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LOS SOBRINOS DEL CAPITÁN GRANT

>> lunes, 2 de enero de 2012



El “filtro” es esa cosa que siempre ha estado dentro de uno pero que necesita darse a conocer con el paso de los años. No se asusten, queridos lectores: es una cosa abstracta (desde luego no estaba hablando de una víscera o algo por el estilo). En el mundo real, podemos encontrar cosas físicas con dicho nombre que poseen la misma función. Esta no es otra que la de una especie de aduana en mitad del camino que evita que ciertas cosas se “cuelen” sin permiso.
Durante la mocedad del ser humano, este no advierte qué es lo que quiere integrar dentro de sí y qué es lo que quiere desechar. Por ello da cabida a todo lo que se encuentra a su paso, porque precisamente esta abertura o apertura, esta buena disposición para entender lo que “el mundo exterior encierra”, es lo que luego nos da la experiencia. Siendo cada día más sabios, podemos decir: “Esto me interesa y esto no”. El tiempo es oro y no todo cabe en nuestra vida. Hay que seleccionar. He aquí el dilema. Qué me interesa y qué no.
Pues bien, dicho esta breve introducción creo que puedo dar comienzo al tema que hoy nos ocupa.
Hace cosa de un par de años una amiga me invitó al teatro. Esta persona coincidía con mi filtro y ello me animó todavía más a aceptar su propuesta. La obra llevaba por título “Los sobrinos del Capitán Grant”. Lo que siempre me gustó del filtro de esta chica es que siempre daba muestras de buen juicio y que, también, se encontraba exento de prejuicios. Lo mismo te hablaba del Baudelaire maldito que de la maldita zarzuela. El género mal llamado “chico” me había gustado también desde chico. Fue una herencia de mi abuelo paterno, mientras que mi padre me introdujo en aquello de la Ópera (género demasiado serio para un chico al que le gustaba el género chico).
He de decir como primera cosa que aquello que vi en ese día fue totalmente novedoso para mí. Tanto fue así que necesité una segunda vuelta para terminar de creérmelo. Esta segunda vez tuvo lugar a finales de este reciente-pasado año.
La primera vez llegué a la conclusión de que la obra tenía más peso en su libreto que en su música. En la segunda, me desdije de esta conclusión. Lo que sí tuve claro en las dos ocasiones es que era una obra tan “cosmopolita” que, de no ser por dos momentos concretos, me habría costado creer que se trataba de una zarzuela. A Manuel Fernández Caballero, el compositor de la misma, le conocía por obras anteriores como “Gigantes y Cabezudos”, “La viejecita” o “El dúo de la Africana”, y de tan dispares títulos conocía ya lo bien que se movía por diferentes planteamientos. En el caso de “Los sobrinos del capitán Grant”, aprecié su capacidad versátil, ese mutar de color como un auténtico camaleón: lo mismo componía un vals que una zamacueca. Y es que la grandiosidad de la obra así lo pide: el espectador debe de viajar por todo el mundo durante casi tres horas (la obra se divide en cuatro actos y dieciocho cuadros nada más y nada menos). Miguel Ramos Carrión, autor del libreto, realiza una adaptación paródica de “Los hijos del Capitán Grant” de Julio Verne, y esto se nota. Paco Mir, el director artístico de esta versión, maneja muy bien la puesta en escena siendo consciente del amplio abanico de posibilidades. El humor de Tricicle se palpa en cada momento, y esto llena de frescura a la obra. La renueva, la hace posible en el Siglo XXI- y la alarga en duración).
A resaltar, algo para mí capital: la multitud de espacios en los que se mueven los personajes. Una auténtica vuelta al mundo, como ya antes hemos dicho. Escenarios, además, complejísimos para la tramoya teatral: ¿Cómo representar la ascensión a unas montañas? ¿Cómo reflejar una inundación? ¿Cómo el mundo submarino?



El argumento es aparentemente muy sencillo: Un militar retirado y anegado por las deudas un día compra un besugo para comer y, al abrirlo, encuentra en sus tripas un mensaje escrito en papel. En él, un tal capitán Grant, náufrago, pide ayuda para ser rescatado. A cambio, ofrece un tesoro como recompensa para quien le encuentre.
A partir de aquí, se inicia un periplo por parte de este personaje y por otros que recluta (a cada cual más disparatado) para conseguir el botín.
Entre los intérpretes, destacar a cómicos como Millán Salcedo o Fernando Conde (Martes y Trece cuando eran tres) o Pepín Tre. En este punto, uno puede preguntarse esta cosa tan tonta: “¿En la zarzuela es necesario que los actores sepan cantar?” Digamos que en el caso que tenemos delante de nuestras narices, la cosa cambia. Los actores brillan por sus ocurrencias y porque el público les reconoce y sus interpretaciones líricas pasan a un segundo plano. Las piezas musicales son salvables casi totalmente y esto salva a los que las interpretan. No obstante, hay otros tantos cantantes que sí viven de la música y que enmiendan la discordia. “El Coro” ¿qué seríamos sin él? ¿Qué sería Wagner sin él? ¿Qué sería la Tragedia Clásica? ¿Y los infantes de Carrión? (como diría Manrique).
En resumidas cuentas: “Los sobrinos del Capitán Grant” es una delicia. Merece la pena invertir en ella. Aunque ahora las cosas no están para gastar alegremente (y menos estas cantidades), hay que pensar que “Los sobrinos…” es como un musical, solo que nadie habla de él como se habla de “Cats” o “Jesucristo Superstar”. Tal despliegue de medios exige una compensación económica, y aquí es donde se remunera con mayor gusto.

2 – 1 – 11

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