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UNA PLACA CONMEMORATIVA

>> lunes, 30 de enero de 2012

A Bryce Echenique

Serían las once de la mañana cuando dos hombres vestidos con mono azul llegaron hasta la fachada de la casa. Traían una escalera que pusieron contra el muro. Mientras uno la sujetaba, el otro clavaba con martillo y clavos entre una ventana y la puerta del portal un cartel de latón que decía así: “En esta casa vivió L. M. N., hombre inquietó que trató de ser renacentista en el siglo XX y que hizo un poco de todo y nada de nada.” Pronto la gente comenzó a arremolinarse en torno al acontecimiento. Hasta un loro fue a posarse sobre la placa una vez que esta fue instalada. Un niño de seis años que iba de la mano de su padre observaba fijamente al loro. No le importaba nada lo que la gente adulta miraba. Solo veía al pájaro y graciosamente repetía una misma consigna: “Gallino, gallino, gallino”. En su todavía ingenuo conocimiento de las palabras, gustaba de cambiar el género de masculino a femenino y viceversa porque así le salían palabras divertidas. Ninguno de los que por ahí pararon sabía quién era L.M.N (Leocadio Manzanares Núñez en realidad, pero es que la placa era tan chiquita que poner el nombre entero habría resultado imposible). Los vecinos acababan de enterarse de que, entre ellos, había vivido un tipo insigne. Aquel al que ahora reconocía el ayuntamiento había sido siempre muy discreto (a esto hay que añadirle que en España, si alguien quiere ser reconocido, ha de irse fuera y triunfar y luego volver). La fama de Leocadio no me interesa en absoluto. Sobresalió simplemente porque tenía cosas más interesantes que decir respecto al resto de mediocres que conformaban su generación cultural. Nos encontramos en una época mediocre. Cuando las cosas habían ido mal siempre había renacido la cultura: El Siglo de Oro, La Generación del 98… Pero ahora no había nada que decir, por lo que se veía. Una cultura mediocre para un momento mediocre. Lo que a mí me interesa es la tienda que había debajo de aquella placa. Una tienda de ropa también mediocre. En su escaparate colgaban prendas que pujaban por pudrirse día tras día. Había, por ejemplo, un par de prendas que pendían de la pared y que llevarían treinta años haciéndose viejas ahí puestas. Si el color fue marrón en un primer momento, ahora se había vuelto amarillo. Leocadio pasaba cada día por delante del escaparate antes de entrar por la puerta de casa. Él estaba enamorado de aquellas medias. Cosa extraña, no las encontraba mediocres. De hecho, necesitaba unas piernas femeninas que las hicieran justicia. “Si no encuentro mujer a quien ponérselas, al final acabaré comprándolas para ponérmelas yo.” Y así fue. Un día se armó de valor y se vistió de mujer para entrar en la tienda y comprarlas. Miró a la dependienta, una bella mujer que estaba echándose a perder en aquel lugar igual que aquellas medias tan “fascinantes”, y le dijo en voz baja, haciendo casi falsete: “Por favor… Me interesan esas… medias… las del escaparate…marrones”. Temía ser descubierto. La dependienta le miró con ojos golositos y pensó: “Este imbécil no sabe cómo decirme que quiere regalarme esas medias.” Leocadio, que tenía que terminar una novela todavía, había comenzado a pensar en el primer capítulo de la misma. Empezaba a dudar de la calidad del inicio de su obra literaria y temía que por eso mismo no le pagasen por el trabajo hecho. Ya no pensaba en mujeres, por tanto (ni en ella- que en realidad era él- ni en la dependienta, que en realidad también sabía que era un hombre- y, concretamente, esa especie llamada “hombre-payaso”). “Esas medias no se venden, caballero”. Lo de “caballero” lo dijo sin querer. Ella habría querido decir “señora”. Leocadio entonces dejó de pensar en trabajos pendientes y se enfadó. “¡Me ha hecho quedar en ridículo! Yo, que lo único que quería era... era". Ahora titubeaba porque no se atrevía a confesar el fin de su empresa. La respuesta fue la siguiente: “No me gustan los travestis. Respeto su personalidad pero no me gustaría convivir con un hombre que necesita vestirse de mujer porque le han faltado arrestos para decirle a una mujer a la cara que la quiere”. Leocadio lo entendió. Él tampoco hubiera querido estar consigo mismo si hubiese sido ella en vez de él (por mucho que se disfrazara cambiando de género las cosas, como aquel niño que miraba al loro y le llamaba “gallino”).
Cuando salió de la tienda miró la fachada de la casa, sin sospechar que un día habría una placa clavada allí que hablaría de él.

30 – 1 - 12

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