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HISTORIA DE UN FALSIFICADOR

>> miércoles, 8 de febrero de 2012

Él no tenía nombre porque, de llamarse algo, debería de “apelarse” de mil maneras distintas.
Pensaba que Pessoa era un pesado y que lo que pensaba lo desasosegaba.
Él no sufría un trastorno de personalidad. Simplemente se aburría en una soledad cada vez mayor y escapaba de sí mismo mediante diversas identidades.
Le preocupaba estar vivo por todo lo que ello conllevaba. Además, no solo tenía que preocuparse de su vida sino de las de aquellos que completaban su existencia: su madre, su mujer y su hija.
Un día, su hija se levantó sobresaltada. Había oído voces en el despacho de su padre. Escuchó a una tal “Mimí” decir que había perdido a su familia y que se encontraba sola. Hablaba como hablan las niñas de los dibujos animados cursis.
Entró en el despacho y encontró a su padre sentado ante el escritorio y hablando con esa voz.
“Papá. ¿Por qué haces eso? Tengo miedo”
Tenía miedo de su propio padre. No entendía que no había de qué preocuparse, que el pobrecito necesitaba hablar solo, para sí mismo. Su propia voz le aburría. ¿Por qué no podía ser una niña como lo era su hija? ¡Bendita infancia! ¡Bendito universo femenino donde no caben soldados y sí prados silvestres!
Otro día, su mujer le descubrió en la cocina, haciendo unos fideos, mientras hablaba con la voz de ese doctor que un día vino a casa para diagnosticarle una falsa enfermedad.
“No debe usted hacer ejercicio. Su “ribanitis” podría agravarse”.
Se inventaba todo lo que decía. ¡Hasta los fideos terminaron contagiándose de aquello y fueron servidos en una salsa suculenta a los ojos (a las “pupilas gustativas”) pero abominable a la boca, a la lengua.
Una tarde, la madre decidió acabar con la pesadilla de su hijo. Desempolvó su antiguo bastón de mando y comenzó a realizar visitas cada vez más numerosas a casa. Tanto empeño puso que acabó yéndose a vivir allí. No quería dejar ni un momento a solas a su hijo para evitar que este cometiese alguna tontería.
Una noche, entró en el dormitorio y se sentó cerca de la cama, aprovechando la penumbra. Su nuera no veía con buenos ojos esta invasión de la intimidad (por muy loable que resultase la intención esgrimida a modo de excusa). Está tan loca como su hijo”. Así, todas las noches. La buena señora entraba cuando marido y mujer se disponían a meterse en el lecho conyugal. Al final, transcurridas tres semanas, el marido abandonó su fea costumbre de hablar por boca de otros. Aquel fue un día de felicidad.
A partir de aquel día, la mujer se sintió como en un remanso de paz.
“Soy feliz” pensaba cada noche mientras se desnudaba en la penumbra delante de su suegra.

8 – 2 - 12

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