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PEQUEÑA ESCENA ÍNTIMA

>> viernes, 30 de marzo de 2012

En la noche
Sobre la ventana desnuda
Se corre la cortina

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DE DOCE A TRES EN LO MÁS ALTO



Los martes y los miércoles de cada semana salgo de doce de la mañana a las tres de la tarde a la azotea de la facultad. Desde allí se divisan algunos de los últimos edificios de la Ciudad Universitaria recortados ante los terrenos de la casa de campo. En este momento del día el sol se encuentra en lo más alto y su calor no perdona. Ante mí coloco un caballete con un lienzo en el que cada día se producen pequeños cambios. No sé si para bien o para mal, mi “paisaje” evoluciona. Mi modelo no es nada alentador. Aquellas moles de cristal y granito son poco alentadoras, ciertamente. Alguien dijo alguna vez aquello de que si un artista lo es verdaderamente, lo que toca lo convierte en oro, sea lo que fuere. En mi caso, esto no funciona. O bien no seré un verdadero artista del pincel o bien todo este panorama será la excepción que desmantele esta regla de oro del pintor. De momento he optado por ponerme algo sobre la cabeza, porque el sol me deslumbra y su calor parece quitarme las pocas ganas que tenía de enfrentarme al trabajo. Parece ese diablillo que tengo a la izquierda -y que compite con el angelito que tengo a mi diestra- susurrándome al oído: “Deja lo que estás haciendo y bájate a la cafetería para pegarte un lingotazo de agua mineral recién sacada del refrigerador”.
Los primeros días me confeccioné un sombrero de papel con forma de barquito, de esos que les gustaría ponerse a los personajes tópicos de manicomio que se creen Napoleón. Al comprobar que el invento era motivo de múltiples chascarrillos entre mis compañeros de bata sucia, opté por traer una gorra de casa. Como no tenía muchas ganas de buscar me llevé la primera que encontré. Ya puesta, la gente volvía a señalarme. “¿Y ahora, qué?” me preguntaba. Al parecer, la gorra tenía dibujado un muñequito de la O.N.C.E. ¡Bonita metáfora para lo que andaba haciendo! Creo que un ciego lo haría mejor de cómo yo lo estaba haciendo en el lienzo. Volví a mirar más allá de la azotea. Ya me habían contado en alguna ocasión que un alumno, frustrado ante su obra, había optado por arrojarla al vacío desde aquí, desde este mismo punto en el que me encontraba yo. Mientras que, sin dejarse llevar por el ímpetu, no hubiese ido él detrás de su obra, estaba yo tranquilo. Con este calor uno podía acabar como ese Napoleón. Pensé en que hace unos días había estado en Asturias, olvidándome de todo esto que Ahora Tenía que recordar forzadamente tras las vacaciones. Había estado en lo alto de Gijón, junto a esa obra de Chillida a la que algunos ingeniosos habían retitulado como “El váter de Tarzán”. Desde allí se veían las ruinas (antecediendo a los acantilados) de lo que fueron los lugares estratégicos empleados para atacar a los barcos. Eran épocas distintas, cuando había guerras. Ahora todo aquel paisaje me remitía a aquellos momentos. Dejando volar mi imaginación me imaginaba a unos individuos parapetados tras cañones esperando la llegada del enemigo a las costas españolas. Estas ruinas habían sido edificios antes, qué duda cabe. Un señor llamado Albert Speer, que aparte de haber sido el arquitecto oficial de Hitler fue un romántico heredero de compatriotas como Friedrich, defendía la idea de que los arquitectos debían de realizar sus obras pensando en cómo quedarían tras un desastre. Como un perfecto Nostradamus con poder predecir el desastre de la Segunda Guerra Mundial, Speer diseñaba sus edificios pensando en el paso del tiempo y en sus estragos. Ahora, tras Speer, los arquitectos construyen dejando a un lado esta teoría tan interesante. No hay que irse muy lejos. En la zona de San Francisco el Grande, en Madrid, están levantando murallas nuevas con apariencia de antiguas. Por fuera parecen hechas de bloque de ladrillo, pero en realidad son más falsas que Judas. Por dentro se encuentran constituidas de hormigón. Speer en el fondo era un extraño idealista con pensamiento de hombre ilustrado. En Asturias, la figura más explotada a nivel cultural (turístico, vamos) es la de Gaspar Melchor Jovellanos. Su nombre compuesto se debe al haber nacido un cinco de enero. ¿Por qué no Melchor Gaspar Baltasar de Jovellanos? Esto, suponiendo que hubiese tres reyes magos y no cuatro, como algunos mantuvieron. En todo caso, el ilustrado español más conocido tiene su propia casa museo en Gijón. Dentro de ella, de Jovellanos apenas se conservan recuerdos personales: algo de mobiliario personal, algún cuadro y alguna muestra de su legado. Había ejemplares de sus obras y algún manuscrito. La letra de Jovellanos, como la de quienes escribían por entonces a pluma y tinta, era perfecta. Ahora, sería una tipografía de diseño. Apenas se atisba muestra de la imperfección del hombre en ella. Cada letra es una obra de arte en sí, y cada palabra por tanto, una recolección de obras de arte. Yo no sería capaz de escribir con aquella parsimonia, esmerándome grafológicamente. Las ideas se me escaparían sin llegar a encerrarlas en el manuscrito. No daría tiempo. Además, habría que tener en cuenta los manchurrones accidentales, el tener que volver a empezar una hoja nueva por haber estropeado aquella en la que se estaba trabajando.
Esta Semana Santa no he visto ninguna profesión pero sí que he escuchado algunos Réquiem. Concretamente, los de Tomás Luis de Victoria, Verdi y Mozart. De ellos, me ha sorprendido gratamente el de Verdi. Su fuerza supera por momentos al de Mozart, al que tenía en un pedestal. Su “Dies Irae” y su “Lacrimosa” me siguen pareciendo fascinantes, pero el “Sanctus” y la “Lacrimosa” de Verdi me parecen sublimes. Se atisban incluso momentos alegres, de júbilo. Algo tiene en común en este sentido Verdi y Rossini. El “Stabat Mater” de este último demuestra que la alegría de las obras del compositor no se aminoraba ni con piezas sacras. La representación del dolor, del momento trágico de la muerte de Cristo parece desaparecer con Rossini. Su “Stabat Mater” parece un “Estaba feliz”.
La música vive en mí, me reconforta en los momentos más difíciles. La música te conduce por senderos imposibles de explicar. Te conmueve, te conecta con las fuerzas de la naturaleza. Sobre todo la música clásica. Te habla de ese sedimento espiritual del que el ser humano se resiste a desprenderse. Me siento en paz con ella. Me da la sensación de que no necesito nada más, que lo tengo todo.
Si la civilización tuvo una clara evolución cultural, creo que el ser humano también pasa por idénticas etapas. Siempre creemos haber llegado al momento final de aprendizaje, nos parece que ya no podemos conocer nada más maravilloso que lo que ya tenemos. Y siempre acabamos equivocados. Siempre se puede aspirar a más.
Siempre podré pintar mejor, pero no con estos paisajes. Estoy convencido.

