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EL CIRCO MÁS PEQUEÑO DEL MUNDO. A TEODORO ESCARPA GONZÁLEZ

>> viernes, 3 de febrero de 2012





Dos momentos de mi vida con Teodoro y "Trombón"

Domingo por la mañana. Tenía este que aquí escribe cinco o seis años. De la mano de mis padres y mis abuelos llegaba hasta el Retiro. Una vez allí enfilaba el paseo del estanque buscando afanosamente un lugar a la derecha en el camino. Muchas veces estaba todavía vacío, pero no me importaba. Me quedaba sentado esperando. No podía tardar. A ese espacio mágico (que confluía con el paseo de estatuas) llegaba un hombre llamado Teodoro que lucía chistera y barbas que vestía siempre trajes coloridos. Portaba un baúl oscuro de madera que se me hacía enorme. Una vez allí lo abría y comenzaba a sacar lo que él llegó a denominar “El circo más pequeño del mundo”. Nadie podía imaginar que aquella maravilla podía encontrarse contenida en tan poco espacio. De él salía todo un escenario y los diminutos y variopintos artistas que lo pisaban.
Estaba por ejemplo Arlequino, un personaje con trazas clásicas de la comedia italiana, que era capaz de cambiar sus bolas coloridas por su propia cabeza, con la que también hacía malabares tras hacérsela desprender de su propio cuerpo. También estaba Roberto, un negrazo de Nueva Orleans que quería ser Louis Armstrong porque tocaba la trompeta y cantaba igual que él. Después, el hombre elefante, que se batía en duelo con un mosquito invisible que siempre acababa ganándole la partida de boxeo. También había un esqueleto cuyos huesos se encajaban y desencajaban al ritmo de la música. Así todo una troupe de maravillas traídas de todas las partes del mundo. Yo siempre me colocaba detrás del escenario y siempre las veía antes y después de salir a escena. Reposaban colgadas de un atril, esperando a cobrar vida. Expectantes. Sus hilos eran movidos por ese pequeño Dios que era Teodoro. Teodoro trabajaba con las manos. De él dependía que hicieran bien su función todos los domingos. Teodoro hablaba con ellas muchas veces en mitad de la actuación. Ellas tenían a veces miedo. Recuerdo al payaso Trombón, que no se atrevía a andar por la cuerda floja. Le miraba asustado, con el pánico escénico típico de una persona tan diminuta como era él. No importaba lo profesional que fuera, las veces que hubiese caminado sobre el vacío. Que nunca se hubiese caído. Teodoro tenía que inspirarle fuerzas, animarlo por todos los medios posibles. Finalmente, acababa cruzando de un lado a otro y saludaba satisfecho al público (y a Teodoro) tras la tarea bien hecha. Los niños no eran capaces de despegar sus ojos de aquel espectáculo tan formidable. Teodoro hablaba maravillosamente, con la labia que caracteriza a todo un presentador de variedades. Se colocaba tras la pequeña pista y con su pie pulsaba un interruptor escondido. Pronto sonaba el bombo y el platillo de Sousa, el sonido hipnótico de los encantadores de serpientes, la música folk irlandesa, el Danubio Azul… Todo contenido en aquel lugar, en aquel trocito al aire libre por donde podía pasar cualquiera. Uno de aquellos días, del baúl de Teodoro salió una marioneta más. Dormía igual que las otras, dentro de un saco negro. Cada una de ellas tenía su propia “cama”. Esta marioneta no era otra que yo mismo: Un violinista pequeñito de pelo moreno. Detrás, en su espalda de madera, había una dedicatoria. Este ha sido el regalo más importante que he recibido nunca. Cada día, cuando me despierto y me levanto, el violinista de cara blanca me mira con su violín puesto al hombro, siempre dispuesto a arrancar unas notas de él.
Pero llegó un domingo en que Teodoro no vino. Yo seguía yendo cada día de la semana hasta allí, no cejando en mi empresa. Sin Teodoro, el Retiro ya no tenía la misma cara. Todavía había un hombre de carne y hueso que apagaba palos de fuego en su boca y cruzaba una cuerda floja de verdad. Pero esto no me interesaba. La realidad era un aburrimiento.
Así pasaron los años hasta que hace unos pocos volvió a aparecer. El reencuentro fue fabuloso. Nos fotografiamos para tener un recuerdo de nuestra amistad (tan grande fue que ni la distancia ni los años la rompieron).
El otro día encontré por Internet una serie de fotografías antiguas hechas por Catalá Roca en Barcelona. Allí estaba Teodoro, treinta años más joven, igual de idealista y misterioso, haciendo pasar a los niños una buena mañana con su pequeño gran espectáculo.
Un gran artista, un artesano de los que ya no quedan. La elaboración de sus marionetas fue siempre un misterio para mí. Y aunque conseguí reproducir burdamente sus inventos en casa, haciéndome yo mismo las marionetas, no había nada que hacer al lado de sus prodigios en miniatura. Teodoro representó para mí un canto a la creatividad, una oportunidad para creer en la utopía. Yo quería ser como él y no me habría importado viajar por el mundo dentro de su baúl. Quería aprender su sabiduría, su concepción de la vida. Teodoro fue mi maestro aunque yo nunca pude ir a su taller ni recibir sus clases. No quiero que con él desaparezca su arte. Sería injusto para el mundo. Me hubiera gustado que hubiese visto la admiración que sentía por él hecha carne, cuando por las tardes, después del colegio, iba al Retiro acompañado de mi madre y de aquellas imitaciones de sus marionetas. Me hubiera gustado que hubiese visto cómo me ponía en un banco, utilizándolo de escenario, y desplegaba mi propio circo personal. Cómo los niños acudían a verme haciéndome pasar por él. Cómo con siete y ocho años me creía titiritero.
Esta semblanza tuya y mía va para ti, Teodoro. Estés donde estés.

3 – 2 – 12




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