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LAS MIL CARCAJADAS EN LA NOCHE DEL CINE DORÉ

>> sábado, 14 de enero de 2012



Ayer volví a jugármela a cara o cruz. Había quedado con un amigo al que no veía desde hacía bastante tiempo. Su nombre era Fabio y le había conocido durante un rodaje en el que ambos participábamos. Él era Ayudante de Producción y yo Script y Ayudante de Arte. El correo que me enviaba era muy escueto y en él me proponía ir al cine para ver la reposición de una película titulada: “Mio gritos tiene la noche”, de Juan Piquer Zamora. Sin saber a lo que me atenía le dije un “sí, quiero”, rotundo. El director de la cinta era un tal Juan Piquer Simón, al cual no había oído en mi vida. Teniendo en cuenta que el cine era más bien una excusa para vernos, no le di mayor importancia. “Seguro que hasta me gusta y todo” me dije en mi más absoluta ignorancia. Del resultado de la experiencia todavía me estoy preguntando. La cuestión es que no solo la película me dejó extrañamente confundido en “no sé qué sentido” sino que el entorno en el que la vi también jugó un papel especial en todo este batiburrillo.
Como por algún lado habrá que empezar, me limitaré a aportar algunos datos primeramente sobre el film: “Mil gritos en la noche” es de esas películas muy en la onda de nuestro querido Jess Franck, es decir: Cine de terror de segunda B que juega muy hábilmente con el erotismo. A diferencia del tío Jess, que tiene en su haber biográfico la escandalosa cifra de doscientas películas hechas desde los años sesenta (era capaz de rodar siete cintas al año), Piquer era un tanto más humilde en números y su nombre no fue tan prodigado como el del maestro del los frikis (aunque sí podría perfectamente entrar, por sus características, en su escuela). Además, se observaba en su cine una seriedad a la hora de enfrentarse a los argumentos, por muy descabellados que resultaran. Por lo que me contó mi amigo Fabio, experto en el tema, otro de los Films por lo que se conoce a Piquer y que resulta de los más celebrados por parte de sus seguidores tiene por título “Slugs, muerte viscosa”, y trata de una serie de babosas negras que en un pueblo se dedican a sembrar el terror mermando considerablemente el número de los allí censados. Su cine, como ya digo, está realizado con mucho cuidado en detalles que podrían convertirlo en basura. Por ejemplo, Piquer se cuidó de rodearse de actores extranjeros y de rodar en lugares también fuera de España, haciendo uso del doblaje como herramienta para despistar al espectador a la hora de confundir su Serie B con la de cualquier otro país. La españolada no está ahí ni mucho menos. Sus tramas van mucho más allá de la chapucería de la que Ozores contaminó a nuestro país durante décadas. Él era ambicioso y jugaba en el equipo de otros referentes del terror como Chicho Ibáñez Serrador (recordemos “la residencia” o “¿Quién puede matar a un niño?”). Dentro de la ciencia ficción, su cine a veces tiene ribetes estadounidenses, recordándonos “La invasión de los ladrones de cuerpos” (o, sin irnos muy lejos, películas patrias como “El sonido prehistórico” (1964) de Nieves Conde. Este film representa otra rareza dentro de este género de serie B y su argumento tiene ribetes de “El Mundo Perdido”, solo que para ahorrarse presupuesto los dinosaurios son invisibles- aunque igual de peligrosos).



Pues bien: “Mil gritos tiene la noche” trata de un asesino en serie de jovencitas que tiene en jaque a todo un campus universitario de Estados Unidos.
La primera escena del film, donde trata de explicarse el origen de su costumbre por perseguir la carne fresca de las féminas, nos presenta un momento de su infancia en que su madre le descubre construyendo un puzzle cuyo tema es una mujer en cueros. La madre, al ser consciente de la “desviación” de su vástago, irrumpe en gritos y demás violencia nada didáctica para un chaval que comienza a sentirse adolescente. Su reacción es de lo más peculiar: Mata a su madre a hachazos y la despieza como el más hábil de los carniceros.
Pues bien, desde el público allí congregado comenzaron a sonar carcajadas incluso antes de que los inexpertos como yo nos oliésemos la tostada. A mi juicio que eran todos conocidos entre ellos y se habían reunido allí para ver una película que ya habían visto mil veces. Se les veía absolutos admiradores del director, e incluso aplaudían con generosidad a cada rato las ocurrencias de este. Digo ocurrencias porque, a pesar de parecer el film lo más académico en cuanto a lo que del género se puede esperar, este se encontraba plagado de momentos memorables que me hacían pensar: “¿Me estará tomando el pelo”? Véase un ejemplo: el asesino acaba de trocear a una muchacha con una motosierra y ha dejado los cachitos apilados en el lugar del crimen junto al arma homicida. Es entonces cuando llega la policía y comienza a analizar el lugar del crimen. Aparece por ahí el profesor de anatomía de la facultad de turno y se arrodilla a tocar la sierra mecánica. Uno de los policías le dice algo así: “No la toque porque todavía no estamos seguros de que esa haya sido el arma con la que el asesino ha cometido el crimen”. El profesor contesta: “Yo no soy un experto en estos temas, pero me parece que sí.” En otro momento, una chica, yendo por el campus por la noche, siente en su soledad que alguien le sigue. El asesino, piensa. Entonces, cuando el clímax del suspense está apunto de explotar, un tipo se la echa encima. Pronto nos damos cuenta de que se trata de un chino vestido de karateca que la emprende a patadas con ella. El tipo en cuestión es profesor de artes marciales en la facultad y andaba por allí practicando con las personas que se encontraba. Algo de lo más normal. Pero lo mejor de todo es el momento en el que el bueno de la película se encuentra en la casa del asesino y la mano de un cadáver que se encuentra tapado por la policía se lanza contra los testículos de este y se los revienta en un momento de “rigor mortis”. El bueno se pone hasta bizco.
Por más que lo intenté, no conseguía unirme al jolgorio de aquel público entregado. En un principio, cuando todavía quería creer en la seriedad de la película, sus comentarios me molestaban, me sacaban de la sala del cine. Luego, al resultar todo tan absurdo (hasta el público de la sala) solo podía quedarme callado observando el espectáculo. Una experiencia, como ya digo, inolvidable. Podían sentirse el ambiente de los primeros años del cinematógrafo, pues alguno que otro gritaba a los actores de la pantalla (a los que hacían de policías) ¡pero que está ahí, imbéciles! (refiriéndose al asesino, que se escondía de la ley tras unas cortinas).




Se ha cumplido un año del fallecimiento de Juan Piquer Simón y la Filmoteca, como es su deber, le ha tributado un homenaje recordando el aniversario. Esta pieza gore de 1982, dentro del ciclo, fue una de las que mejor resultados obtuvo en taquilla. A pesar de que mis conocimientos no pasan de lo justito en este tipo de cine, creo que esta película puede considerarse una joyita (dentro del género de películas de culto) porque, desde luego, no tiene desperdicio.

14 – 1 - 12

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