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Con Basilio Martín Patino, en calidad de invitado, durante la proyección de su film "Queridísimos verdugos"

>> miércoles, 28 de marzo de 2012




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LUZ QUE AGONIZA (GASLIGHT)

>> lunes, 26 de marzo de 2012




Patrick Hamilton fue un escritor de pensamiento marxista que decidió impregnar su obra de denuncia social. Como si de un Charles Dickens postrero se tratase, sus escritos rezumaban cantos tristes al presentarnos una sociedad deprimente e injusta. No obstante, la elegía acababa convirtiéndose en una especie de bel canto, al encontrarse llena de esperanza. Hamilton creía en la idea de progreso y esto ha podido convertir en la actualidad a sus trabajos en un bien de interés cultural. Quizá el cine haya tenido bastante que ver como fuente de divulgación tan inmensa. Quien vea “The rope” o “Gaslight” puede que no sepa que las escribió ese tal Hamilton. En cualquier caso, no creo que el autor buscase elevar su nombre a la quintaesencia de lo sagrado. Presumo que lo que buscaba, transmitir ciertos mensajes de denuncia, lo consiguió. Sus obras teatrales quedaron fijadas en el celuloide gracias a directores de la talla de Alfred Hitchcock o George Cukor. ¿Qué es lo que puede quedar por encima de las ideas de Hamilton? La atmósfera de suspense, tan bien conseguida en los dos casos. “Gaslight” tuvo dos versiones cinematográficas. Una, la más cercana al estreno de la obra teatral original, fue llevada a cabo por Thorold Dickinson en 1940. La otra cuatro años posterior, se impuso a la primera. “Gaslight” fue traducida en su primera versión de forma literal (“Luz de gas”). La segunda, para distinguirse de la primera, adaptó y adoptó el nombre de “Luz que agoniza”. ¿Qué nos cuenta el argumento? Para evitar destripar nada de la trama, nos basaremos en el mensaje de Hamilton: el cómo una mujer puede acabar viajando a las montañas de la locura por culpa de la manipulación a la que es sometida por su marido. Cukor, que tan bien conocía el universo femenino, supo dotar a la cinta del ambiente preciso, dando unas lecciones magistrales a Ingrid Bergman, la mujer torturada en cuestión. Charles Boyer, con un papel que le venía como anillo al dedo, hizo el resto. Como tercer eslabón de una misma cadena, Joseph Cotten, que consigue crear un equilibrio necesario entre esas dos fuerzas actorales tan descomunales. El film, como ya hemos dicho previamente, mantiene la atmósfera de suspense tan idónea de la neblina londinense y se empareja en estética con otras del productor David O.Selznick como “Rebeca” o “Recuerda” de Hitchcock (también de los años cuarenta). Todo un lujo para la vista.

