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MÚSICA CALLADA

>> sábado, 21 de enero de 2012

Susana y Alberto acababan de irse a vivir a un piso juntos. Desde los primeros días, ella se encerraba en su dormitorio sin querer saber nada del resto del mundo. La única condición que había puesto era la de no dormir a su lado, compartiendo el espacio mínimo posible de intimidad. Él, desde un principio, lo toleró medianamente bien, pero fue al par de meses cuando comenzó a agotársele la paciencia. La única afición que le entretenía en aquella casa era el piano y, cada vez que lo abría para tocar la única melodía que conocía, entraba ella en escena cerrando la tapa furiosa. Luego, se marchaba y volvía a quedar todo en calma. Entonces, él se quedaba sentado sobre la banqueta y miraba aquel extraño retrato que pendía sobre el piano, en la pared. Era el rostro de Susana, sin duda, pero algo había en él (quizá el gesto adoptado en la pose) que lo enrarecía.
Así pasaban el tiempo en aquella imposible convivencia. Ella no aceptaba la relación por una razón muy simple: no sabía por qué tenía que vivir con él. Padecía una especie de amnesia que le provocaba el no poder recordar absolutamente nada de su historia anterior. Tenía, por fuerza, que confiar en la persona con quien compartía el piso, pues gracias a él comía y dormía caliente todos los días.
En cada una de estas jornadas, con la puerta cerrada y tumbada en la cama, escuchaba a Alberto entrar y desplazarse por la casa. Como único entretenimiento tenía una caja llena de fotografías que cada día abría y repasaba meticulosamente. Ella ponía todo su empeño en tratar de reconocer a los personajes retratados en aquellas instantáneas blancoinegrinas. No en vano era tarea difícil, pues aquellos rostros parecían separarse de ella unas cuantas generaciones, representando tiempos bien lejanos. Este pasado casi borrado de la historia se presentaba como una gran prueba para Susana, un puzzle a descifrar casi imposible. Su árbol genealógico pujaba por desaparecer sin que nadie pudiera evitarlo. Ella, al parecer, la única superviviente de la familia, no era precisamente la más indicada para encontrar en todo aquello un sentido. Un día, encontró por la casa tijeras y un rotulador. Con ellos comenzó a negarse a sí misma y a su propia historia. ¿Cómo? Tachando o recortando las centenarias caras. En esto se pasaba las horas y los días, cercada por su propia reclusión. Solo cuando Alberto salía del piso al mediodía, ella salía de su encierro e iba a la cocina. Allí, le esperaba la comida que él le había preparado antes de marcharse. Tenía tres o cuatro horas de soledad en la casa. Luego, el rito volvía a repetirse con la llegada de Alberto. Por la noche, cuando este se iba a su habitación, Susana volvía a salir de la suya para cenar.
Frente a la ventana de su habitación se veía la de la casa de enfrente. En ella vivía un vecino en el que Susana se fijaba de vez en cuando. Era hombre maduro que también parecía encontrarse a todas horas en su dormitorio.
Una tarde, aquel hombre llamó a la puerta de la casa de Susana. Ella, desde su habitación, escuchó cómo Alberto se dirigía al recibidor para abrir la puerta. Enseguida, del silencio brotó una amena conversación. “¡Se conocían!” pensó alarmada. Dedujo, de las palabras que escuchó, que el vecino se llamaba Eduardo. Ahora se habían desplazado al salón para hablar más cómodamente. Ella avanzó posiciones, parapetándose tras una de las paredes de la habitación donde se encontraban los dos hombres. No tardó en percatarse de que hablaban de ella. Eduardo decía: “Espero que la estés tratando bien. En ti confío.” Alberto, trataba de reconstruir lo que había sido la relación en aquel tiempo: “Se niega a aceptar la situación actual. Soy para ella como un desconocido”. Furiosa, salió Susana de su lugar privilegiado y se impuso a los dos, que se encontraban sentados en las butacas del salón: “¿Qué pasa aquí? ¡Qué me estáis ocultando!” Aquel aturdimiento fue decisivo para que llegase el desdoblamiento. Ella, simplemente, salió de su cuerpo, dejándolo tirado en el suelo. Se vio allí, con un cuerpo que no reaccionaba a los estímulos del cerebro. Ya no veía a nadie y todo se había vuelto blanco. Luego ya no vio nada porque había perdido definitivamente la conciencia.
Hubo una vida posterior para Susana, pero no era ya consciente de nada. Había entrado en una fase de vida vegetativa sin vuelta atrás.
En este tiempo, Eduardo descubrió que Alberto le había estado engañando. Todavía recordaba el día en que había aparecido como de la nada, supuestamente ofreciéndose a ayudar: “Yo me encargaré de su hija, no se preocupe”. Acababa de suceder todo. Eduardo hacía tiempo que no sabía de él. Desde niños, él y Susana habían sido amigos. Fue durante la adolescencia cuando Alberto comenzó a sentirse atraído por ella. En cambio, Susana nunca se mostró reticente a tener una relación con él más allá de la amistosa. Esto le dolió profundamente a Alberto. Con el paso del tiempo, este fue distanciándose de ella hasta casi desaparecer de su vida. Transcurrieron los años y, entonces, sucedió la tragedia. Gracias a una amiga en común, llegó a los oídos de Alberto que Susana había entrado en un estado de amnesia fruto de un fuerte trauma sufrido recientemente: su madre se había suicidado. A Alberto se le cruzaron viejos y nuevos sentimientos y deseó volver a verla. Habló con su padre y, sin saber muy bien por qué, dijo que estaba saliendo con ella. Valiéndose de este ardid, consiguió que Eduardo le nombrara de aquí en adelante protector de Susana. Debía de vivir con ella y cuidarla. Él, su padre, no se sentía capaz de tal tarea. Les consiguió un apartamento frente a su casa para poder tenerles cerca en caso de cualquier problema. Susana comenzó entonces a rehacer su vida fuera de la casa en la que había estado viviendo hasta entonces. Parte del mobiliario para la nueva casa había sido cedido por el padre de Susana a petición de Alberto. El piano, por ejemplo, había pertenecido a la madre de Susana. Se llamaba Elsa Fiorán y había sido pianista profesional. Tocaba siempre aquella melodía que, casualmente, Alberto conocía y siempre trataba de tocar en la casa. Eran las danzas rumanas de Bartok, ese compositor con apariencia de animal asustado. El retrato sobre el piano, por tanto, era de Elsa Fiorán y no de Susana Fiorán. El padre, sintiéndose culpable de forma injusta por la muerte de su mujer, había puesto de su parte todo lo posible para tratar de hacer de la vida de su hija algo normal. No había dudado en conseguir una casa, frente a la suya, para que los “supuestos” prometidos conviviesen. Todo había fallado. Para empezar, aquel hombre nunca había sido pareja de su hija. Luego, todos aquellos enseres como el piano, el cuadro o la caja de fotografías no habían contribuido en absoluto a que la hija partiese de cero, sino que la habían estado atormentando con su pasado.
La moraleja es la siguiente: no hay personajes buenos ni malos, sino personas sujetas a sus propias circunstancias.

26 – 5 – 10

1 comentarios:

Javramser 27 de enero de 2012, 12:13  

Se lee bonito...

¿hable con ella?

XD

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