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LA FIGURA DEL NARRADOR SEGÚN BENJAMIN

>> jueves, 12 de enero de 2012



Hace un tiempo, una amiga me pidió que escribiera una historia. Esta historia debía de poder adaptarse a guión para poder, a continuación, rodarlo. Ella sería la actriz protagonista. Ella se me aparecía como Margarita Xirgu yo me sentía Fructuoso Gelabert. Me acordé entonces de “El Nocturno de Chopin”. Ideé entonces un relato que puse por nombre “Música callada” en honor al maestro Mompou. Mi idea era llevar a cabo un cuento de tintes bergmanianos e incluso antoninianos. Me interesaba hablar de las relaciones humanas y, más concretamente, de la dificultad de llevarlas a cabo en situaciones extremas. La incomunicación y, con ella, el suspense. No me interesaba, por tanto, hablar de un hecho cotidiano. Quería hablar de una historia que se encontrase en los límites de la ficción. Algo que casi resultara imposible que sucediese, salvo estando el cine de por medio. Con tales pretensiones comenzó a forjarse el proyecto.
Los hados se pusieron en nuestra contra y esta amiga tuvo que irse de España por un tiempo. Su viaje truncó toda posible realización de lo que teníamos entre manos. Pasaron casi dos años y, a punto de concluir la carrera de bellas Artes, me surgió la posibilidad de reemprender esta idea antigua que luchaba por sobrevivir en mi cabeza. La amiga había regresado y yo me encontraba con fuerzas renovadas para retomar mi labor cinematográfica. Una de las asignaturas era de audiovisual y se me presentó de nuevo la oportunidad de liarme la cámara al hombro y hacer realidad aquel boceto que dormía en uno de los cajones de mi casa. Saqué los papeles antiguos, reescribí la historia y conseguí que un compañero se ofreciera para ayudarme en las tareas de realización. Por aquel entonces llegó a mis manos un escrito de Walter Benjamin en el que hablaba sobre la figura del Narrador con mayúsculas. Ese ser que desde siempre se había encontrado en la sociedad y se había encargado de transmitir historias a quienes quisieran escucharle. Imaginé mi historia contada en la contemporaneidad por uno de estos sujetos. De haberme conocido Benjamin me habría advertido de la imposibilidad de este pensamiento. El Narrador, ya en la época en que Benjamin vivió, s encontraba de capa caída. La tradición oral hacía aguas por todos sitios. Nadie se encontraba ya interesado en transmitir por su boca lo que otros se encargaban de hacer mediante la imprenta. Los periódicos, los libros, habían despojado al “contador” del sentido de su oficio. La magia del narrador se encontraba en una cuestión muy simple: Podía contar historias absolutamente inverosímiles sin que ningún aguafiestas pusiese en duda su rigor científico. Además, sus relatos podían quedar perfectamente abiertos, dando lugar a múltiples interpretaciones por parte de quienes los escuchaban. Antes, el oyente-espectador tenía, además de un derecho, una obligación: reproducir dicha historia a otros oyentes dispuestos, a su vez, a transmitirla oralmente como él. En la contemporaneidad de Benjamin, la gente no solo había perdido el hábito del boca a boca sino que además se encontraba desprovisto de la memoria necesaria para retenerla y transmitirla. El narrador podía contar una historia muchas veces y que cada una de ellas fuese diferente. Así pudo desvirtuarse (en el mejor sentido de la palabra) la Odisea de Homero para llegar hasta nuestros días. Incluso habiendo libros, estos se encontraban a disposición de muy pocos (los elegidos, aquellos que podían interpretarlos correctamente para darlos a conocer o copiarlos). En su mayoría, pertenecían al clero. Recogidos en sus monasterios, estudiaban minuciosamente cada uno de aquellos ejemplares irrepetibles. Eran tiempos previos al invento de Gutenberg, cuando los libros se escribían manualmente y se ilustraban con miniaturas preciosistas. Alguno de aquellos afortunados aseguró que, un libro en manos de una persona inadecuada para interpretarlo, era tan peligroso como un arma. Había que saber leer los libros en voz alta y cada uno exigía casi una entonación concreta y especial.



Una historia todavía no escrita, contada casi como un hecho legendario y mítico, casi sobrenatural, resultaba todo un entretenimiento para aquellos que no tenían otra cosa que hacer que trabajar y bajar todos los días a la misma plaza para conversar con las mismas personas. El narrador llegaba al lugar en cuestión de fuera, experimentado en viajes y años, y traía historias fabulosas con las que ilustrar a aquellos ávidos de conocimiento (fuese el que fuese). La novedad. Había que saber narrar para encandilar a quien prestase oído, pues no solo bastaba contar la historia asépticamente. Este extraño, esta figura novedosa que era el narrador, representaba el acontecimiento en grado sumo.
El boca a boca funcionaba rápidamente, ejecutándose con todo el entusiasmo posible. Quien contaba vivía los hechos a transmitir. El hombre sabio, conocedor de mil historias (y de la Historia con mayúsculas, por qué no decirlo) podía también ser un personaje afincado en un lugar concreto. El sedentarismo venía después de mil aventuras nómadas. Automáticamente, el sujeto en cuestión se convertía en la persona más admirada del lugar donde diesen a parar sus huesos, allí donde hubiese decidido descansar tras una vida ajetreada.
En los tiempos actuales, todavía pueden quedar historias en el tintero. A pesar de que todas las cosas del mundo parecen amenazar a la ciudadanía con quedar plasmadas en algún lugar del ciberespacio (llamémosle Internet), aún queda la esperanza de que algún individuo longevo saque a relucir sus historias y sorprenda a las personas más jóvenes.
¿Por qué no imaginar que dos personas octogenarias se dan cita en un café para rememorar un hecho que fue noticia cuando ambos eran niños? Este hecho podría convertirse a su vez en diferentes hechos al resultar inexacto en su versión oficial. Algo así como la Historia de Psamenito según Herodoto.
Esto es lo que me interesaría contar en mi proyecto cinematográfico. Cómo una verdad puede resultar muchas y no ser ninguna a su vez.

12 – 1 – 12

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