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Cómo dibujar animales tristes o cuaderno de todas cosas vivas y muertas que imaginé la noche que te fuiste para siempre (2009), Laboratorium.

>> jueves, 22 de marzo de 2012

Cómo dibujar animales tristes o... from laboratorium on Vimeo.

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REGINO

Muchas veces, yendo por la calle, en autobús, metro o simplemente merendando en una cafetería, nos ha parecido conocer a alguien que pasaba fugazmente por nuestro lado. Nuestro miedo a que aquel que creíamos conocido acabara siendo desconocido nos hizo tratar de retener ese rostro lo máximo posible antes de que se transformara en otro bien distinto. ¿Cuánto tiempo duró “Roberto” la última vez que creyó usted verle? “Sesenta segundos antes de que se acabase convirtiendo en un tal Gerardo”. La capacidad de retener conscientemente una ilusión, un espejismo, es casi un don divino dado por los dioses. Existen pocos afortunados con este regalo. Una vez, creí tener frente a mí a Regino. Y, en efecto, era Regino. Esto fue maravilloso. No tuve que tratar de retener su imagen porque era verdaderamente aquella. Ese rostro era el de Regino. Esto es típico en él: Parecer Regino y serlo. Regino es el portero del bloque de pisos donde vivo. Es todo un fenómeno. Trabaja como el que más y nunca se permite descanso. Esto es totalmente cierto: vive en el portal donde trabaja. El año pasado compró la casa con la puerta que daba al portal. Regino no quiere tener tiempo libre. Se aburre. Esto es terrible. No sabe no vivir fuera de su portal. Si sale a la calle, es para conseguir cosas con las que entretenerse dentro de él. Y no me refiero solo a la comida: Regino lleva veinte años de su vida redecorando aquel sitio de paso. El que pasa por él para coge el ascensor o subir las escaleras, no puede no sorprenderse con las tareas de Regino. Un día, le pregunté: “¿Qué haces, Regino?” Y él me contestó: “¿No lo ves? Instalar los nuevos tiradores de las puertas de la entrada.” Yo entonces le pregunté de nuevo: “¿Pero no estaban nuevos los tiradores?” Y él volvió a contestarme: “Sí, pero no eran lo suficientemente bonitos. Mira ahora como relucen de dorado”. Llamaba dorado a lo que era una capa de pintura amarilla. Otro día le pregunté: “¿Qué haces, Regino?” Y él me dijo: “Es usted un poco insistente en sus preguntas… Pues mire, estoy pintando unos frescos en las paredes de la entrada del portal”. La verdad es que para no haber pintado nunca en su vida, el resultado fue excelente: En la pared de la izquierda, según se entraba al portal, se veían los siguientes temas: El rapto de Europa, la educación de Aquiles, Apolo y Daphne y Susana y los viejos. En la pared de la derecha, había pintado lo siguiente: La guerra de Troya, el regreso de Ulises, la fábula de Aracne y el nacimiento de Venus. Precioso, todo en un estilo neoclásico. No obstante, los vecinos se encontraban un poco cansados de los caprichos de Regino. Evidentemente había que pagar justamente cada uno de los trabajos de nuestro portero. Todos éramos conscientes de que su gusto se iba refinando cada vez más y, claro, el precio de sus servicios iba subiendo cada vez más. Todavía recuerdo el día en que le pregunté: “¿Qué haces, Regino?” y él me dijo “Tú siempre tan original con tus preguntas. He cambiado las columnas que soportan el peso de los pisos de arriba. ¡Eran muy feas! Ahora son columnas salomónicas. Y estas de aquí se han convertido en cariátides. No está mal ¿no?”
¿Cuándo comenzó Regino a trabajar fuera del portal? Debió de ser un par de meses después. Levantó todo un andamiaje que cubría la fachada del edificio. Quería convertir ahora la arquitectura exterior. El bloque de pisos había sido construido a base de ladrillos, cristal y metal. No se diferenciaba al resto de edificaciones construidas en el barrio. A veces uno podía confundirse de casa y entrar en otra distinta si no atendía a los números que había sobre las puertas. Regino quiso diseñar su propio edificio (no le importaba que ya estuviese construido). Tras tres años de trabajo minucioso, quitó los andamios. La fachada era ahora de estilo Art Decó. Increíble.
Los vecinos ya no pudieron más y lo despidieron. ¡Pobre Regino! De la noche a la mañana dejó de ser un portero risueño para convertirse en un humanista incomprendido.

