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ARTÍCULO DEDICADO A LOS “DESCUBRIDORES”

>> jueves, 2 de febrero de 2012



Ayer decidí que era noche para ver una película. Pensé: ¿Y cuál? Rastreé por mi memoria y encontré el archivador un tanto desordenado. No conseguía recordar mi lista de “películas que tenía que ver antes de morir” (lo que hay entre comillas corresponde al título de un libro, no hay nada original en ello por mi parte). Entonces vino a mi mente una anécdota reciente: “Se halla The white shadow, película perdida de Hitchcock”. La noticia había saltado a los periódicos (aunque ahora, más bien, debería decirse “ha saltado a Internet”… ¿Quién lee todavía los periódicos?) el verano pasado. Para empezar, el filme no estaba dirigido por él. Su nombre aparecía en los títulos de crédito por haberse encargado de la escritura del guión (guión que, como siempre sucede en Hitchcock, es una adaptación de novela). Segundo: De los tres rollos de metraje del film, solo se encontraron tres (por lo cual, sin ser un experto en cálculos matemáticos, es fácilmente deducible que de “White Shadow” solo tenemos el “White” (esto es, la mitad de la película). Pensando en todo esto me acordé de “El enemigo de las rubias” (es decir, “The Lodger”, esto es, “El inquilino”). De esta película oí hablar hace bastante tiempo. Recuerdo que quien la sacó a la palestra era de esos individuos que no tenía voz propia sino que bebía de las reseñas enciclopédicas. Por lo tanto, lo que aprendí de él fue lo que encontré después en Wikipedia, etcétera. “La primera película genuinamente Hitchcockiana” (o como se diga). Quiere decir que en ella se aprecia la forma de narrar del director inglés, su estilo cinematográfico. “Influencias expresionistas”. Vamos, que había visto a Wienne, a Lang y a Murnau. Después, un amigo me mostró unas escenas de la película. Con él encontré cosas más interesantes. Me habló de cómo Hitchcock convertía a Ivor Novello en un supuesto asesino con una serie de planos maravillosamente descritos. Me habló de los carteles sobreimpresos en animación (recordando al cine alemán de los años veinte antes mencionado). En fin, que consiguió que sintiese ganas de ver la película realmente. Por entonces ya me encontraba lo suficientemente contaminado como para ver una película analizándola en su aspecto estético. Ya no me dejaba llevar por la magia del montaje. Necesitaba pensar no como espectador sino como director. Esto es, detrás de la cámara y no delante de la pantalla. Sobra decir que mi pereza fue mas poderosa que mi entusiasmo y hubo que esperar tres años para ver la película entera, de cabo a rabo. Para decidirme a poner el DVD y sentarme en el sillón (un DVD que tenía comprado mucho antes de todo esto que he contado. Siempre me pasa lo mismo. Compro una película o un disco un libro y me digo: “Ya he hecho el cincuenta por ciento de la acción. Ya solo me queda leer, escuchar o ver lo que he comprado).
He aquí lo que sucedió: La película solo se podía ver en un cincuenta por ciento. No es que el disco estuviese rayado, no. Simplemente que la copia de la que se había partido para hacer el DVD estaba en tan pésimas condiciones que en todas las escenas nocturnas la noche era una señora noche. Aquello parecía una cena de negros dentro de un túnel. La imagen, oscurecida casi en un cien por cien, impedía al espectador apreciar lo que allí ocurría. ¡Vaya, qué mala pata! La cosa no habría sido tan grave si se hubiese tratado de otra película; pero esta, en la que el argumento versa sobre un tipo que se dedica a asesinar mujeres por la noche… Vamos, que un desastre. Me pasé tres partes de la película yendo y viniendo del salón (donde estaba la televisión con el DVD puesto) al ordenador de mi habitación (donde tenía youtube y podía ver una copia de la película en casi perfecto estado de conservación). ¡Me tenían que haber cobrado la mitad por el DVD! Pensé. Seguramente el filme todavía no había sido restaurado cuando se hizo la copia en DVD que compré. La película era de 1927. Hitchcock hizo una serie de Films mudos que ahora tratan de conservarse. Han pedido donaciones por Internet para poder costear el precio de las restauraciones incluso (al parecer, se encontraban en un estado penoso de conservación). De entre todos los títulos silentes que Hitchcock rodó, hay uno que se considera perdido y que se busca con verdadero ahínco. El propio director consideraba esta película como muy mala. No sé qué favor le hacen a Hitchcock tratando de encontrarla… Cuando encontraron el metraje de “los olvidados” de Buñuel o el de “2001, una Odisea en el espacio” de Kubrick, pensé lo mismo. “Si fue material desechado en el montaje final sería por algo.”
Como curiosidad antropológica lo veo igual de mal. Es como hurgar en la intimidad de un individuo, como destapar aquello que el sujeto en cuestión no hubiese querido sacar a la luz nunca…
También puede ser que para Hitchcock su trabajo no fuese digno de verse pero a lo mejor para nosotros sí… Quién sabe.




