiosidad de la obra así lo pide: el espectador debe de viajar por todo el mundo durante casi tres horas (la obra se divide en cuatro actos y dieciocho cuadros nada más y nada menos). Miguel Ramos Carrión, autor del libreto, realiza una adaptación paródica de “Los hijos del Capitán Grant” de Julio Verne, y esto se nota. Paco Mir, el director artístico de esta versión, maneja muy bien la puesta en escena siendo consciente del amplio abanico de posibilidades. El humor de Tricicle se palpa en cada momento, y esto llena de frescura a la obra. La renueva, la hace posible en el Siglo XXI- y la alarga en duración).
A resaltar, algo para mí capital: la multitud de espacios en los que se mueven los personajes. Una auténtica vuelta al mundo, como ya antes hemos dicho. Escenarios, además, complejísimos para la tramoya teatral: ¿Cómo representar la ascensión a unas montañas? ¿Cómo reflejar una inundación? ¿Cómo el mundo submarino?



El argumento es aparentemente muy sencillo: Un militar retirado y anegado por las deudas un día compra un besugo para comer y, al abrirlo, encuentra en sus tripas un mensaje escrito en papel. En él, un tal capitán Grant, náufrago, pide ayuda para ser rescatado. A cambio, ofrece un tesoro como recompensa para quien le encuentre.
A partir de aquí, se inicia un periplo por parte de este personaje y por otros que recluta (a cada cual más disparatado) para conseguir el botín.
Entre los intérpretes, destacar a cómicos como Millán Salcedo o Fernando Conde (Martes y Trece cuando eran tres) o Pepín Tre. En este punto, uno puede preguntarse esta cosa tan tonta: “¿En la zarzuela es necesario que los actores sepan cantar?” Digamos que en el caso que tenemos delante de nuestras narices, la cosa cambia. Los actores brillan por sus ocurrencias y porque el público les reconoce y sus interpretaciones líricas pasan a un segundo plano. Las piezas musicales son salvables casi totalmente y esto salva a los que las interpretan. No obstante, hay otros tantos cantantes que sí viven de la música y que enmiendan la discordia. “El Coro” ¿qué seríamos sin él? ¿Qué sería Wagner sin él? ¿Qué sería la Tragedia Clásica? ¿Y los infantes de Carrión? (como diría Manrique).
En resumidas cuentas: “Los sobrinos del Capitán Grant” es una delicia. Merece la pena invertir en ella. Aunque ahora las cosas no están para gastar alegremente (y menos estas cantidades), hay que pensar que “Los sobrinos…” es como un musical, solo que nadie habla de él como se habla de “Cats” o “Jesucristo Superstar”. Tal despliegue de medios exige una compensación económica, y aquí es donde se remunera con mayor gusto.

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MEDITACIÓN EN AÑO NUEVO

>> domingo, 1 de enero de 2012



En las fiestas de Nochevieja todavía siguen encontrándose concertistas sin instrumento. Se les reconoce porque van vestidos de gala, obedeciendo a una especie de norma secreta que deben cumplir cada treinta y uno de diciembre. El final de año no debe de pillarnos desprevenidos, qué duda cabe… Por eso, lucimos elegancia para bailar un baile de Shakira mientras bebemos de un cartón de vino de la última cosecha. Aquí, claro está, la pajarita o corbata se encuentra desangelada, casi triste. ¿Dónde quedaron los palacios y los bailes vieneses? Alí, en aquel escenario, lo cierto es que pintan bastante poco. Alguno se resigna a beber vino de garrafón y trata de ocultar su falta de tacto vertiendo el líquido rojo en una botella vacía que un día albergó el zumo de una cepa bien tratada. Pero como él mismo no sabe engañarse, trata de ocultar la realidad a los demás jugando perversamente con ellos, haciéndoles probar de su cierta botella el falso vino, pidiéndoles opinión. Aquí se suele responder, por miedo a resultar un ignorante en degustación de vinos, que aquel caldito posee todas las características necesarias para ser alabado en ese idioma tan extraño: “un cierto aroma a… un ligero… no se qué afrutado…” ¿no? ¡Claro que sí! Entonces el engañador engañado se ríe para sus adentros como corroborando el acierto de su ingeniosa mentira.
Donde los smokings y las fajas blancas funcionan es en Viena, al día siguiente. Yo, la única ave de paso sin etiqueta, he encontrado en el Concierto de Año Nuevo la excusa perfecta para abandonar estas fiestas de la forma más divertida. Cuando me preguntan: “¿pero, ya te vas?” y luego añaden “¡Quédate un poco más, anda!” yo les contesto que tengo que irme sin más dilación, pues me esperan en la sala dorada de la Musikverein porque toco de violín primero. “Estaré allí, en la fila segunda, tapado por otro violinista.” Entonces, sin más preguntas, me dejan irme de alter hour a mi casa, donde pongo la televisión y espero a conocer intrigado quién será el director elegido este año. De pequeño me hacía pasar por Karajan, convirtiéndome en su sombra. Lo imitaba todo de él, hasta el gesto cansado apoyándose en la baranda de su podio, ya en sus últimos años. En este caso no vestía de smoking ni de calle, sino con dodotis. Sonaba “El murciélago” y me sentía en lo alto de mi cima. Ya no podía aspirar a más siendo tan menos. Tendría uno o dos años y ya me sentía con los de Karajan. “El murcié-galo” decía yo en mi propio idioma, con el lenguaje todavía sin estrenar.



Dicen que el oído es el primer sentido que percibimos cuando nacemos y el último que se va cuando morimos. La música, el ritmo, el ruido, es lo más ancestral que podemos echarnos en cara los seres humanos. Por algo será. Hay quien escucha perfectamente el chapuzón de Ícaro en el cuadro atribuido a Brueguel. A pesar de que sus piernas hundiéndose en el agua sean lo más insignificante de toda la pintura, sin duda es el tema que da título al cuadro, aquel que hace que nos sintamos inquietos al encontrarlo rastreando con la mirada el paisaje. A pesar de ello, el labrador sigue con su trabajo, arando la tierra con ayuda del caballo. William Carlos Williams lo explica todo muy bien en su poema. A caso el Concierto de Año Nuevo sea como el labrador: aunque Ícaro caiga al mar, él seguirá puntual cada año su rutina.




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