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POR UN VASO DE AGUA

>> martes, 20 de marzo de 2012

El camarero depositó el vaso de agua sobre la mesa y se marchó. Él continuaba mostrando esa estúpida sonrisa que va de una oreja a otra. Yo, sentada frente a él, tenía ganas de discutir. ¡No podía aguantar más! ¿Quizá era porque llevábamos mucho tiempo felices los dos? Nuestra vida era una balsa de aceite y esto me preocupaba. Yo siempre me he considerado una persona aventurera. La vida es demasiado aburrida para mí. Mi historia es de lo más simplona. Siempre lo he tenido todo solucionado, nunca he tenido que pasar penurias de ningún tipo. Podría decirse que he sido una mujer afortunada, que he tenido unos padres cariñosos, tolerantes, permisivos… he estudiado lo que más me ha gustado, nunca he tenido problemas económicos, conocí a una persona encantadora de la que me enamoré… Vamos, un royo. Y ahora quería romper con todo aquello. ¿De qué forma? ¡Muy sencillo! Comenzando una discusión provocada exclusivamente por mí. Allá vamos.

- ¿Es que siempre tienes que estar diciendo tonterías?
- … ¿A qué te refieres, cariño?
- No perdono tu ingenio, tu pedantería… No entiendo esa sonrisa estúpida. ¿Qué tiene de gracioso un vaso de agua?
- No, no es eso… La gracia está en definir ese vaso de agua como “un zumo de nube”…
- Muy ocurrente, sí señor…
- Además, eso no lo he dicho yo, lo ha dicho el camarero. Ha venido y ha dicho “aquí tiene su zumo de nube”…
- ¡Bueno, pero tú le has reído la gracia! Tú congenias con él ¿no es eso? Llevas un minuto sonriendo…
- No pienso llorar… El vaso está hasta arriba de agua… ¡Las lágrimas podrían desbordarlo!
- ¿Lo ves? Tú no sabes decir basta ¿verdad?
- ¡Pero mujer, si lo hago por sacarle la parte buena a esta situación!
- ¿Qué insinúas? ¿Quieres decir que algo va mal entre nosotros?
- … Eh… No. ¡No!
- ¡Se acabó! ¿te parece bonito que todo acabe entre nosotros por un vaso de agua?
- Me parece, cuanto menos, precipitado…
- ¡Calla, calla! Ahora no hagas un chiste… Tú eres capaz de relacionar “precipitado” con “precipitaciones”, con “lluvia”, “cumulonimbos” y “vaso de agua”…
- Cariño, ¿has dormido mal esta noche? Te noto…

Aquello fue la gota que colmó el vaso. Me levanté y le dejé allí con su cara de no haber roto un plato (ni haber tirado un vaso de agua) y me fui a casa. Ahora dejaría unos días de rigor para sentirme enfadada, pensar en todo esto, preocuparme, sufrir, acordarme de él, echarle de menos, llamarle y pedirle perdón sin dejar mi orgullo a un lado. ¡Por fin mi vida comenzaba a tener algo de sentido!

20 – 3 – 12

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Retrato como "El barbero (afeitado) del papa" de Velázquez


Retrato del barbero del papa de Velázquez



Fotografía realizada por Drusila Dones

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Manipulando fotogramas





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"Méditation". Thaïs (Massenet)

>> miércoles, 14 de marzo de 2012

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APUNTES SOBRE UN PROGRAMA DE MÚSICA

