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DOS IMÁGENES APARENTEMENTE DISCORDANTES

>> lunes, 23 de enero de 2012



Ayer no podía dormirme. Sé que este hecho no resulta en absoluto relevante (en realidad, lo verdaderamente reseñable sería más bien lo contrario). Más allá de mis problemas de insomnio, lo que verdaderamente quería referir sucedió en ese periodo entre el territorio de los vivos y el de los soñadores. En esta especie de duermevela acudieron a mi cabeza dos recuerdos: uno, el de una mujer que analizaba una de mis manos (la derecha, creo) mientras me decía: “Tu mano es bonita pero se nota que no la has dejado crecer. Tus dedos podían ser todavía más largos”. Otra, la de una tienda centenaria madrileña (cercana a la Posada del Peine) que ofrecía a sus visitantes maravillas nunca vistas. Pensaba en los largos dedos de aquella muchacha que, apenas sin conocerme, se había atrevido a realizar aquel análisis psicológico de mi persona. Pensaba en la libertad del individuo como cima imposible de culminar. Quizá haya gente que haya sabido cercenarse menos su abanico de posibilidades vitales. Gente con espíritu místico. Esto, auque parezca contradictorio, no lo es en absoluto. Bien lo supieron nuestros célebres santos: El camino de la perfección parte de la supresión de las distracciones mundanas para ejercitarse en aquello que, según ellos, valía verdaderamente la pena. No es mi intención ahondar en asuntos relacionados con el dogma. Más bien lo que pretendo es reflexionar acerca de mi experiencia como individuo. ¿Cuánto he podido limitarme en este mundo? Quizá he sido un tanto disciplinado, dejando poco margen para convertirme en Robinson Crusoe. A lo mejor me he conformado con ser Daniel Defoe y escribir sobre su vida, sus aventuras. Tal vez he pensado en algún momento en el pintor alemán romántico por excelencia: Friedrich. Quizá no he sacado nunca mi caballete al campo y todas esas maravillas que reflejan mis cuadros han sido pintadas dentro de mi estudio, de espaldas a una ventana al exterior. Quizá esos escenarios nunca existieron. Quizá el romanticismo sea un invento necesario. Entonces recuerdo esa imagen anterior que parecía tan contradictoria respecto a esta primera: la de aquella tienda en la que podían adquirirse tarritos dentro de los cuales había mujeres diminutas…
Pongo ante mí estas dos evocaciones: la de la chica de los dedos largos y la de la tienda maravillosa. Quizá sean la misma cosa.
El otro día encontré un puestecito cuyo dueño vendía postales de principios de siglo XX. En ella, aparecían personas retratadas en estudio (cantantes que fueron muy conocidas en esa época, como la Fornarina), también imágenes de parejas de enamorados regalándose flores o intercambiando castos besos. Por último, estaban esas composiciones tan del gusto de los surrealistas donde aparecían mujeres en pose de pensar, y sobre ellas su pensamiento en miniatura (por ejemplo, ella en compañía de su amado en un bosque encantado). Mientras curioseaba en aquella cajita de postales, una voz me dijo: “Toma, quizá esta te interese”. Y una nueva postal cayó sobre las que estaba mirando. Aquel hombre había estado observándome durante un tiempo y le interesaba hablar conmigo. “Mi padre fue uno de los grandes iluminadores de Madrid”. Solo me dio su apellido: “Peinado”. “Mi padre coloreaba fotografías en blanco y negro. Luego, cuando el color llegó a las fotografías, su labor quedó extinguida.” Me dio un dato: “El hotel Wellington”. Al parecer, este conservaba fotografías enmarcadas en cada una de sus paredes hechas por Peinado, su padre. Luego, cogió una postal y comenzó a leer lo que había en su reverso. Algo de este tipo: “El pensamiento de tus labios ardientes aminora el tiempo que queda para volver a verte, preciado y casto tesoro”. Yo pensé: Esto ahora lo dices a la persona que amas y te pregunta: “¿Te ocurre algo? ¿Qué te ha sentado mal?

