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ERA ÉL

>> miércoles, 4 de enero de 2012

Miré el horario de autobuses. Todavía quedaban diez minutos para que el mío llegara, de modo que decidí pasar un momento a la farmacia para comprar caramelos que aliviaran mi dolor de garganta. Recuerdo que de niño creía que los farmacéuticos (y, en general, los señores de bata blanca que curan) tenían que ser inmunes a las enfermedades. Yo, por el contrario, disfrutaba teniendo catarros porque entonces podía tomar aquellos jarabes fabulosos de mil colores y dulces sabores. Cuando entré en la botica, no había nadie tras la barra. En la trastienda se oían voces, de modo que decidí esperar. Las trastiendas de las farmacias siempre fueron para mí como otros mundos. También de niño tenía un pensamiento mágico para esto: “Tras aquellas paredes con estantes de medicamentos que conformaban la tienda en sí, tenían que esconderse lugares secretos. Allí tenían que vivir los farmacéuticos”.
Una pareja de ancianos hizo sonar la campanita de entrada. La mujer estaba echando una reprimenda tan fuerte al marido que las dos chicas que se encontraban en la trastienda salieron siendo conscientes de que había clientes esperando. El anciano se encontraba callado, aguantando las embestidas, mientras la mujer continuaba sacando del buche todo tipo de comentarios (hasta de los que más bien debían de hacerse en la intimidad). Tenía ganas de comentar lo duro que resultaba convivir con aquel hombre al que estaba poniendo de vuelta y media. Yo me preguntaba a qué venía tanto jaleo, pues aquel tipo de pelo blanco aparentaba “ser un ser” bondadoso. Luego, pensé: “A veces las apariencias nos engañan y quien parece castigado acaba siendo castigador”. Mientras tanto, una de las dependientas se excusaba por haber tardado en aparecer. Me preguntó qué quería y le solté el encargo. Mientras iba a buscar aquellos caramelos, la bronca que tenía detrás iba a más. La mujer se había puesto a hablar conmigo. Llegué a pensar: “Ha perdido la cabeza, no sabe lo que dice”. Finalmente tuve que girarme pues la señora me había comenzado a tirar de la bufanda. “¿Usted se cree que una puede vivir con semejante bestia?” Yo no sabía qué contestarla. Miraba a la “bestia” en cuestión y me daban ganas de ir a darle un beso. Tiré por el camino menos comprometido: “No sé, señora, no puedo decirle… Compréndame, yo solo quería unos caramelos y acabo de conocerles”. La farmacéutica había vuelto y ahora me tocaba apoquinar. Salí despidiéndome de aquella gente rumbo a la parada. Era invierno y hacía un frío extraordinario. El autobús había llegado pero el conductor había salido a tomar un café. Desde fuera se le veía en el bar, sentado en la barra parloteando con el camarero. Finalmente salió con el combustible repuesto y entró en el autobús. Todavía quedaban cinco minutos para que arrancara. Cuando el conductor vio que el par de ancianos salía de la farmacia y se dirigía hacia allí, decidió abrir las puertas para que los que estábamos en la parada fuéramos pasando. Agradecí el gesto solidario del conductor. Dentro había calefacción. Los dos señores mayores entraron los primeros antes que nosotros. La mujer continuaba con su discurso de reprobación hacia el marido, pero ahora el tono había subido todavía más. Ahora lo que salía de entre sus dientes eran casi todo blasfemias. Yo me monté el tercero, tras ellos. Al sacar el carnet de identidad, observé que en el del anciano ponía en el nombre lo siguiente: “Hugo Rienmann”. ¿Hugo Rienmann? ¿De qué me sonaba? Me coloqué parapetado en las barras del pasillo, al fondo, para evitar volver a encontrarme con la señora. Los dos ancianos se sentaron casi al fondo también, por lo que temí el encuentro no deseado. Afortunadamente, este finalmente no se dio. El anciano había posado su cabeza en el hombro de la mujer, pidiendo casi misericordia. Ella le decía: “¡No te pongas así, hombre, que me haces daño! ¡Déjate de tonterías!”
Hugo Rienmann… ¡Claro, ya está! ¡Era uno de mis novelistas preferidos! Estas cosas suelen pasarme: Soy malo para recordar nombres hasta en estas circunstancias. ¡Tenía que ser él! ¿Quién más podía llamarse así? Calculé que según su biografía tenía que tener casi setenta años. Las edades coincidían.
En casa tenía casi todas sus novelas. Las había ido coleccionando con paciencia y tesón, visitando mil librerías de primera y segunda mano. Algunos de sus libros, auténticos incunables, los guardaba con tanto cuidado que incluso no me había atrevido ni a abrirlos. Como cuando de niño me regalaban cajas de lápices de colores maravillosas que tampoco me atrevía a comenzar a usar porque me daba pena gastarlos.
Recuerdo uno de sus relatos que me impresionó sobremanera. Trataba de lo siguiente:

Un tipo que se cree invidente descubre que en realidad no ha perdido la vista, sino que cuando ve es en la oscuridad. Vive de noche, claro, mientras que por el día descansa. Un auténtico búho. La gente no le comprende, es un bicho raro. Por esto, debe de esconderse en lugares poco transitados en esas horas, como los parques. Un día mata a un hombre que trata de asaltarlo. Entonces, descubre el placer de lo criminal y comienza a buscar víctimas aprovechándose de esta característica de ver en la oscuridad. Las parejas de jóvenes enamorados que acuden a este tipo de lugares precisamente por lo poco transitado de los mismos son uno de sus objetivos. A diferencias de las novelas de este tipo que se publicaban en la época de las de Rienmann, este daba a sus historias un final abierto. Siempre dejaba escapar a los “malos”. Hay que decir también que hizo mucho uso de los malos arquetípicos históricos, como los nazis. Este tipo de hombres que en la realidad abominamos, nos sirven paradójicamente de entretenimiento en la ficción. Los utilizamos en novelas y las leemos maravillados.

Debían ser casi las nueve. La luz hacia tiempo que se había ido. El autobús se detuvo. Ya estábamos casi en las afueras de la ciudad. Aquí vivía yo, en uno de esos barrios recién construidos rodeados de parques y jardines. Antes de bajarme, vi que el anciano se despedía de la mujer y se levantaba encaminándose también hacia la salida del autobús. Esta vez le vi de forma diferente. Sus ojos eran tan claros que parecían sensibles a todo. Llevaba un bastón al que hasta entonces no había dado mucha importancia. Con él se guiaba. Hasta entonces, había ido del brazo de su mujer. Al bajar a la acera comenzó a andar casi sin necesidad del bastón. Se dirigió hacia la puerta del parque que había enfrente.

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