>> lunes, 12 de marzo de 2012

Estoy en el Auditorio Nacional. Vengo de recoger la entrada que tenía reservada en taquilla. Todavía pienso en lo que acaba de pasar. De pronto, un hombre me ha parado para preguntarme mi nombre. Al parecer, me había oído pedir la entrada al conserje. “Quería recoger una entrada a nombre de Javier Mateo, por favor.” ¿Qué debió oír de misterioso en aquellas palabras? No podía imaginar qué es lo que quería de mí. Me había sujetado por el abrigo desde atrás para que cayese en su presencia. Me día la vuelta, le miré frente a frente y, entonces, me preguntó: “¿Puedes decirme cómo te llamas?” Yo le dije “Javier Mateo”. Fue cuestión de un momento que sacase su carnet de identidad y me lo pusiese delante de mis narices. Curiosamente, aquel hombre se llamaba igual que yo. “Celebro encontrarme con mi doble” le dije. Espero que no pensara que me había hecho pasar por él para quedarme con su entrada. .
Ya dentro del auditorio, pienso lo mucho que me recuerda su arquitectura a la de los tanatorios. Hasta la decoración es similar. Recuerdo el cuerpo inerte de mi abuelo en el tanatorio de la M-30. El féretro se encontraba pegado a una pared, y sobre esta había colgados dos grabados del artista español Canogar. Por aquel entonces me encontraba en primero de carrera de Bellas Artes y tenía a un profesor de color al que le encantaba torturarme psicológicamente. El primer trabajo que entregué en el curso lo hice para él y, cuando se lo entregué se quedó mirándolo extrañamente y me dijo: “¿Tú no habrás entrado por enchufe en esta facultad, verdad?” Esas fueron las primeras palabras que un profesor me dijo en la facultad. Nunca las olvidaré. Los gustos artísticos de aquel didáctico profesor se resumían en diez nombres de artistas españoles contemporáneos suyos a los cuales, casualmente, había conocido personalmente. Entre ellos estaba Rafael Canogar. Por aquel entonces, no solo no podía ver ya a mi profesor sin que me entrasen picores sino que tampoco podía ver “ni en pintura” a sus referencias estéticas. Y yo pensaba mirando aquellas piezas de arte que custodiaban a mi abuelo como los soldados del Santo Sepulcro: “¿Hasta aquí me van a perseguir los del grupo “El Paso”?”
Recuerdo también las estancias de la “Dimensión Clínica” (así rezaba el letrero de entrada) donde estuve acudiendo durante casi siete años de mi vida. Y no, no acabé allí por culpa de aquel profesor. Mientras esperaba diariamente comenzar allí las sesiones, me entretenía contemplando las reproducciones artísticas que había colgadas en sus paredes. La sala de espera donde me encontraba estaba dedicada a Vasarely, mientras que en el pasillo había enmarcados unos ¿aguafuertes? De Chagall. Estos últimos me parecían fantásticos. Nunca los volví a ver en ningún catálogo ni en ninguna exposición. ¡Y eso que los busqué con verdadero entusiasmo! Chagall me daba la vida. Canogar me la quitaba. Curioso.
Imagino una historia chagalliana:

“Érase que se era un mimo llamado Marcial. Marcial iba todos los días a un parque para hacerse pasar por una estatua de sal (como la mujer bíblica de Lot). Marcial tenía en común con Fellini la pasión por los traseros femeninos rotundos. Su dontancredismo le impedía ir tras ellos, pero era alabado por el público (llegó incluso a alcanzar una considerable fama en el lugar por su capacidad de estarse quieto). Marcial sabía que en general la gente de aquel lugar tampoco hacía nada en su vida, y eso les unía. La diferencia es que él había sido más listo y ahora cobraba por ello.
Un día, Marcial pensó: “¿Y si me escapo de aquí para buscar a las mujeres de los sueños de Fellini?”
Marcial tenía a un amigo escultor que podía serle útil para tal fin.
“Sé que quedándome inmóvil mañanas y tardes la gente me echa monedas, pero también es cierto que al estar aquí todo el día no puedo estar en otros sitios. Quizá esté echando a perder mi vida. Quiero vivirla antes de que sea demasiado tarde. Quiero conocer otros lugares, hablar con las gentes, enamorarme…”
Y ustedes se preguntarán: “¿Para qué necesitaba Marcial a su amigo escultor?” La respuesta es bien sencilla: Para que le construyese un doble, una escultura a tamaño real, igual que él. Una obra hiperrealista. Su amigo tardó casi un año en realizarla. Finalmente, la escultura quedó concluida y Marcial pagó a su amigo con lo que había ganado en esos 365 días trabajando “sin trabajar” en el parque. ¡Qué ganas tenía Marcial de que llegase aquel día! A partir de entonces, la escultura le suplantó en el parque sin que nadie se percatase del cambio. Todos los amaneceres llegaba Marcial al parque con la escultura y la dejaba en el lugar donde antiguamente él se colocaba. Ponía delante el sombrero para las monedas y se iba durante toda la mañana y toda la tarde a vivir su vida en otros lugares. Al anochecer regresaba, se guardaba el dinero que le habían dejado en el sombrero y se llevaba la escultura hasta el día siguiente.”