“Mi padre entraba en una tienda de vez en cuando, cerca de la Posada del Peine, a curiosear. Le pedía (esto era una rareza suya) a mi madre que se quedase fuera mientras él entraba en aquel territorio misterioso. Ella aguantaba estoicamente la prueba que le ponía su marido.” Dentro de aquella tienda me contó lo que antes he mencionado, aquellos tarros de cristal cuyo contenido eran mujeres diminutas. Un simple truco de carácter fotográfico. Una maravilla. Después, fotografías de mujeres sujetando en la palma de su mano al hombre de sus amores. Este, era ahora el ser minúsculo, casi microscópico. ¿Quién no ha visto estas fantasmagorías de pequeño y ha pensado que quería dedicarse a aquello de mayor? Incluso las fotografías repintadas de mil colores tenían su encanto. Recuerdo cuando vi por primera vez “El mago de Oz” y “Capitanes Intrépidos” (la versión coloreada) con pocos años. Aquellos mundos, por ser además películas, eran doblemente irreales. Buen tiempo estuve dándole vueltas a aquello. No podía ser película en color. Entonces ¿qué podía ser? ¿Qué sentido tenía colorear una película? Por aquel entonces, desconocía que el cine hubiese nacido, al igual que la fotografía, en blanco y negro. Había en casa, de hecho, una fotografía muy antigua de estudio enmarcada de mi abuela. También en este caso me devanaba los sesos por tratar de adivinar qué podía ser aquello. En este caso, además, barajaba la posibilidad de que aquello fuera un cuadro y no una foto. Pero era demasiado perfecto.
Alguna vez me contó también mi padre que tenían en su casa cuando él era pequeño a un vecino que tenía como segundo oficio hacer jerseys a mano. La primera cosa a la que se dedicaba (y de la cual no podía vivir) era de retocar fotografía de estudio. Con una cuchilla Gillette iba interviniendo en las fotos. Trabajaba sustrayendo material. Así las “pintaba”. ¿Cómo una persona con un oficio tan extraordinario tenía que dedicarse además a hacer jerseys para subsistir? Mi tío abuelo, por cierto, vivía de vender ropa infantil. Tenía una tienda dedicada a este negocio. Luego, en la trastienda, se refugiaba las horas muertas para realizar reproducciones de grandes obras de arte. Tenemos en casa, por ejemplo, “La Adoración de los Magos” de Maíno hecha por Eduardo Montes, que así se llamaba, con lápices alpino.



Él había comenzando publicando artículos y dibujos en ABC, y se había sacado de la manga un nuevo estilo influenciado por los dibujos de Penagos que se encontraba entre la vanguardia de Tamara de Lempicka y el estilo del cubismo. Conseguía seccionar las cosas por planos, volverlas geométricas sin que estas perdieran su naturaleza imperfecta más allá de las frías rectas. Luego llegó la guerra y le obligaron a militar en el bando perdedor. Él, que la única arma que utilizó en su vida fue el lápiz y el pincel. Después la cárcel. Luego, la libertad y la vuelta a la vida normal. La tienda de ropa infantil. Sus intereses por las ciencias ocultas, la admiración hacia Krishnamurti (llegó a emprender viajes con su mujer en seiscientos por Europa para ir allá donde el maestro indio iba y transmitía públicamente su sabiduría), su interpretación de los evangelios dándoles un sentido extraterrestre). Esta gente podría encontrarse dentro de lo que los parámetros reales permiten respecto al uso de la “libertad”. Nunca más allá. José Arcadio Buendía solo puede existir en “Cien años de soledad”. Sus quimeras están dentro del mundo ficticio que podemos recrear con nuestra imaginación. El ser humano puede viajar sin salir de casa, tiene esa facultad. Así, Kant pudo realizar mapas del mundo sin haber salido nunca de su pueblo. La libertad no es cuestión física, sino intelectual.
Creo que fue al llegar a esta conclusión cuando me dormí.

23 – 1 - 12

4 comentarios:

Blanca Andreu 27 de diciembre de 2014, 13:22  

Me ha gustado mucho este escrito. Entré buscando ilustraciones de Penagos ( Esa de tu tío abuelo Montes me ha parecido muy buena. He buscado más por la red pero no he encontrado nada) y de pronto, al leer el arranque y ver que eres insomne, el texto me ha prendido.

Javier Mateo Hidalgo 28 de diciembre de 2014, 10:42  

¡Gracias Blanca! Celebro encontrar a personas con mis mismas afinidades. Mi abuelo era todo un artista, pero tuvo la mala suerte de tener que dedicarse a otras cosas ajenas al arte para poder vivir.
¡Un fuerte abrazo!

Blanca Andreu 29 de diciembre de 2014, 2:02  

De nada. Había entendido que era tú tío abuelo, no tu abuelo. Tal vez deberías publicar aquí más ilustraciones suyas. La que has publicado es preciosa de veras. Qué lástima que con ese talento no pudiera dedicarse sólo a pintar y dibujar. Otro abrazo.

nosoydali 29 de diciembre de 2014, 3:14  

Sí, era mi tío abuelo, te lo había puesto mal, perdona. Voy a ver si puedo añadir alguna obra suya más. ¡Un saludo!

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