Hoy un compañero me ha pasado una peliculita de Segundo de Chomón titulada “Viaje a la luna”. Hace un tiempo me había comprado un pack en el que se reunían unas cuantas películas del director aragonés. No obstante, a pesar de que ya conocía el film, mi compañero consiguió que lo viese desde un punto de vista nuevo. El film en cuestión es una copia de la película de Meliès “Voyage Dans la lune”. Él tildaba de “remake” esta versión y estaba en lo cierto. Él había visto antes a Meliès que a Chomón. Yo no. Todavía me sigue extrañando que Chomón y Meliès no puedan conocerse igualmente. Que el primero sea un desconocido y el segundo sea la segunda palabra que se nos ocurra después de decir “Orígenes del cine” y “Lumiere”(¿por qué se conoce “La salida de los obreros de la fábrica” y no “La salida de misa de doce del Pilar de Zaragoza”?). ¿Por qué desconocemos tanto la historia cinematográfica muda de nuestro país? ¿Por qué este país cuidó tan mal al cine en sus inicios? Chomón fue sin duda uno de los personajes que más apostó por el afincamiento del séptimo arte en la península. Así otros como Gelabert, que patentó cámaras e incluso todo tipo de trucajes- o efectos especiales- adelantándose a la implantación del sonido, que llegó de manos de Francisco Elías, otro nombre olvidado. Él instaló los primeros estudios sonoros (Los Orphea, en Barcelona) y rodó el primer film sonoro: “El misterio de la Puerta del Sol”.
Chomón fue muy ladino y aprendió de pe a pa todas las recetas mágicas de Meliès, aprovechando que trabajaba coloreando en la casa “Pathé” películas en blanco y negro. Luego, trajo aquí la novedad y, aunque tuvo bastante éxito, tuvo que terminar volviendo al extranjero para rodar en Italia y Francia con Pastrone o Gance. Su testamento cinematográfico fueron los efectos especiales de “El negro que tenía el alma blanca”, filme que Benito perojo rodó en Francia (otro exiliado cinematográfico por la incomprensión española).



Quiero dar un último apunte, aunque resulte surrealista en relación con lo anteriormente hablado: El “descubrimiento” de una copia de La Gioconda en el Museo del Prado. ¿Cómo descubrimiento? El cuadro estaba en los sótanos esperando a ser restaurado. Se descubre que el fondo no es negro sino que hay un paisaje detrás y a alguien se le enciende la bombilla y dice: “¡Mon dieu! Es la Gioconda!” Aquí yo me pregunto: ¿Hace falta ver el paisaje para adivinar que esa mujer se parece a la pintada por Leonardo da Vinci? Viendo los dos cuadros, el parecido es muy razonable. Les debió de suceder algo parecido a lo que me sucedió a mí con la película de Hitchcock, que con tanto oscuro no había forma de ver nada.
Antes era un cuadro que se creía flamenco y ahora parece ser que su autor fue alumno de Leonardo en su taller. ¡Qué forma de cambiar la historia! Y todo porque alguien había repintado el fondo de negro. ¿Quién narices se cree que es alguien para repintar un cuadro? Suponemos que no lo hizo el autor, claro (y si lo hizo, fue por presiones de alguien, para poder venderlo o algo así ¿no?). Los añadidos en los cuadros pueden resultar tan disparatados como los gustos (o malos gustos) estéticos de quien compra la obra o a quien va a parar por una suerte de divertidas aventuras. ¿Se imaginan? En este cuadro pega que haya una señora apoyada en el piano pintado. ¡Pintemos a una señora apoyada para arreglarlo!”. Ni el pobre Velázquez se libró de tales barbaridades.

2 – 2 – 12

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