Ahora me encuentro en el primer piso del auditorio. Hay organizada una exposición sobre la figura del compositor catalán Joan Guinjoan. Observando algunas partituras originales del autor allí expuestas, me he percatado de que en algunos pentagramas las notas se metamorfosean en dibujos. Al parecer, Guinjoan también sintió la necesidad del Marcial del cuento chagalliano: escapar de los renglones estrictos de su trabajo. La música contemporánea es juego al fin y al cabo. Divertimento. Como si de niños se trataran, los compositores hacen travesuras. Quizá también Canogar quiso jugar a la vanguardia y volver a ser niño. Quizá también Chagall. E incluso Freud, a quien Nabokov definió como un gran humorista. ¿A quien se le ocurre tratar de catalogar lo que le pasa por la cabeza a un individuo? ¡Es de locos! Freud seguramente era consciente de su reto imposible, de ese tratar de poner coto a lo ilimitado. Por cierto, al fondo de la consulta, más allá de los cuadros de Chagall había un Zobel. ¡Qué bien quedan las obras abstractas en los gabinetes de psiquiatría! A pesar de todo esto (a pesar de ser la psiquiatría la ciencia menos científica y más inexacta), aquellos siete años me sirvieron de mucho. Estaré eternamente agradecido a Freud.
Lo que menos tolero es ese tipo de gente como yo, que se pone a hablar sin tener ni idea. Tampoco soporto a los que catalogan de “locos” a los que van a un psicólogo o a un psiquiatra.
Me gusta la sinceridad, ser naif y reconocerlo. Estos son mis límites y me gustan.

Siento que me quedo sin papel. He estado escribiendo en los espacios en blanco de las páginas de un programa de música. El programa del concierto que he ido a ver y que ahora estoy escuchando. Ahora suena la sinfonía Nº 3 “Renana” de Schumann.

12 – 3 – 12

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MEDIA TARDE Y MEDIA NOCHE EN MEDIO DE SAN BERNARDO

>> lunes, 5 de marzo de 2012

                                             Fotograma de "Don Quintín el Amargao" de Luis Buñuel


Probablemente muchos de quienes pasen por allí desconozcan el secreto que alberga aquella fachada. Aparentemente no resulta una construcción muy particular, aunque se distinga de otros edificios de la misma calle por una mayor vistosidad. Si resulta raro imaginar que tras esos muros se impartan clases de canto, más extraño puede ser imaginar que aquello fue un palacio originariamente, allá por el siglo XVIII.
Yo, particularmente, tuve la suerte de descubrir el secreto ya de niño gracias a una amiga de mis padres que, siendo profesora allí, me llevó a asistir a un recital de canción española. Así, escuchando a Granados, Turina o Halffter, me quedaba anonadado observando aquí y allá los mil detalles de aquel teatro barroco donde tenía lugar el concierto. Parecía como si nos hubiésemos desplazado hacia atrás en el tiempo. Todo parecía mantenerse como el primer día en que fue construido.
No haría mucho que había asistido con mi abuelo a una representación de “El barberillo de Lavapiés” en el Teatro Calderón (hoy, Teatro Hagën Dazs- pronto, Madrid puede que acabe cambiando también de nombre para llamarse, por ejemplo, “Ciudad Telefónica”). El personaje de aquella obra fue para mí el primer pícaro que conocí, mucho antes que el Lazarillo de Tormes. También, fue la primera zarzuela que escuché… y la primera obra de un estilo tan característico. Después llegaría Rossini a mi cultura y, entonces, diría: “¡Suena al barberillo de Lavapiés!”. Y es que  Barbieri nada tenía que envidiar al “Barbero de Sevilla” (tras escuchar “jugar con fuego”, terminó de quedarme claro).  El teatro Calderón se incendió poco después y ya no he vuelto por allí, cosas de la vida. No obstante, después de aquel concierto en el que mi amiga Paloma tocó el piano, regresé al Palacio Bauer. Y allí volví a recordar a Barbieri. Aquella música tan “italiana”  parecía haber sido compuesta para ser representada en un escenario como ese.
Hace dos años pedí permiso para poder filmar allí las primeras escenas de un cortometraje que me encontraba preparando titulado “Juego a dos manos”. Apenas dispusimos de una hora para filmar. No obstante, mereció la pena. Ahora, he tenido de nuevo la oportunidad de volver allí, de nuevo en calidad de espectador. Los alumnos de la escuela de canto representaban dos zarzuelas: “El bateo” y “Don Quintín el Amargao”. La representación comenzaba a las ocho de la tarde y finalizaba a las doce de la noche. Paloma había sido de nuevo la culpable de mi reincidencia en aquel sacrosanto lugar. De “Don Quintín” conocía las versiones cinematográficas sonoras (la muda se perdió) y una de las canciones de la zarzuela que se volvió popular en la época:

Don Quintín,
no lo hace con mal fin.
Don Quintín,
no es un majalandrín.
Don Quintín,
no está mal educao.
Don Quintín,
el pobre está amargao.

