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APUNTES SOBRE UN PROGRAMA DE MÚSICA

>> lunes, 12 de marzo de 2012

Estoy en el Auditorio Nacional. Vengo de recoger la entrada que tenía reservada en taquilla. Todavía pienso en lo que acaba de pasar. De pronto, un hombre me ha parado para preguntarme mi nombre. Al parecer, me había oído pedir la entrada al conserje. “Quería recoger una entrada a nombre de Javier Mateo, por favor.” ¿Qué debió oír de misterioso en aquellas palabras? No podía imaginar qué es lo que quería de mí. Me había sujetado por el abrigo desde atrás para que cayese en su presencia. Me día la vuelta, le miré frente a frente y, entonces, me preguntó: “¿Puedes decirme cómo te llamas?” Yo le dije “Javier Mateo”. Fue cuestión de un momento que sacase su carnet de identidad y me lo pusiese delante de mis narices. Curiosamente, aquel hombre se llamaba igual que yo. “Celebro encontrarme con mi doble” le dije. Espero que no pensara que me había hecho pasar por él para quedarme con su entrada. .
Ya dentro del auditorio, pienso lo mucho que me recuerda su arquitectura a la de los tanatorios. Hasta la decoración es similar. Recuerdo el cuerpo inerte de mi abuelo en el tanatorio de la M-30. El féretro se encontraba pegado a una pared, y sobre esta había colgados dos grabados del artista español Canogar. Por aquel entonces me encontraba en primero de carrera de Bellas Artes y tenía a un profesor de color al que le encantaba torturarme psicológicamente. El primer trabajo que entregué en el curso lo hice para él y, cuando se lo entregué se quedó mirándolo extrañamente y me dijo: “¿Tú no habrás entrado por enchufe en esta facultad, verdad?” Esas fueron las primeras palabras que un profesor me dijo en la facultad. Nunca las olvidaré. Los gustos artísticos de aquel didáctico profesor se resumían en diez nombres de artistas españoles contemporáneos suyos a los cuales, casualmente, había conocido personalmente. Entre ellos estaba Rafael Canogar. Por aquel entonces, no solo no podía ver ya a mi profesor sin que me entrasen picores sino que tampoco podía ver “ni en pintura” a sus referencias estéticas. Y yo pensaba mirando aquellas piezas de arte que custodiaban a mi abuelo como los soldados del Santo Sepulcro: “¿Hasta aquí me van a perseguir los del grupo “El Paso”?”
Recuerdo también las estancias de la “Dimensión Clínica” (así rezaba el letrero de entrada) donde estuve acudiendo durante casi siete años de mi vida. Y no, no acabé allí por culpa de aquel profesor. Mientras esperaba diariamente comenzar allí las sesiones, me entretenía contemplando las reproducciones artísticas que había colgadas en sus paredes. La sala de espera donde me encontraba estaba dedicada a Vasarely, mientras que en el pasillo había enmarcados unos ¿aguafuertes? De Chagall. Estos últimos me parecían fantásticos. Nunca los volví a ver en ningún catálogo ni en ninguna exposición. ¡Y eso que los busqué con verdadero entusiasmo! Chagall me daba la vida. Canogar me la quitaba. Curioso.
Imagino una historia chagalliana:

“Érase que se era un mimo llamado Marcial. Marcial iba todos los días a un parque para hacerse pasar por una estatua de sal (como la mujer bíblica de Lot). Marcial tenía en común con Fellini la pasión por los traseros femeninos rotundos. Su dontancredismo le impedía ir tras ellos, pero era alabado por el público (llegó incluso a alcanzar una considerable fama en el lugar por su capacidad de estarse quieto). Marcial sabía que en general la gente de aquel lugar tampoco hacía nada en su vida, y eso les unía. La diferencia es que él había sido más listo y ahora cobraba por ello.
Un día, Marcial pensó: “¿Y si me escapo de aquí para buscar a las mujeres de los sueños de Fellini?”
Marcial tenía a un amigo escultor que podía serle útil para tal fin.
“Sé que quedándome inmóvil mañanas y tardes la gente me echa monedas, pero también es cierto que al estar aquí todo el día no puedo estar en otros sitios. Quizá esté echando a perder mi vida. Quiero vivirla antes de que sea demasiado tarde. Quiero conocer otros lugares, hablar con las gentes, enamorarme…”
Y ustedes se preguntarán: “¿Para qué necesitaba Marcial a su amigo escultor?” La respuesta es bien sencilla: Para que le construyese un doble, una escultura a tamaño real, igual que él. Una obra hiperrealista. Su amigo tardó casi un año en realizarla. Finalmente, la escultura quedó concluida y Marcial pagó a su amigo con lo que había ganado en esos 365 días trabajando “sin trabajar” en el parque. ¡Qué ganas tenía Marcial de que llegase aquel día! A partir de entonces, la escultura le suplantó en el parque sin que nadie se percatase del cambio. Todos los amaneceres llegaba Marcial al parque con la escultura y la dejaba en el lugar donde antiguamente él se colocaba. Ponía delante el sombrero para las monedas y se iba durante toda la mañana y toda la tarde a vivir su vida en otros lugares. Al anochecer regresaba, se guardaba el dinero que le habían dejado en el sombrero y se llevaba la escultura hasta el día siguiente.”

Ahora me encuentro en el primer piso del auditorio. Hay organizada una exposición sobre la figura del compositor catalán Joan Guinjoan. Observando algunas partituras originales del autor allí expuestas, me he percatado de que en algunos pentagramas las notas se metamorfosean en dibujos. Al parecer, Guinjoan también sintió la necesidad del Marcial del cuento chagalliano: escapar de los renglones estrictos de su trabajo. La música contemporánea es juego al fin y al cabo. Divertimento. Como si de niños se trataran, los compositores hacen travesuras. Quizá también Canogar quiso jugar a la vanguardia y volver a ser niño. Quizá también Chagall. E incluso Freud, a quien Nabokov definió como un gran humorista. ¿A quien se le ocurre tratar de catalogar lo que le pasa por la cabeza a un individuo? ¡Es de locos! Freud seguramente era consciente de su reto imposible, de ese tratar de poner coto a lo ilimitado. Por cierto, al fondo de la consulta, más allá de los cuadros de Chagall había un Zobel. ¡Qué bien quedan las obras abstractas en los gabinetes de psiquiatría! A pesar de todo esto (a pesar de ser la psiquiatría la ciencia menos científica y más inexacta), aquellos siete años me sirvieron de mucho. Estaré eternamente agradecido a Freud.
Lo que menos tolero es ese tipo de gente como yo, que se pone a hablar sin tener ni idea. Tampoco soporto a los que catalogan de “locos” a los que van a un psicólogo o a un psiquiatra.
Me gusta la sinceridad, ser naif y reconocerlo. Estos son mis límites y me gustan.

Siento que me quedo sin papel. He estado escribiendo en los espacios en blanco de las páginas de un programa de música. El programa del concierto que he ido a ver y que ahora estoy escuchando. Ahora suena la sinfonía Nº 3 “Renana” de Schumann.

12 – 3 – 12

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