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DE DOCE A TRES EN LO MÁS ALTO

>> viernes, 30 de marzo de 2012



Los martes y los miércoles de cada semana salgo de doce de la mañana a las tres de la tarde a la azotea de la facultad. Desde allí se divisan algunos de los últimos edificios de la Ciudad Universitaria recortados ante los terrenos de la casa de campo. En este momento del día el sol se encuentra en lo más alto y su calor no perdona. Ante mí coloco un caballete con un lienzo en el que cada día se producen pequeños cambios. No sé si para bien o para mal, mi “paisaje” evoluciona. Mi modelo no es nada alentador. Aquellas moles de cristal y granito son poco alentadoras, ciertamente. Alguien dijo alguna vez aquello de que si un artista lo es verdaderamente, lo que toca lo convierte en oro, sea lo que fuere. En mi caso, esto no funciona. O bien no seré un verdadero artista del pincel o bien todo este panorama será la excepción que desmantele esta regla de oro del pintor. De momento he optado por ponerme algo sobre la cabeza, porque el sol me deslumbra y su calor parece quitarme las pocas ganas que tenía de enfrentarme al trabajo. Parece ese diablillo que tengo a la izquierda -y que compite con el angelito que tengo a mi diestra- susurrándome al oído: “Deja lo que estás haciendo y bájate a la cafetería para pegarte un lingotazo de agua mineral recién sacada del refrigerador”.
Los primeros días me confeccioné un sombrero de papel con forma de barquito, de esos que les gustaría ponerse a los personajes tópicos de manicomio que se creen Napoleón. Al comprobar que el invento era motivo de múltiples chascarrillos entre mis compañeros de bata sucia, opté por traer una gorra de casa. Como no tenía muchas ganas de buscar me llevé la primera que encontré. Ya puesta, la gente volvía a señalarme. “¿Y ahora, qué?” me preguntaba. Al parecer, la gorra tenía dibujado un muñequito de la O.N.C.E. ¡Bonita metáfora para lo que andaba haciendo! Creo que un ciego lo haría mejor de cómo yo lo estaba haciendo en el lienzo. Volví a mirar más allá de la azotea. Ya me habían contado en alguna ocasión que un alumno, frustrado ante su obra, había optado por arrojarla al vacío desde aquí, desde este mismo punto en el que me encontraba yo. Mientras que, sin dejarse llevar por el ímpetu, no hubiese ido él detrás de su obra, estaba yo tranquilo. Con este calor uno podía acabar como ese Napoleón. Pensé en que hace unos días había estado en Asturias, olvidándome de todo esto que Ahora Tenía que recordar forzadamente tras las vacaciones. Había estado en lo alto de Gijón, junto a esa obra de Chillida a la que algunos ingeniosos habían retitulado como “El váter de Tarzán”. Desde allí se veían las ruinas (antecediendo a los acantilados) de lo que fueron los lugares estratégicos empleados para atacar a los barcos. Eran épocas distintas, cuando había guerras. Ahora todo aquel paisaje me remitía a aquellos momentos. Dejando volar mi imaginación me imaginaba a unos individuos parapetados tras cañones esperando la llegada del enemigo a las costas españolas. Estas ruinas habían sido edificios antes, qué duda cabe. Un señor llamado Albert Speer, que aparte de haber sido el arquitecto oficial de Hitler fue un romántico heredero de compatriotas como Friedrich, defendía la idea de que los arquitectos debían de realizar sus obras pensando en cómo quedarían tras un desastre. Como un perfecto Nostradamus con poder predecir el desastre de la Segunda Guerra Mundial, Speer diseñaba sus edificios pensando en el paso del tiempo y en sus estragos. Ahora, tras Speer, los arquitectos construyen dejando a un lado esta teoría tan interesante. No hay que irse muy lejos. En la zona de San Francisco el Grande, en Madrid, están levantando murallas nuevas con apariencia de antiguas. Por fuera parecen hechas de bloque de ladrillo, pero en realidad son más falsas que Judas. Por dentro se encuentran constituidas de hormigón. Speer en el fondo era un extraño idealista con pensamiento de hombre ilustrado. En Asturias, la figura más explotada a nivel cultural (turístico, vamos) es la de Gaspar Melchor Jovellanos. Su nombre compuesto se debe al haber nacido un cinco de enero. ¿Por qué no Melchor Gaspar Baltasar de Jovellanos? Esto, suponiendo que hubiese tres reyes magos y no cuatro, como algunos mantuvieron. En todo caso, el ilustrado español más conocido tiene su propia casa museo en Gijón. Dentro de ella, de Jovellanos apenas se conservan recuerdos personales: algo de mobiliario personal, algún cuadro y alguna muestra de su legado. Había ejemplares de sus obras y algún manuscrito. La letra de Jovellanos, como la de quienes escribían por entonces a pluma y tinta, era perfecta. Ahora, sería una tipografía de diseño. Apenas se atisba muestra de la imperfección del hombre en ella. Cada letra es una obra de arte en sí, y cada palabra por tanto, una recolección de obras de arte. Yo no sería capaz de escribir con aquella parsimonia, esmerándome grafológicamente. Las ideas se me escaparían sin llegar a encerrarlas en el manuscrito. No daría tiempo. Además, habría que tener en cuenta los manchurrones accidentales, el tener que volver a empezar una hoja nueva por haber estropeado aquella en la que se estaba trabajando.
Esta Semana Santa no he visto ninguna profesión pero sí que he escuchado algunos Réquiem. Concretamente, los de Tomás Luis de Victoria, Verdi y Mozart. De ellos, me ha sorprendido gratamente el de Verdi. Su fuerza supera por momentos al de Mozart, al que tenía en un pedestal. Su “Dies Irae” y su “Lacrimosa” me siguen pareciendo fascinantes, pero el “Sanctus” y la “Lacrimosa” de Verdi me parecen sublimes. Se atisban incluso momentos alegres, de júbilo. Algo tiene en común en este sentido Verdi y Rossini. El “Stabat Mater” de este último demuestra que la alegría de las obras del compositor no se aminoraba ni con piezas sacras. La representación del dolor, del momento trágico de la muerte de Cristo parece desaparecer con Rossini. Su “Stabat Mater” parece un “Estaba feliz”.
La música vive en mí, me reconforta en los momentos más difíciles. La música te conduce por senderos imposibles de explicar. Te conmueve, te conecta con las fuerzas de la naturaleza. Sobre todo la música clásica. Te habla de ese sedimento espiritual del que el ser humano se resiste a desprenderse. Me siento en paz con ella. Me da la sensación de que no necesito nada más, que lo tengo todo.
Si la civilización tuvo una clara evolución cultural, creo que el ser humano también pasa por idénticas etapas. Siempre creemos haber llegado al momento final de aprendizaje, nos parece que ya no podemos conocer nada más maravilloso que lo que ya tenemos. Y siempre acabamos equivocados. Siempre se puede aspirar a más.
Siempre podré pintar mejor, pero no con estos paisajes. Estoy convencido.

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