Si algún día amanece
de mal talante...
Se oyen sus alaridos
en Alicante.
Y el que diga una cosa
que le moleste...
Sabe que al otro día
duerme en el Este.
¡Sí que debe ser brutal!
¡Sí que debe ser bestial!

Antes de saber quién era Buñuel ya había oído de niño en más de una ocasión a mi abuelo canturrear aquellos versos. Mi abuelo era toda una orquesta sinfónica. Preciso como el que más, de faltarle letra a la música siempre decía las notas de lo que cantaba. Así, por ejemplo, se le oía cantar una canción con la siguiente letra: “Fa do sol, si la si, sol fa mi, re do do”.
En la época en la que la obra se estrenó, las canciones se hacían populares de boca a boca, pues la radio todavía no existía y no todo el mundo podía permitirse el ir al teatro. “Don Quintín el amargao” era original de Antonio Estremera pero sobre todo de Carlos Arniches, el exponente máximo del casticismo teatral. Por esto mismo, quizá tuviese tan poca partitura. Jacinto Guerrero debió comedirse en cierta medida a la hora de ilustrar musicalmente sus escenas, ante el apabullante texto de casi dos horas de duración. No obstante, melodías como aquella que se sabía mi abuelo se hicieron bien conocidas. ¡Quién le iba a decir a él que iba a encontrase tiempo después con el músico yendo de camino al “Coliseum”, en Madrid, para escuchar una de sus revistas! “Maestro, voy a verle ahora mismo en sus “Cinco minutos nada menos” le dijo, subidos los dos en un tranvía.
Lo más curioso de la puesta en escena fue el uso de proyecciones con cañón desde un ordenador volviendo “virtual” todo posible decorado. En el inicio de “Don Quintín” sucedió algo previsible: un error tecnológico hizo que las imágenes desapareciesen del escenario, quedando los actores abandonados a su suerte en medio de la oscuridad. “Esto, con la decoración del cartón piedra, no habría sucedido”, seguro que pensaban todos los que allí estaban. En cierto modo, el teatro necesita de una ambientación en tres dimensiones, de la especialidad generada por los telones o el atrezzo. Sin esto, realmente el teatro como tal puede llegar a resultar innecesario, pudiendo representarse la obra en cualquier parte. El teatro, como tal, quedaría reducido en el diccionario como “lugar que tiene como fin concentrar a un número de gente concreta dispuesta a asistir a una representación”. Es decir, el teatro sería una arquitectura, un espacio cerrado (o ni siquiera esto). La decisión de introducir lo digital como recurso de sustitución puede venir dado también por una cuestión económica. La síntesis que se hace de esa “ambientación”, de esa “atmósfera”, sale mucho más rentable y trae menos quebraderos de cabeza. Lo malo, el otro platillo de la balanza, viene cuando suceden cosas de este tipo: “La Gran Vía” de Madrid acaba apagándose para mostrar un fondo de telón, esto es, la trampa y el cartón (cosa también, interesante).        
La atmósfera escenográfica de “Don Quintín” y de “El bateo” recordaba al ambiente vivido durante los años de la República. Parece ser que en este país, de un tiempo a aquí, nos hemos vueltos nostálgicos y hemos sufrido un revivir vintage de ciertas épocas pasadas. Mi abuela, por cierto, en aquellos momentos hacía también su teatro particular. Durante la guerra, realizó representaciones en el Teatro Español de obras de Lorca, Lope de Rueda y Ramón de la Cruz. “Las castañeras picadas”, de este último autor, es una de las que recordaba haber llevado a las tablas. Madrid era zona roja y las representaciones se hacían para los soldados heridos en la contienda. “Después de cada obra, teníamos que subir a la zona de los palcos para saludar al general Miaja”.
De las dos obras, era “El bateo” la que tenía una verdadera carga política, eso sí, caricaturizada. Para hacernos una idea, parte del argumento consistía en el dilema que se le presentaba a un obrero con ideas políticas incendiarias al presentársele la situación de tener que estar presente durante el bautizo de su nieto. En este caso, el libreto era de Antonio Domínguez y Antonio, mientras que la música era del genial Federico Chueca. El estilo del compositor es inconfundible. Sus canciones suenan a alegría y a humor. Maravilloso siempre. Como muestra, un botón: el número de “Gavota”, en el que los organilleros se declaran en huelga y la música prevista de la verbena ha de sustituirse por otra más clásica. Allí están los chulapos y chulapas más chulos que un ocho bailando con su propio estilo una inigualable gavota.
El sainete en un acto, más castizo que “Don Quintín”, juega a parodiar el lenguaje castizo tan propicio a la invención de vocablos.
Reconozco, en mi caso, que todo ese Madrid tan santo (el de San Isidro y de San Antonio de la Florida) puede que no exista. Sus imágenes han sido construidas en mi imaginación a base de películas, libros y narraciones de quienes sobrevivieron a la época, a cuando el mundo era todavía ingenuo. Ese finales del diecinueve y principios del veinte tan visual, tan gustoso, tan oloroso, tan táctil y tan musical. Los cinco sentidos de una verbena de la Paloma que pareció creada por Gómez de la Serna.

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El marqués de Caravaca y el coro de locos

>> domingo, 4 de marzo de 2012

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CANCIÓN FUTURA

Tras la función
Suenan aplausos

El actor los recibe
Como el gimnasta
Que, tras ejercicios
Siente el agua de la
Ducha

Como quien ya no puede sentir más dolor
Y entonces se relaja, por efecto de droga
Y es feliz, y se siente por fin libre ahora
Y recupera sensaciones que creía ya perdidas
Muy anteriores, de tiempos pasados, antes
De quedar encerrado en la que fue su celda
Su torre de marfil, su bello tormento.

El mundo es egoísta y sigue girando
A pesar de cada pequeño Apocalipsis

Cada día, se representa de nuevo la función
Cada día hay butacas preparadas
Escenarios encendidos
Cuerpos trabajando sus arrugas
Y un alma condenada a fortalecerse
Sin miedo a que alguien extinga la llama

Hay quien todavía no conoce su personaje
Su papel diario a representar...
Por eso no puede evitar
acabar encerrado
Cada dos por tres en aquella prisión.
Por eso necesita curarse en pequeñas dosis

¿No sería mejor conocer las piedras del camino
Para así sortearlas?
¿No sería mejor dejar de pensar
Que todo es una ficción
y que de allí se saldrá
para llegar a la realidad de las cosas?

La ficción es la verdad
Y el sueño, la razón.
Dormir no es soñar
Porque nunca fuimos despiertos
Y siempre se acaba repitiendo la ficción
Y nada es lo que parece porque nada es real
Solo el dolor lo es, e insistimos en esta realidad

Ya me cansé de recorrer
Nuevamente, como un mal actor
Los caminos del dolor.
Ya me harté de todo eso.
Quiero conocer de una vez
Esa parte oscura que tanto trato de desconocer

Quiero aprenderme bien el papel y recibir
por fin los aplausos por el trabajo bien hecho.
Quiero saber quien soy para evitar mis abucheos
Aunque la obra quede inconclusa… sin un fin…

No importa. La cuestión es no dejar de ensayar.
La cuestión es querer dejar de sufrir ya.
Nada más.

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COMO POLVO DE ESTRELLAS

Como un inútil réquiem
Que imagina que revive
A quien ya nada le importa

Como un dolor inextinguible
Al que no le interesa la marcha
Porque vive satisfecho en la tristeza

Como todo eso, como todo y nada
Así escribe, quien os habla, todo esto
Contagiado de música y de dolor…
Obligado a creer en la esperanza
Cuando nada parece apuntar a ello

Cuando nada parece haber en el horizonte
Pues el sol cayó, y oscuridad solo queda
Es entonces cuando suenan las cadenas
Cuando muevo mis pies… Todo pesa,
Cualquier moviendo, gesto, palabra, cuesta

Cansado de mirar al espejo para creer en uno mismo
Harto de acostarse encogido cuando no hay ningún frío
Temeroso, un día más, de volver a pensar con el estómago
siempre camino, y cuando me siento, oír música necesito
para no escuchar mi propia voz que, cobarde, me habla
desde dentro, pensando en volver atrás, en deshacer lo hecho,
lo superado, lo que venció al sufrimiento… porque sufrir
y regocijarse a veces parece una misma cosa volviendo al pasado
rememorando lo que estuvo bien antes de que dejara de estarlo
por algún motivo que siempre se me escapa…

¿Por qué me abandona la felicidad sin preguntarme siquiera?

Como agua que huye entre los dedos
y cae al suelo, imposible ya de recogerse
impotente así me siento, me sentí y sentiré
porque hay una especie de conjuro que así
lo dictamina en algún lugar del espacio
un sino, mi sino: un polvo de estrellas.

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"Lacrimosa" (Réquiem, GIUSEPPE VERDI). Herbert Von Karajan

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